Extraño 2: Muerte y vida

Leer el segundo tomo de Marvel Premiere de «Extraño» es como sentarte a ver el último episodio de una serie que sabes que va a cerrar muchas tramas y abrir alguna herida nueva por el camino. No hay recapitulaciones largas ni explicaciones condescendientes. El cómic arranca con la sensación de que el tiempo se acaba, de que las decisiones ya no pueden aplazarse y de que la magia, esta vez, no va a conceder segundas oportunidades sin pasar factura. Desde la primera página se percibe que estamos ante un final, pero también ante algo que quiere dejar poso, no simplemente apagar las luces y marcharse.

Jed MacKay afronta este segundo tomo con una idea muy clara. Todo lo que se ha ido acumulando tiene que resolverse ahora, aunque eso implique acelerar, tensar la cuerda y forzar a los personajes a mostrar quiénes son realmente cuando ya no queda margen para dudar. El Cártel Blasfemo deja de ser una amenaza en la sombra para convertirse en un problema urgente, Wong no puede seguir viviendo con lagunas en su memoria, y Clea ha asumido plenamente que ser Hechicera Suprema significa tomar decisiones que nadie más quiere tomar. La hija de Umar es, sin discusión, el corazón del volumen. Su presencia domina cada página incluso cuando no aparece directamente en escena. MacKay la escribe como una figura poderosa, segura de sí misma, pero también profundamente marcada por la ausencia de Stephen Extraño. No hay en ella rastro de provisionalidad ni de inseguridad heredada; Clea gobierna con la convicción de quien entiende la magia como una responsabilidad, no como un privilegio. Es una líder que no se esconde tras títulos ni tradiciones, y eso la convierte en una protagonista especialmente interesante dentro del panorama mágico de Marvel.

Lo más notable es que el cómic no intenta suavizarla ni hacerla más “amable” para encajar en un molde heroico clásico. Clea es dura, pragmática y, cuando hace falta, letal. Su vínculo con la Dimensión Oscura y su herencia pesan en cada decisión, pero lejos de presentarlo como un problema, la serie lo convierte en una fortaleza. Aquí la magia no es solo una disciplina aprendida: es una identidad que se acepta sin pedir perdón. La figura de Stephen Extraño, aunque ausente en cuerpo durante buena parte del tomo, está constantemente presente en espíritu. Su papel como el Cosechador, agente de la Muerte, introduce una tensión que atraviesa toda la historia. El reencuentro entre Clea y Stephen no se plantea como un simple regreso romántico, sino como un conflicto imposible de resolver sin consecuencias cósmicas. No pueden tocarse, no pueden acercarse sin alterar fuerzas fundamentales, y aun así lo intentan. Porque si algo define a Doctor Extraño es su tendencia a desafiar límites que nadie más se atreve a cruzar. La relación entre ambos está escrita con una mezcla muy acertada de ironía, dolor contenido y complicidad. No hay grandes discursos melodramáticos, sino diálogos afilados, silencios incómodos y miradas que lo dicen todo. MacKay entiende que el verdadero drama no está en la separación física, sino en la certeza de que incluso el amor más poderoso puede no ser suficiente para vencer ciertas reglas del universo.

En paralelo, el arco de Wong adquiere una importancia inesperada. Lejos de ser un simple apoyo narrativo, Wong se convierte en uno de los personajes más trágicos del tomo. La pérdida de fragmentos de su memoria no es un recurso anecdótico, sino una herida profunda que define sus acciones. Wong sabe que algo se le ha arrebatado deliberadamente, y esa certeza lo empuja a buscar respuestas, aunque sospeche que no le gustará lo que va a encontrar. El cómic trata el tema de la memoria con una madurez poco habitual en historias de superhéroes. Recuperar recuerdos no es sinónimo de alivio, y olvidar no siempre es una maldición. Hay verdades que duelen, decisiones pasadas que pesan demasiado y secretos que se borraron por una razón. La pregunta que plantea el tomo es incómoda: ¿merece la pena recordar todo, incluso aquello que puede destruirte por dentro? Wong acepta ese riesgo, y nosotros lo acompañamos en un viaje que añade una capa emocional muy sólida a la trama.

El Cártel Blasfemo termina de definirse como un antagonista singular dentro del universo Marvel. Su origen, ligado a estructuras mágicas y tecnológicas que han sido eliminadas de la memoria colectiva, los convierte en una amenaza que no necesita grandes gestos para resultar inquietante. No buscan fama ni dominio abierto; buscan control, manipulación y permanencia. La revelación de sus secretos no es espectacular en el sentido clásico, pero sí profundamente perturbadora por lo que implica sobre el funcionamiento del mundo mágico. La trama de las resurrecciones de héroes y villanos añade un componente de horror que funciona especialmente bien. No se trata de simples regresos, sino de cuerpos utilizados como herramientas, vaciados de identidad y voluntad. El cómic evita romantizar estas apariciones y las presenta como lo que son: una profanación. La magia, en este punto, deja de ser maravillosa para volverse invasiva, antinatural y peligrosa.

En el aspecto gráfico, el tomo apuesta por el exceso controlado. El trabajo de Lee Garbett, Stefano Landini y Marcelo Ferreira se centra en transmitir energía, urgencia y grandiosidad. Las páginas están cargadas de acción, hechizos imposibles y composiciones que buscan impresionar más que detenerse en el detalle minucioso. Hay cambios de estilo entre números, algo habitual en este tipo de recopilatorios, pero el conjunto mantiene una coherencia suficiente para que la lectura no se resienta. Especialmente destacables son los momentos de clímax, donde el dibujo abraza sin complejos lo desmesurado. Cuerpos fusionados, explosiones de energía mística y escenas que rozan lo abstracto refuerzan la sensación de que estamos ante fuerzas que superan cualquier escala humana. Puede no ser un dibujo refinado en todo momento, pero sí resulta efectivo y muy acorde al tono de la historia.

La edición de Panini Comics en este segundo tomo de Marvel Premiere cumple exactamente con lo que se espera de la línea. Tenemos traducción de Gonzalo Quesada, una introducción y epilogo de Pedro Monje y multitud de portadas alternativas dibujadas por Leonardo Romero, Luciano Vecchio, Alan Davis, Iban Coello, Mark Chiarello o Francesco Manna entre otros. En conjunto, este segundo tomo del Premiere de Extraño es un cierre intenso y cargado de personalidad. Puede sentirse apresurado en algunos momentos y dejar la impresión de que ciertas ideas merecían más desarrollo, pero compensa esas prisas con un fuerte compromiso con sus personajes. Jed MacKay demuestra una vez más que entiende el rincón místico de Marvel como un espacio donde la magia sirve para hablar de pérdida, amor, responsabilidad y memoria. No es un tomo revolucionario, ni pretende serlo. Pero sí es honesto, entretenido y muy efectivo. En un universo donde pocas cosas tienen consecuencias duraderas, lograr que un final se sienta importante ya es, en sí mismo, un pequeño acto de magia.

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