Imagina que estás en un bar, con una cerveza medio caliente y una conversación que no va a ningún lado. Alguien suelta una de esas frases que se dicen sin pensar: “Si yo pudiera hacer milagros…”. Risas, bromas, algún ojo en blanco. Y de pronto, zas: la realidad decide que hoy no tiene ganas de ser razonable y concede el deseo. No con un rayo, no con un trueno, sino con la elegancia cruel de lo cotidiano. Así empieza «El hombre que podía hacer milagros»(«L’homme qui pouvait accomplir des miracles«), de José Luis Munuera, y así empieza también una de esas historias que primero te hacen sonreír, luego te dejan mirando al techo y final piensas en tus propias ideas peligrosamente bienintencionadas. Porque sí, este cómic es divertido. Mucho. Tiene humor británico, situaciones absurdas, diálogos con retranca y un protagonista que parece sacado de una fábrica de hombres grises. Pero también es otra cosa: es una trampa emocional. Entras confiado, pero sales con un nudo en la garganta y una pregunta incómoda en el bolsillo.

George McWhirter Fotheringay es exactamente lo que su nombre promete. Un señor corriente, sin épica, sin ambiciones desmedidas, sin un sueño secreto de grandeza. No quiere conquistar el mundo ni arreglarlo. Quiere, como mucho, que le dejen tranquilo y que la vida no le dé demasiados sobresaltos. Y por eso es tan perfecto para esta historia. Porque cuando el universo decide darle el poder absoluto (el de hacer realidad cualquier deseo con solo pronunciarlo) no lo convierte en un héroe, ni en un villano. Lo convierte en algo mucho más reconocible: en alguien completamente superado por las circunstancias.
Munuera, adaptando el relato de H. G. Wells, entiende que el verdadero motor de esta historia no es el milagro, sino el desajuste. El choque entre un poder infinito y una mente pequeña, prudente, asustada. Desde las primeras páginas, el cómic juega con esa idea con una elegancia deliciosa. Fotheringay prueba su don como quien prueba una cerilla: con cuidado, con incredulidad, con esa mezcla de emoción y miedo que todos reconocemos cuando algo imposible parece, de pronto, funcionar.

El tono inicial es casi de comedia costumbrista fantástica. El pub, los vecinos, las conversaciones absurdas, la sorpresa colectiva ante lo inexplicable. El dibujo de Munuera, con su estilo semirrealista y expresivo, envuelve todo en una atmósfera cálida, cercana, casi de cuento ilustrado. Parece que estemos en un lugar seguro, en una historia simpática sobre un hombre al que la vida le ha hecho un regalo raro. Entonces llega el primer gran error.
Un arrebato. Una frase dicha con rabia. Y un policía enviado literalmente al infierno. La escena es tan absurda como brillante. Te ríes. Es imposible no hacerlo. Pero casi al mismo tiempo, notas cómo algo se desplaza por dentro. Porque entiendes que esto ya no va de bromas. Que el poder de Fotheringay no es un juguete. Y, sobre todo, que nadie está preparado para no tener límites. A partir de aquí, el cómic se convierte en una especie de viaje torpe y desesperado hacia la normalidad perdida. Fotheringay busca ayuda: un médium, un médico, un psiquiatra. Cada uno representa una de nuestras maneras habituales de enfrentarnos a lo incomprensible: la superstición, la ciencia, la razón clínica. Y todos fallan. No porque sean incompetentes, sino porque hay cosas que no encajan en ningún formulario ni en ningún manual. Estas escenas están llenas de humor fino, de ironía, de ese aire británico que hace que incluso la desesperación tenga un punto de comedia educada. Pero también hay en ellas una tristeza suave. La de ver a un hombre que solo quiere que alguien le diga que esto no es real, que todo volverá a ser como antes, que el mundo seguirá siendo un sitio con reglas claras.

Entonces aparece el padre Maydig. Y con él, el verdadero peligro. Porque Maydig no ve el poder de Fotheringay como un problema, sino como una oportunidad. Una herramienta para mejorar el mundo, para corregir injusticias, para hacer el bien. De repente, la historia deja de ser solo la de un pobre hombre asustado y se convierte en una reflexión mucho más grande, mucho más incómoda: ¿qué pasa cuando alguien cree saber qué es lo mejor para todos… y además tiene el poder de imponerlo?. Lo que sigue es una escalada de buenas intenciones. De planes nobles. De sueños de reforma social. Y Munuera lo narra con una sutileza que da gusto. No hay villanos de opereta. No hay discursos malvados. Hay convicción. Hay fe en que se está haciendo lo correcto. Y, precisamente por eso, cada paso hacia el desastre resulta más inquietante.
Gráficamente, el cómic acompaña este cambio de tono con una inteligencia enorme. El mundo, que al principio parecía acogedor y estable, empieza a ensancharse, a volverse más extraño, más frágil. El color de Sedyas, la composición de página, la manera en que los personajes se colocan en el espacio todo va sugiriendo que algo se está desajustando. Que la realidad, literalmente, no puede soportar tanto deseo. Y en medio de todo eso sigue estando Fotheringay. Pequeño. Superado. Cada vez más consciente de que esto se le ha ido de las manos. Aquí es donde la historia se vuelve profundamente emotiva. Porque no estamos viendo caer a un tirano, ni a un genio loco, ni a un villano trágico. Estamos viendo a un hombre normal darse cuenta de que ha hecho cosas irreparables sin querer. Que ha tocado piezas del mundo que nadie debería tocar. Que el precio de no tener límites es, muchas veces, perderlo todo. El cómic no necesita recrearse en el espectáculo de la catástrofe. Lo importante no es lo grande que se vuelve el desastre, sino lo pequeño que se siente el protagonista frente a él. Munuera clava esa sensación con una sensibilidad enorme. Hay páginas que se leen casi en silencio, con un peso emocional que no viene de lo que se dice, sino de lo que se intuye.

La edición de Astiberri acompaña el cómic con un cuidado que se agradece. El volumen en cartoné y a color, con su gran formato, permite disfrutar plenamente del dibujo de Munuera y de su atmósfera de cuento ilustrado, con una reproducción de color limpia y cálida. La traducción de Rubén Lardín es fluida y respeta muy bien el tono entre humor, fantasía y fábula filosófica del original, haciendo que la lectura resulte natural y ágil. El tebeo se completa con un prólogo de Véronique Baghain, que aporta contexto sobre el relato de H. G. Wells y su adaptación, y un epílogo de Álex Romero que cierra la experiencia con una mirada cercana y reflexiva.
Dentro del conjunto de adaptaciones literarias de Munuera, este tebeo es especialmente redondo. Se nota el amor por H. G. Wells, pero también la libertad de hacerlo propio, de convertirlo en una obra que dialoga con nuestro presente. Como ya hizo con Bartleby, Cuento de Navidad o Peter Pan de Kensington, aquí no se limita a ilustrar un texto. Lo relee, lo interpreta y lo transforma en algo que funciona plenamente como cómic, con su propio ritmo, su propia respiración. Por eso, cuando cierras «El hombre que podía hacer milagros», te queda una sensación extraña y preciosa. Has pasado un buen rato. Te has reído. Te has dejado llevar por una historia ingeniosa. Y, de pronto, te descubres un poco más serio, un poco más pensativo. Porque la pregunta es inevitable: si pudieras cambiarlo todo con solo desearlo… ¿de verdad sabrías qué desear? Este cómic no te da respuestas cómodas. Te ofrece, en cambio, algo mucho mejor. Una fábula tierna y cruel, divertida y triste, ligera en la forma y profundamente humana en el fondo. Una historia que empieza como una broma en un bar y termina como un susurro incómodo en tu conciencia. Eso, en los tiempos que corren, es casi el mejor de los milagros.
