Tribulaciones de X 4: verde que te quiero verde

El cuarto tomo de Marvel Premiere de Tribulaciones de X es como abrir el cajón donde Krakoa guarda sus problemas y descubrir que ya no caben más secretos. Este tomo no es un clímax, no es un gran evento con fuegos artificiales y splash pages de doble página cada diez minutos. Es algo más sutil y, precisamente por eso, más interesante. Es el retrato de una nación mutante que sigue en pie, sí, pero que empieza a crujir por dentro como una casa vieja a la que le han añadido demasiadas habitaciones sin reforzar los cimientos.

Panini reúne aquí seis grapas: Hellions #15, X-Force #21 y #22, S.W.O.R.D. #8 y Way of X #4 y #5 dentro de su ya habitual formato en rústica y 160 páginas. Estamos en plena etapa de Trials of X, después de Reinado de X, y con la sombra de Destino de X y Caída de X proyectándose a lo lejos como esas tormentas que aún no ves, pero ya hueles en el aire. Jonathan Hickman ya no está al timón, pero su herencia sigue pesando. Krakoa continúa siendo un experimento político, social y casi filosófico que se resiste a volver a la comodidad del “equipo de superhéroes contra villano de la semana”. Lo primero que llama la atención de este cuarto volumen es su carácter coral. Aquí no hay una historia central que lo unifique todo de forma evidente, sino varias tramas que avanzan en paralelo y que comparten un mismo clima emocional: desconfianza, tensión y desgaste. Es como si cada serie estuviera contando una faceta distinta del mismo problema: ¿qué pasa cuando una utopía empieza a acumular demasiadas concesiones morales para seguir funcionando?

El viaje arranca con Hellions #15, de Zeb Wells y Rogê Antônio, que sigue demostrando que Los Infernales son, probablemente, el equipo más disfuncional y a la vez más honesto de toda Krakoa. Honestos en el sentido de que no fingen ser mejores de lo que son. Aquí el foco está en el famoso acuerdo secreto entre Mariposa Mental y Mister Siniestro, un pacto que huele a desastre desde el minuto uno. Wells maneja muy bien ese tono de comedia negra que convierte cada escena en una mezcla de carcajada y “madre mía, esto va a acabar fatal”. Porque claro, hablamos de Siniestro. Con él nunca hay solo un plan. Hay planes dentro de planes, y normalmente todos implican que alguien más pague la factura. La sensación que deja este episodio es clara. En Krakoa, incluso cuando crees que estás jugando en el mismo equipo, siempre hay alguien moviendo las piezas por su cuenta.

El siguiente bloque, X-Force #21 y #22, con guion de Benjamin Percy y dibujado por Joshua Cassara , sube el volumen de la acción y nos lleva a uno de los conceptos más curiosos del tomo. El ataque vegetal a Krakoa. La isla viva, símbolo del poder mutante y de su autosuficiencia biológica, se convierte en víctima de su propia naturaleza. Es una idea casi poética. Aquello que te da fuerza también puede ser tu talón de Aquiles. Percy plantea la investigación como un thriller de sabotaje, con Lobezno y compañía metiéndose en el barro (literal y metafóricamente) para descubrir quién está sembrando el caos desde la raíz. La presencia de personajes con pasado turbio y agendas poco claras añade esa capa de paranoia que tan bien le sienta a X-Force. Aquí nadie es completamente inocente y nadie está del todo limpio. Además, hay algo muy interesante en cómo estas historias tratan a Krakoa no solo como escenario, sino como personaje. No es simplemente “la base” o “el cuartel general”, es un organismo vivo con el que los mutantes tienen una relación casi simbiótica. Cuando Krakoa enferma, la nación mutante entera parece tener fiebre. Y eso conecta muy bien con el tono general del tomo. La utopía no se está derrumbando, pero claramente está pasando por una crisis de salud.

El cambio de registro llega con S.W.O.R.D. #8, escrito por Al Ewing y dibujado por Guiu Vilanova, que nos traslada a Arakko, el planeta antes conocido como Marte. Aquí el protagonismo es absoluto para Tormenta, recién convertida en regente y miembro del Gran Anillo. Si en otros cómics de superhéroes ser “reina” o “líder” suele venir acompañado de discursos solemnes y poses heroicas, Ewing decide recordarnos algo básico: en Arakko, el poder se gana peleando. No hay atajos, no hay coronaciones simbólicas. Si quieres mandar, tienes que demostrarlo. Esta historia es, probablemente, la más épica del volumen en el sentido clásico del término. Tormenta no solo tiene que imponerse físicamente, sino también definir qué tipo de gobernante quiere ser. ¿Una figura distante, casi mítica? ¿O alguien que entienda el liderazgo como un intercambio constante de fuerza y respeto? El resultado es un retrato del personaje que la engrandece y, al mismo tiempo, la coloca en una posición incómoda: ahora ya no solo es una heroína, es una pieza clave en un tablero político interplanetario. Y eso, en el universo X, nunca es buena noticia a largo plazo.

El tramo final del tomo lo ocupa «Senda de X» (Way of X #4 y #5), de Simon Spurrier y Bob Quinn. Es aquí donde la cosa se pone un poco más seria. Rondador Nocturno sigue obsesionado con una pregunta que nadie en Krakoa parece querer responder del todo: ¿qué significa vivir en un mundo donde la muerte ya no es definitiva? La investigación sobre Onslaught y su relación con las resurrecciones mutantes abre una grieta inquietante en el sistema: cada vez que alguien muere y vuelve, algo se pierde. Algo queda atrás. Y ese “algo” se está acumulando en forma de monstruo. Spurrier convierte esta idea en una reflexión casi teológica sobre el precio de la inmortalidad. La resurrección, que al principio de la Era de Krakoa se presentaba como el gran triunfo mutante, empieza a mostrar su cara B. Si no hay consecuencias, ¿qué pasa con la responsabilidad? ¿Qué pasa con la culpa, con el aprendizaje, con el miedo?. Por eso Rondador Nocturno, como siempre, es el personaje perfecto para explorar estas dudas, porque vive atrapado entre la fe, la ética y la realidad brutal de su mundo. Y el resultado es, sin exagerar, una de las propuestas más interesantes y perturbadoras de todo este ciclo mutante.

De todos estos comics puede surgir la pregunta: ¿Funciona este cuarto tomo de Tribulaciones de X como lectura independiente? Sinceramente, no es lo ideal. Este es un tomo para lectores que ya están metidos hasta el cuello en la Era de Krakoa, que conocen a los personajes, las facciones y las tensiones acumuladas. Pero como capítulo intermedio de una gran saga coral, cumple una función muy clara: preparar el terreno. Aquí se siembran dudas, se abren heridas y se deja claro que el equilibrio actual es mucho más frágil de lo que parecía. También es interesante cómo el tomo refleja un cierto cansancio estructural del propio proyecto. No en el sentido de que esté mal escrito o falto de ideas, sino en que los personajes empiezan a notar el peso de vivir en un sistema construido a base de excepciones, secretos y parches morales. La utopía sigue siendo fascinante, pero ya no es cómoda.

En cuanto a la edición de Panini, poco que objetar. El formato Marvel Premiere es ya un estándar reconocible, cómodo para leer y con una selección de material coherente. No es un tomo “espectáculo”, pero sí uno necesario para entender por dónde van los tiros en esta fase de los mutantes. En resumen, este cuarto tomo de «Tribulaciones de X «es un volumen de transición con alma de aviso. No viene a cerrar nada, viene a decirte: “ojo, que todo esto tiene un precio”. Entre conspiraciones, ataques biológicos, coronaciones a puñetazo limpio y crisis existenciales sobre la inmortalidad, el cómic dibuja el retrato de una Krakoa que sigue siendo poderosa, pero ya no tan segura de sí misma. Y en la Patrulla X, cuando la seguridad empieza a flaquear, lo siguiente suele ser el desastre o una de esas sagas memorables que te recuerdan por qué llevas tantos años leyendo sobre mutantes.

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