Una de las cualidades que tienen los héroes de ficción es su capacidad de inspiración. Ya sea como modelo de virtudes o como germen para otras creaciones que beban del original. Ejemplo de ello es “El Zorro”, uno de los primeros héroes de la ficción moderna que nació en los pulps estadounidenses. Creado por Johnston McCulley en 1919, pronto traspasó los papeles de pulpa vara encarnarse, tan solo un año después, en el cine en la película protagonizada por Douglas Fairbanks. Desde entonces hasta hoy, la huella de El Zorro puede encontrarse en muchas películas, relatos y cómics, siendo el último el que realizó Sean Murphy (“El Zorro: regresa de entre los muertos”) o la serie televisiva de Amazon Prime protagonizada por Miguel Bernardeau, escrita por Carlos Portela y que contó con la colaboración de Carlos Pacheco en el diseño estético y conceptual.
Aparte de las versiones del personaje que de vez en cuando aparecen en cómics y películas, la huella de El Zorro es más extensa. Sobre todo por lo que ha implica en el concepto del superhéroe del siglo XX: Baste ver a Batman para detectar que muchos de los elementos que Bob Kane y Bill Finger utilizaron para Bruce Wayne también los tiene Diego de la Vega. También sin salir de las páginas baratas de los relatos populares se puede rastrear su influencia. Una de las más evidentes es la del personaje que hoy nos ocupa: “El Coyote”, de José Mallorquí Figueroa (1913 – 1972), quizá el personaje más grande que vio la luz en el pulp español de postguerra, cuya primera novela rescató el otoño pasado Albo & Zarco, 82 años después de que viera la luz en la colección de novelas del oeste de la editorial Molino.

Fue en septiembre 1943, en una España en plena represión de posguerra y con una Europa metida de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Entonces nació El Coyote. La influencia del Zorro es evidente: también es un justiciero enmascarado, solitario, dedicado a ayudar a los débiles que los poderosos oprimen. Incluso compartían la localización de las aventuras: Los Ángeles California, si bien en dos momentos distintos de tiempo: si El Zorro era un símbolo de esperanza frente a la corrupción de poderosos y caciques durante virreinato mexicano (1821-1846), El Coyote representaba los ideales de justicia una vez que “El Estado Dorado” pasó a formar parte de Estados Unidos y en la época en que comenzaba la fiebre del oro en sus tierras.
Del mismo modo que la “Z” la escribía Diego de la Vega con su espada en sus adversarios, César de Echagüe disparaba con su colt en el lóbulo de la oreja izquierda del contrincante, dejando una dolorosa y sangrienta huella. Erigido en su símbolo de la esperanza californiana frente a la corrupción desencadenada por la codicia de la fiebre del oro estadounidense, sus aventuras discurrieron entre la Alta y la Baja California a lo largo de 190 novelas, erigiéndose un personaje icónico de la ficción popular española. Estatus que no abandonó, pues aunque Mallorquí dejo de escribir sus aventuras en 1953, sus novelas no han dejado de reeditarse. Del mismo modo, El Coyote traspasó la literatura popular para protagonizar sus propios cómics en 1947, editados por Cliper, la editorial que llevó a cabo la edición de la serie de novelas ante la negativa de Molino. Adaptados muchos por el propio Mallorquí y contando con el arte de Francisco Batet, que se encargaba también de ilustrar las novelas de portadas, dejaron la huella icónica del traje charro bordado, el sombrero galonado y el antifaz.

Su huella se perpetró, tanto por las reediciones que se sucedieron de las novelas, a cargo de Cid, Bruguera, Favencia, Forum y Planeta de Agostini, entre 1961 y 2004; como por la nueva adaptación al cómic que hicieron en Forum en 1983, con José García Soler adaptando al guion las historias originales de José Mallorquí; y José María Bellalta y Julio Bosch plasmándolo en viñetas. Cabe destacar que esta edición tuvo una doble vida simultánea: una popular en formato cómic de 21 por 16 cm en blanco y negro en 24 entregas de 28 páginas, y otra en formato álbum a color y 52 páginas. También hubo un fallido intento de llevarlo al cine con “La Vuelta de El Coyote”, dirigida por Mario Camus y protagonizada por José Coronado. Siendo la incursión en el séptimo arte el único paso en falso que se ha dado con el personaje de José Mallorquí.
Por lo demás, queda un legado de ficción que fue muy popular en la posguerra española y que, con independencia de las décadas transcurridas su esencia permanece intacta. Así se puede comprobar en la primera novela rescatada por Albo & Zarco, que cuenta con Fernando Vicente para la ilustración de la portada y Óscar Esquivas a cargo del prólogo. En sus páginas nos sumergimos con la ágil prosa de José Mallorquí: precisa y excelentemente bien construida, que nos mete de lleno en la aventura que espera. Una en la que lo que más prima es la construcción del tono y contexto en las que se desarrollará el concepto de El Coyote. A ello se dedica principalmente Mallorquí en tres cuartas partes del relato, mientras hace avanzar la trama presenta a los personajes principales, que define a través de las interacciones que muestran entre ellos. Con planteamientos sin dobleces en cuanto a quien es bueno o malvado, pero con los suficientes matices para hacerlos tridimensionales por sus comportamientos o gestos. Enriqueciendolos, en definitiva, para que cuando llegue el climax todo ya este previamente sembrado de forma eficaz y el relato se resuelva con fluida solvencia.

Así es esta primera aventura de “El Coyote” que ha rescatado Albo & Zarco. La de un personaje que llegó muy alto en la ficción popular de la segunda mitad del siglo XX español. La de un personaje que ya trasciende de época y lugar, pues ya es un clásico atemporal. Capaz de mirar a los ojos a “El Zorro” que sirvió como modelo de inspiración y proporcionar buenos ratos a nuevos lectores que gusten de aventuras de una pieza. Que aunque tengan años a sus espaldas no envejecen. Como muestra, el mayor héroe pulp de la literatura popular española: El Coyote.
