Masacre/Lobezno 2: Llega el Apocalipsis

Imagina que el mundo se acaba mañana. No con un susurro elegante, no con un fundido a negro poético, sino con una explosión, un chiste fuera de lugar y alguien sacando cuchillas de metal de los nudillos. Imagina que, en medio de ese caos, dos tipos que no deberían trabajar juntos. Tampoco si les pagaran son nombrados ejecutores del Apocalipsis por uno de los villanos más obsesionados con los planes imposibles del universo Marvel. Si esa imagen te arranca una sonrisa torcida, enhorabuena: ya estás en la frecuencia exacta del segundo tomo de «Masacre/Lobezno«. Porque este cómic no quiere convencerte de nada. Quiere agarrarte por la pechera, sacudirte y lanzarte de cabeza a una historia de fin del mundo donde las explosiones son grandes, las decisiones son malas y el humor negro es prácticamente un mecanismo de defensa.

Panini recopila aquí los números Deadpool/Wolverine #5 a #7 en 72 páginas que funcionan como el corazón del arco argumental. Si el primer tomo era la presentación del caos, este es el momento en el que el motor se revoluciona y empiezan a saltar las piezas por los aires. El responsable de dirigir esta orquesta de destrucción es Benjamin Percy, un guionista que ya ha demostrado en más de una ocasión que entiende a Lobezno mejor que muchos, y que aquí se permite el lujo de jugar con Masacre como contrapunto perfecto. El orden brutal frente al caos absoluto, la violencia seca frente a la violencia con chiste incluido.

La premisa es tan simple como irresistible: Dyscordia, el clon de Cable con delirios de grandeza y vocación de arquitecto del Apocalipsis, ha decidido que Logan y Wade van a ser sus ejecutores personales. No es un encargo que se acepte con una sonrisa y un apretón de manos. Hay control mental, hay manipulación y hay un plan que huele a fin del mundo desde la primera página. A partir de ahí, la serie se convierte en una carrera constante entre lo que los personajes quieren hacer y lo que se ven obligados a hacer. Y en ese conflicto está gran parte de su fuerza.

Percy escribe a Lobezno con esa voz cansada, áspera, casi resignada, pero siempre peligrosa. Logan es un tipo que ha visto demasiadas guerras, demasiados finales del mundo y demasiadas traiciones como para sorprenderse fácilmente, pero eso no significa que no le afecte lo que está pasando. Hay una rabia contenida en su forma de actuar, una sensación de estar siendo utilizado otra vez, que se filtra en cada diálogo y en cada pelea. Masacre, en cambio, es el ruido, la interferencia, el comentario que rompe la tensión justo cuando esta está a punto de volverse insoportable. Pero ojo: Percy no lo usa solo como alivio cómico. Wade aquí también es un personaje atrapado en una situación que se le va de las manos, y su humor funciona tanto como máscara como arma.

Una de las virtudes de este tomo es que no se limita a ser un festival de golpes. Los hay, y en abundancia, pero la historia se toma su tiempo para desarrollar el plan de Dyscordia, para enseñar fragmentos de su pasado, para explicar por qué ha llegado hasta aquí y qué piezas está moviendo realmente. Hay saltos temporales, hay revelaciones a medias, hay información que parece menor pero que va sumando capas a la trama. Puede que algún lector sienta que esto frena un poco el ritmo, pero lo cierto es que sin este trabajo de construcción el conjunto se quedaría en una simple sucesión de escenas espectaculares sin mucho peso. Y hablando de peso, aquí entra en escena Nick Furia. Porque si hay un Apocalipsis en marcha, siempre aparece alguien con cara de haber visto demasiadas cosas horribles como para quedarse de brazos cruzados. Su participación no es solo un cameo para fans. Sirve para ampliar el foco, para recordarnos que lo que está ocurriendo no es un problema local de dos antihéroes y un villano con complejo de dios, sino algo que afecta al tablero entero.

En el aspecto gráfico, Joshua Cassara sigue siendo el gran nombre propio. Su dibujo tiene esa mezcla perfecta de claridad narrativa y espectacularidad que una serie así necesita. Las escenas de acción son fáciles de seguir, los personajes transmiten emoción incluso en medio del caos, y hay composiciones de página que te invitan a detenerte un segundo solo para disfrutar del impacto visual. Cuando Robert Gill toma el relevo en algunos números, el cambio de estilo se nota, pero no de forma negativa. Su trabajo es sólido, respetuoso con el tono de la serie y más que suficiente para que la historia mantenga su intensidad. Puede que Cassara tenga un punto más “cinematográfico”, pero Gill demuestra que sabe manejar tanto la acción como los momentos más tranquilos sin romper la coherencia del conjunto.

El equilibrio entre oscuridad y humor es, probablemente, la seña de identidad más clara de este cómic. Por un lado, estamos ante una historia que habla del fin de la humanidad y de los mutantes, de manipulación, de pérdida de control y de decisiones que no tienen vuelta atrás. Por otro, tenemos a Masacre recordándonos constantemente que incluso en el peor escenario posible siempre hay espacio para un chiste malo. Lejos de estorbarse, estas dos capas se refuerzan. El humor hace que los momentos duros no sean insoportables, y la gravedad de la situación hace que los chistes tengan un regusto ligeramente amargo, casi incómodo. Es una combinación muy efectiva.

Eso no significa que el tomo esté libre de peros. Hay momentos en los que se nota que la historia está construyendo algo más grande y que estos capítulos funcionan como piezas de un puzle mayor. Si alguien espera un arco completamente cerrado y redondo, puede quedarse con la sensación de que esto es más bien un “acto intermedio”. También está la cuestión de Dyscordia y de si su papel como gran villano se diluye un poco al insinuarse que hay fuerzas aún más grandes en juego. Dependiendo de tus gustos, eso puede parecerte una decisión interesante o una forma de quitarle protagonismo.

En cuanto a la edición de Panini en formato comic-book con lomo es práctica y directa. No busca deslumbrar como objeto de coleccionismo, sino ofrecer una forma cómoda de seguir la serie. Las 72 páginas se leen con mucha facilidad, casi demasiado: cuando llegas al final, tienes esa sensación de “¿ya?” que mezcla satisfacción con un poquito de frustración por querer más. Pero eso, en el fondo, es una buena señal: significa que la historia ha conseguido atraparte.

Si tuviera que definir este segundo tomo con una palabra, sería “impulso”. Todo aquí está pensado para empujar la serie hacia adelante. El plan del villano, las revelaciones, los cambios de escenario, las alianzas incómodas o las traiciones latentes. Es el tipo de cómic que no se detiene a mirarse al espejo, que prefiere seguir corriendo aunque sea hacia un precipicio. Y eso encaja perfectamente con dos protagonistas que viven permanentemente al borde del desastre. Al final, este segundo tomo de «Masacre/Lobezno» es como ese tramo central de una gran peli de acción. Más grande, más ruidoso, con más revelaciones y con la sensación constante de que lo peor (o lo mejor) está aún por venir. No pretende ser una obra profunda ni un tratado sobre la condición humana. Pretende ser un cómic de superhéroes salvaje, excesivo, divertido y con mala leche. Y en eso, cumple con creces.

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