Patrulla-X: Laura Kinney. Lobezna 1. Garras y belleza

Hay cómics que se leen con un café. El primer tomo de «Laura Kinney: Lobezna» se lee con un botiquín al lado y el pulso acelerado. Porque este tomo no entra en tu estantería. Irrumpe, mira alrededor como si todo fuera sospechoso y, antes de que te dé tiempo a parpadear, ya ha saltado por la ventana en dirección al siguiente problema. Laura Kinney no camina. Avanza a cuchilladas de decisión. Y eso, en el fondo, es exactamente lo que uno espera de una Lobezna, aunque esta no sea la de los puros y el factor curativo con olor a whisky barato.

Aquí tenemos a Laura en su propia serie, recopilada por Panini en un tomo que incluye los cinco primeros números escritos por Erica Schultz y dibujados por Giada Belviso junto a Rachelle Rosenberg. Son 128 páginas que funcionan como una declaración de intenciones. Laura ya no es X-23, ya no es “la clon problemática”, ya no es “la otra”. Es Lobezna y el mundo (especialmente el mundo que odia a los mutantes) va a tener que acostumbrarse a ello.

La premisa es sencilla y directa, como un puñetazo a la mandíbula. Hay mutantes siendo explotados, traficados, utilizados como herramientas o armas, y Laura decide que eso se acaba. No porque alguien se lo pida. No porque los Vengadores convoquen una reunión. No porque haya una misión oficial. Porque es lo correcto, y porque ella sabe mejor que nadie lo que significa ser creada para que otros te usen. Ese pasado como X-23 no es un simple dato del personaje. Es una herida abierta que sangra en cada decisión que toma.

El primer arco nos lleva hasta Dubái, con un caso de secuestro de mutantes que parece sacado de un thriller de tráfico humano, pero con superpoderes y gente que puede atravesar paredes o derretir metal con la mente. Laura entra en escena como un vendaval: investiga, rastrea, golpea, y cuando algo huele raro (literalmente), sabe que hay más problemas en el asunto. Schultz juega con esa idea de que no todo es blanco o negro, y aunque el cómic no siempre tiene tiempo para detenerse a diseccionarlo con bisturí, sí deja claro que la realidad del mundo mutante es sucia, incómoda y llena de zonas grises. Después la serie cambia de escenario y de tono sin pedir permiso. Volvemos a Nueva York, a la Cocina del Infierno, territorio de Daredevil. O, mejor dicho, de Elektra como Daredevil. Aquí es donde el cómic se permite uno de sus mayores placeres. El choque de dos personalidades que, en el fondo, se parecen más de lo que admitirían. Elektra y Laura son letales, disciplinadas, cargan con un pasado de sangre y decisiones cuestionables y las dos tienen una idea muy clara de lo que significa “hacer lo necesario”. El resultado es una pelea espectacular, sí, pero también un cruce de miradas y principios que deja ver que ninguna de las dos está cómoda con la etiqueta de heroína tradicional. Cuando el tomo parece que ya ha gastado todas sus balas, entra en juego Bucky Barnes en una especie de viaje iniciático por territorios donde ser mutante es prácticamente una sentencia de muerte social. Este tramo es quizá el más humano del libro. Dos personas rotas, usadas por otros en el pasado, intentando hacer algo parecido a lo correcto en un mundo que no da muchas facilidades para ello. El diálogo entre Laura y Bucky tiene ese tono de camaradería seca, sin grandes discursos, más de miradas y frases cortas que de abrazos emotivos. Funciona porque los dos entienden demasiado bien de qué va eso de ser un arma.

Ahora bien, seamos claros. Este cómic va más rápido de lo que debería. Schultz apunta temas potentes (el odio antimutante, la explotación, la idea de la “minoría modelo”, la culpa, la rabia interna de Laura), pero el ritmo de la serie es tan vertiginoso que muchas veces esos temas pasan como señales de tráfico vistas desde una moto a toda velocidad. Están ahí, importan, pero rara vez se quedan el tiempo suficiente como para desarrollarse con la profundidad que podrían. Esto se nota especialmente en los antagonistas, que cumplen su función de obstáculo y poco más. Sirven para que Laura se luzca, para que haya peleas y tensión, pero no para que el lector los recuerde como villanos memorables. ¿Es eso un problema? Depende de lo que busques. Si quieres un estudio psicológico lento y detallado, probablemente este no sea tu cómic. Si quieres ver a Laura Kinney haciendo de Lobezna, repartiendo justicia con garras, persiguiendo a los malos y metiéndose en conflictos morales sin pararse demasiado a filosofar, entonces el tebeo cumple con creces.

Donde el tomo realmente brilla es en el dibujo. Giada Belviso entiende perfectamente cómo dibujar a Laura: su lenguaje corporal, su forma de moverse, esa mezcla de contención y violencia lista para estallar. Las escenas de acción son claras, contundentes y fáciles de seguir, algo que no siempre es tan común en el cómic de superhéroes moderno. Cada salto, cada corte, cada impacto tiene peso. Y cuando toca bajar el ritmo, Belviso también sabe transmitir emociones con pequeños gestos. Una mirada de duda, una postura cerrada o un silencio incómodo entre dos personajes que no saben muy bien cómo hablar de lo que sienten. Hay además un cierto aire de continuidad visual con etapas queridas del personaje, lo que ayuda a que este volumen se sienta como un paso más en el camino de Laura, y no como un reinicio extraño. No parece una versión distinta del personaje: parece la misma Laura, un poco más cansada, un poco más segura de quién es, pero todavía en guerra consigo misma.

En cuanto a la edición de Panini, tenemos esos cincos números de Laura Kinney: Wolverine con traducción de Uriel López. Además de las portadas principales dibujadas por Elena Casagrande y Edgar Delgado tenemos las alternativas realizadas por Pablo Villalobos, J. Scott Cambell, Mike Choi, Peach Momoko o Jay Anacleto entre muchos otros. Y como guinda del pastel un Spot on de Bruno Orive.

En conjunto, el primer tomo de «Laura Kinney. Lobezna» no es un cómic perfecto, pero sí es un cómic con pulso, con garra y con una protagonista que nunca se queda quieta. Tiene acción a raudales, buenos momentos de personaje y cruces atractivos con Elektra y Bucky Barnes. Puede que algunas ideas merecieran más espacio y que los villanos no se queden grabados a fuego en la memoria, pero la lectura se disfruta de principio a fin como lo que es. Una declaración de intenciones de Laura como personaje principal. Por eso, cuando cierras el tomo, no tienes la sensación de haber terminado un viaje, sino de estar justo en el primer tramo de uno mucho más largo. Y eso, al final, es la mejor señal posible: te deja con ganas de la continuación.

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