
“- ¿Cuánto tiempo ha pasado?
– Cinco años.”
Ese es el periodo que no han compartido Arminio y Marco desde que sus pasos se separaron en Roma. Tampoco están en la urbe del imperio cuando sus caminos se vuelven a encontrar, sino en los límites del Imperio. En una Germania donde la semilla de la rebelión ha comenzado a germinar. Tampoco los antiguos amigos tienen la inocencia del final de su adolescencia. Curtidos ya en los sinsabores de la guerra se han hecho hombres, y ya conocen los recovecos de las conjuras de palacio y los fuegos de las conspiraciones. Tanto las que afectan a los territorios del imperio como las que crecen dentro del mismo…

Del mismo modo, las pasiones han quedado sepultadas por las obligaciones. Si bien aún yacen soterradas, esperando el momento de poder culminarse. Bien lo sabe Marco. Pues aunque su arrogancia haya tenido que mitigarla frente a muchos de sus superiores, aún le quedan arrestos en su interior para desafiar normas y rangos con tal de colmar sus deseos carnales y el furor de la pasión prohibida. Del mismo modo, ya es menos transparente. Pues ha sido enviado por el mismísimo Augusto para indagar sobre una posible rebelión de los pueblos bárbaros que moran en Germania.
Así pues, lo que depara el tercer volumen de “Las Águilas de Roma” no será un reencuentro fraternal entre los antaño hermanos de sangre. No hay que olvidar que Arminio es hijo de Sigmar, líder querusco que se vio obligado a dejar a su hijo como rehén de Roma tras su derrota contra el Imperio. Y por mucha educación romana que haya recibido el joven bárbaro, sigue siendo hijo de su pueblo. Uno que está decidido a levantarse contra el invasor. Solo necesitan un líder que los aglutine y comande…

Con estos elementos la saga de Enrico Marini comienza a volar alto en su tercera entrega. Si tras la presentación del libro I, el desarrollo comenzó a ganar enteros en el libro II, en su continuación se fortalece de una trama fluida llena de momentos de intriga. Bien sazonados con violencia y sexo. Con intrigas y desconfianzas. Con pasiones prohibidas. Con recelos entre quienes fueron leales como hermanos. Con destinos militares que saben a venganza…. Como si las víboras fueran dejando su veneno tras su reptar. Así discurre este cómic, donde conforme se avanza en su trama, más latente están los peligros para los protagonistas. Símbolos ambos de lo que fue el Imperio Romano de la época de Augusto y, a la vez, antagónicos. Pues Marco no deja de ser la imagen del orgulloso patricio de cuna, mientras que Arminio es un bárbaro romanizado, pero que no renuncia a sus orígenes.
Acompañando a la trama, Marini ofrece páginas soberbias. Al servicio de lo que quiere contar en todo momento. Todo está al servicio de su guion. Encuadres y composiciones que refuerzan el ritmo y tono de cada momento, metiendo de lleno al lector en el relato y dejando, como buen serial que se precie, con ganas de más al final del volumen.

Traducidas por Diego de los Santos en la edición en castellano de Norma, las 60 páginas, que conforman “Las Águilas de Roma III” son el momento en el que la serie crece y se consolida. Por la potencia de lo que cuenta y la maestría plástica que encierra cada una de sus viñetas. En conjunto, este tercer volumen deviene como un acto de madurez, tanto de Marini como autor completo como para la serie. Pues aquí están muchas de las razones de la longevidad de la misma. Bien sembradas y secuenciadas. Magistralmente pintadas y con esa capacidad de absorber por completo la atención de quien las lea.
