
Hay clásicos que sobreviven al tiempo porque contienen una pregunta que nunca deja de doler. «Frankenstein, o el moderno Prometeo«, la novela que Mary Shelley escribió siendo casi una adolescente, es uno de ellos. No habla realmente de ciencia ni de monstruos, sino de responsabilidad, abandono y soledad. De lo que ocurre cuando alguien crea algo (una vida, una idea, una obra) y es incapaz de hacerse cargo de las consecuencias. La adaptación al cómic firmada por Sergio A. Sierra y Meritxell Ribas Puigmal, recuperada ahora en una edición definitiva por Yermo Ediciones, entiende esa herida central y la convierte en el verdadero motor de la obra.
Desde sus primeras páginas queda claro que esta no es una reinterpretación ruidosa ni efectista del mito. No hay aquí una búsqueda de espectacularidad ni una voluntad de modernizar el relato a base de subrayados innecesarios. Al contrario, esta versión se construye desde el respeto, la contención y una profunda comprensión del texto original. Sierra no intenta competir con Shelley, sino escucharla. Y ese gesto, tan poco habitual, es lo que da al cómic una fuerza inesperada. El guion se centra en Víctor Frankenstein como un personaje profundamente humano, frágil y contradictorio. Tras la muerte de su madre, Víctor se lanza de lleno al estudio de las ciencias naturales y la química, impulsado por una ambición secreta que no nace del orgullo, sino del miedo a la pérdida. Quiere vencer a la muerte, sí, pero sobre todo quiere deshacer una ausencia. Esa motivación íntima, casi infantil, es la que convierte su hazaña en tragedia. Porque Víctor logra su objetivo y en el mismo instante en que lo consigue, lo rechaza.

Sierra retrata a Frankenstein no como un loco ni como un héroe romántico, sino como un hombre asfixiado por la culpa y por su incapacidad de amar aquello que ha creado. En ese gesto (el abandono inmediato de la criatura) se condensa toda la violencia moral del relato. El verdadero pecado no es crear vida, sino negarla después. A lo largo del cómic, esa tensión se articula como un duelo constante entre razón y alma, entre el impulso científico y el vértigo de haber cruzado un límite que ya no tiene marcha atrás. La prosa del guion es uno de los grandes logros de la obra. Sobria, elegante, con una cadencia que remite al siglo XIX sin caer nunca en la afectación, reconstruye la voz de Víctor con una compasión mezclada con locura. No hay exceso de texto ni discursos grandilocuentes. Cada palabra parece elegida para pesar, para incomodar, para dejar un eco. El resultado es una narración íntima, casi confesional, en la que el horror no surge del laboratorio ni de los cementerios profanados, sino del silencio, del rechazo y de la ausencia de afecto.
Si el guion establece el tono del relato, el dibujo de Meritxell Ribas Puigmal lo eleva a una dimensión superior. Su trabajo no solo acompaña la historia: la define. Las ilustraciones, realizadas a lápiz componen un universo de una potencia extraordinaria. El blanco y negro domina la obra, interrumpido únicamente por la aparición puntual del rojo, que actúa como una herida abierta más que como un recurso cromático. Ribas no dibuja viñetas al uso. Cada página parece una estampa detenida en el tiempo, una imagen arrancada de un libro antiguo o de una pesadilla decimonónica. Hay en su trazo una densidad orgánica que hace que todo (personajes, paisajes, arquitectura) parezca surgir de la misma materia oscura. Creador y criatura comparten textura y sombras. No hay una separación clara entre lo humano y lo monstruoso, porque la propia imagen se encarga de difuminar esa frontera. El manejo del claroscuro es sencillamente magistral. Las sombras no son un fondo decorativo, sino un elemento esencial. Definen los espacios, modelan los rostros y expresan estados de ánimo. Las montañas heladas, las mansiones silenciosas, los pasillos, el laboratorio donde se gesta la vida, todo adquiere una densidad casi de pesadilla. El frío no es solo ambiental: es emocional. Está en los paisajes, pero también en las miradas, en los gestos contenidos, en la distancia entre los cuerpos. La criatura, en manos de Ribas, es una figura profundamente trágica. No es grotesca ni caricaturesca, sino vulnerable. Más que miedo, provoca compasión. Su recorrido es el de alguien que aprende a amar el mundo observándolo desde fuera, que descubre la belleza, el lenguaje, el deseo de pertenecer. Solo para comprobar que el mundo no tiene un lugar reservado para él. En ese punto, la adaptación conecta de manera directa con el corazón del texto de Shelley: el monstruo no nace, se construye a través del rechazo.

Yermo Ediciones ha sabido entender la naturaleza especial de esta obra y presentarla como lo que es: un objeto artístico. La edición en cartoné, con formato de álbum europeo y 108 páginas, está cuidada hasta el último detalle. El papel satinado de alto gramaje realza el trazo de Ribas y permite apreciar cada matiz del claroscuro, cada textura, como si estuvieras viviendo en la misma habitación que el “querido”. Esta edición supone, además, una reivindicación justa de una adaptación que durante años no tuvo la suerte editorial que merecía. Tras una primera publicación poco afortunada, la obra fue recuperada, revisada y ampliada en Francia, incorporando nuevas páginas, una cubierta inédita y el uso contenido del color. Ese proceso de revisión se percibe en el resultado final: estamos ante una versión madura, depurada, que por fin hace justicia al esfuerzo creativo de sus autores.
Lo más admirable de este «Frankenstein, o el moderno Prometeo» es que no intenta abarcar toda la novela original, sino capturar su esencia. Sierra y Ribas comprimen el relato sin traicionarlo, extrayendo su núcleo ético y emocional: la soledad, la necesidad de aceptación, la pregunta eterna sobre qué significa estar vivo. No es una adaptación literal, sino una interpretación honesta y profundamente respetuosa. En conjunto, esta obra se erige como una de las adaptaciones más sobrias e intensas y que se han hecho del mito de Frankenstein en cómic. No busca competir con Mary Shelley, sino dialogar con ella desde un lenguaje distinto, donde palabra e imagen caminan al mismo nivel. Es un tebeo que se lee despacio, que se contempla, que deja poso. Un recordatorio incómodo de que el verdadero monstruo no siempre es el que nace diferente, sino el que mira hacia otro lado. Un cómic imprescindible. Y una demostración de que, a veces, las sombras dicen mucho más que la luz.
