Leer «Los Navegantes»(«Les Navigateurs«), de Serge Lehman y Stéphane De Caneva, es aceptar una invitación peculiar. No a una aventura trepidante ni a un festival de fuegos artificiales fantásticos, sino a un descenso lento, casi hipnótico, por las capas ocultas de una ciudad que creemos conocer. París no como postal ni como escenario, sino como organismo antiguo, cargado de memoria, donde el pasado no está muerto, solo espera bajo la superficie. Y cuando despierta, lo hace con una mezcla de belleza, a veces miedo y mucha melancolía.

La premisa inicial parece sencilla, casi cotidiana. Neige Agopian regresa a París después de veinte años de ausencia y se reencuentra con sus amigos de adolescencia: Max, Arthur y Sébastien. Fueron inseparables en su juventud, “la banda del Panorama”, unidos por una calle, una edad y una forma de mirar el mundo que solo se tiene antes de que la vida empiece a exigir renuncias. Pero el reencuentro dura poco. Neige desaparece en circunstancias imposibles de explicar racionalmente, y ese hecho actúa como detonante de algo mucho mayor. Una investigación que no se apoya en la lógica policial, sino en el arte, las leyendas urbanas, la historia olvidada y un mundo subterráneo que parece existir desde siempre.
Uno de los grandes aciertos del guion de Lehman es su paciencia narrativa. Aquí no hay prisas por asombrar. La historia se cocina a fuego lento, permitiendo que el lector se instale en la vida de los personajes antes de empujarlos (empujarnos) hacia lo inexplicable. Durante buena parte del tebeo, podría pasar por un relato costumbrista: amistades adultas, divorcios, trabajos que ya no ilusionan, discusiones sobre el paso del tiempo y la sensación de haber dejado cosas importantes atrás. Todo eso es deliberado. Lo fantástico y terrorífico no irrumpe como un golpe de efecto, sino como una grieta que se abre poco a poco en el mundo real. Max es el eje del relato. Escritor, padre divorciado, vinculado a una revista cultural en decadencia y profundamente escéptico ante el mundo digital. Representa a alguien atrapado entre lo que fue y lo que es. No es un héroe, ni siquiera alguien especialmente decidido. Es más bien un testigo, alguien que observa, duda y se resiste. Su punto de vista convierte la historia en algo íntimo, casi confesional, y permite que los elementos sobrenaturales se sientan más inquietantes, porque irrumpen en una vida reconocible, cercana, incluso banal. Arthur y Sébastien funcionan como contrapuntos. Arthur, aventurero marcado por un accidente y por un cuerpo que ya no responde como antes, carga con un pasado físico y emocional que el relato va revelando con sutileza. Sébastien, más frío, más distante, parece haber abrazado una vida adulta funcional, aunque no necesariamente feliz. Entre los tres se construye una dinámica creíble, llena de silencios, reproches no dichos y afecto antiguo. No son personajes idealizados; son adultos cansados, y eso hace que su reacción ante lo imposible resulte tan interesante como irregular.

Cuando la historia comienza a adentrarse en el terreno del mito y lo oculto, Lehman demuestra su enorme bagaje cultural. El cómic se alimenta de referencias al simbolismo, a artistas olvidados, a mapas antiguos y a una París que existió antes del urbanismo moderno. La idea de la “Mar Antigua”, ese mundo marino ancestral sobre el que se levantó la ciudad, no es solo un recurso fantástico. Es una metáfora poderosa sobre lo que enterramos como sociedad y como individuos. Bajo el asfalto, bajo la rutina, bajo la normalidad, hay capas de memoria que siguen latiendo. Este enfoque convierte a Los Navegantes en una obra profundamente francesa en su espíritu. No busca referentes en el espectáculo estadounidense ni en el exotismo oriental. Aquí el misterio nace de la propia historia local, de la literatura, del arte y de una tradición fantástica europea muchas veces olvidada. El cómic no pretende competir con los grandes universos de fantasía, sino construir el suyo desde la intimidad y el conocimiento cultural.
El dibujo de Stéphane De Caneva es fundamental para que todo esto funcione. Su dibujo en blanco y negro, lejos de ser una elección estética gratuita, define el tono del relato. Las páginas respiran una sobriedad casi documental cuando retratan la vida cotidiana, y se vuelven cada vez más opresivas y oníricas a medida que la fantasía gana terreno. Las sombras pesan, los fondos se oscurecen, los espacios se vuelven ambiguos. Hay momentos en los que se siente que los personajes ya no caminan por calles reales, sino por recuerdos deformados o sueños compartidos. El trazo puede resultar frío para algunos, especialmente en el tratamiento de los rostros, que a veces parecen rígidos o demasiado realistas. Sin embargo, esa elección refuerza la sensación de estar observando personas reales enfrentadas a algo que no deberían estar viendo. Cuando el relato cruza definitivamente al otro lado, el contraste visual se vuelve aún más potente, y el dibujo se permite licencias que rozan lo pictórico, lo simbólico llegando a momentos perturbadores.

La edición de Tengu Ediciones acompaña muy bien esta gran obra. Con traducción de Fernando Ballesteros, el formato grande, una portada espectacular y la cuidada presentación convierten al libro en un objeto que invita a la relectura. No es un cómic para devorar y olvidar, sino uno de esos títulos que se quedan en la estantería como una promesa de regreso. Además, los materiales adicionales como los artículos, mapas y textos finales enriquecen la experiencia y subrayan el trabajo de documentación detrás del proyecto. Por eso, al cerrar estas 210 páginas, queda la impresión de haber recorrido un territorio que no figura en ningún mapa turístico ni en los recuerdos oficiales de la ciudad.
No es solo una historia de desapariciones, arte oculto o mundos paralelos, sino una reflexión sobre aquello que dejamos atrás para poder seguir adelante. La infancia, las promesas no cumplidas, los caminos que no tomamos. Todo eso sigue existiendo en algún lugar, como esa “Mar Antigua” que duerme bajo París esperando el momento de volver a respirar. Lehman no ofrece un final que tranquilice ni que ate todos los cabos. Y hace bien. El verdadero desenlace no está en lo que ocurre, sino en lo que cambia. Los personajes ya no pueden fingir que el pasado es algo cerrado, ni que la realidad es un terreno estable y seguro. Han visto demasiado. Han comprendido que hay fuerzas que no se pueden domesticar, solo aceptar. El misterio no se resuelve porque, como la memoria, no está hecho para ser explicado, sino para ser vivido. Cuando la última página se despliega, «Los Navegantes» deja una sensación extraña y hermosa: la de haber despertado algo que seguirá ahí incluso después de haber cerrado el tebeo. Como si París, y por extensión nuestras propias ciudades interiores, ocultara más capas de las que estamos dispuestos a admitir. Capas hechas de sueños, culpas, belleza y miedo. Capas que solo se revelan a quienes se atreven a mirar más allá de la superficie.
