Los primeros superhéroes: antes del multiverso

Hablar hoy de superhéroes es hablar de blockbusters, universos compartidos, multiversos, eventos anuales y debates eternos en redes sociales. Pero «Los primeros superhéroes. Todos los personajes de la Edad de Oro del cómic norteamericano», de Pedro Angosto, nos propone algo mucho más estimulante. Apagar por un momento el ruido del presente y mirar atrás, a un tiempo en el que todo estaba por inventar, en el que bastaban un antifaz, un nombre contundente y una causa justa para crear un icono. Este volumen no solo revisa el nacimiento del género de superhéroes, sino que lo reivindica con entusiasmo, contexto y una evidente pasión contagiosa.

Porque este libro no va solo de Superman, Batman, Wonder Woman o Capitán América, aunque ellos estén aquí, por supuesto, ocupando el lugar que les corresponde como pilares del género. Va, sobre todo, de todos esos otros héroes que surgieron a su sombra y que el tiempo, el mercado y la evolución del cómic fueron dejando atrás. Fighting Jack, Pyroman, Radior, Magno, Green Lama, Black Terror, Phantasmo, y cientos más, regresan en estas páginas como espectros coloridos de una época desbordante de imaginación. Muchos lectores los descubrirán por primera vez; otros los recordarán vagamente como nombres sueltos leídos en algún sitio, en alguna web o al pie de página de una reseña. Angosto los rescata con el respeto que merecen los pioneros.

Uno de los grandes aciertos del libro es dejar claro desde el principio qué es y qué no es. No es una enciclopedia exhaustiva, ni pretende sentar cátedra definitiva. Tampoco es un mero listado de datos fríos. Es, más bien, una obra de divulgación apasionada. Un mapa para orientarse en la Edad de Oro del cómic estadounidense, ese periodo que abarca, de forma aproximada, desde finales de los años treinta hasta mediados de los cincuenta. Un tiempo marcado por la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, circunstancias que influyeron decisivamente en el tipo de héroes que se crearon y en las historias que se contaban.

Pedro Angosto estructura el libro de manera editorial, una decisión que resulta lógica y muy efectiva. El recorrido por National/DC, Timely (la futura Marvel), Fawcett, Quality, Archie/MJL y otras editoriales permite entender cómo funcionaba la industria del cómic en aquellos años. Compañías que nacían y desaparecían con rapidez, adquisiciones, fusiones, personajes que cambiaban de manos o caían en dominio público. El lector no solo conoce a los héroes, sino el ecosistema creativo y empresarial que los hizo posibles. Aquí aparece una de las ideas clave del libro: el superhéroe como producto de su tiempo. Angosto insiste (con razón) en que personajes como el Capitán América o Namor no podrían nacer hoy de la misma forma que lo hicieron en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Aquellos héroes eran directos, arquetípicos, moralmente incontestables. No tenían grandes conflictos internos ni largas tramas psicológicas. Eran ideales más que personas, símbolos diseñados para inspirar, tranquilizar y ofrecer una respuesta clara al mal en tiempos de incertidumbre. Ese carácter mítico se explica también desde sus raíces culturales. El libro conecta a estos primeros superhéroes con los dioses y héroes de la mitología clásica, los caballeros artúricos, los aventureros del pulp, figuras como El Zorro. Todo ese imaginario se mezcla en las páginas de los comic-books para dar lugar a héroes que, aunque vestidos con mallas y capas, cumplen funciones ancestrales: proteger a los débiles, castigar a los tiranos y restaurar el orden.

Uno de los tramos más interesantes del libro es el dedicado a la Segunda Guerra Mundial. Angosto analiza con claridad cómo el conflicto bélico impulsó la popularidad de los superhéroes y cómo estos se convirtieron en herramientas de propaganda. Portadas combativas, villanos nazis caricaturizados, mensajes patrióticos sin ambages. Hoy pueden parecer ingenuos o excesivos, pero en su contexto eran parte de un esfuerzo cultural más amplio. El cómic, además, servía como medio de alfabetización para muchos hijos de inmigrantes y como entretenimiento para los soldados en el frente. El libro no idealiza ese periodo, y eso se agradece. Se reconoce que muchas historias eran simples, repetitivas y destinadas a un público infantil. Pero también se reivindica su valor histórico y simbólico. Sin esos tebeos, sin esos experimentos tempranos, no existiría nada de lo que vino después. La Edad de Oro no es solo nostalgia: es el cimiento del género.

Visualmente, este libro es una auténtica delicia. El volumen está profusamente ilustrado a todo color, con portadas, viñetas y material gráfico que convierten cada capítulo en un pequeño viaje al pasado. No se trata solo de acompañar el texto, sino de reivindicar la estética de una época: colores planos, composiciones directas, dramatismo sin ironía.

En cuanto a los contenidos extra, el libro incluye un prólogo de Roy Thomas, figura clave en la recuperación de la Edad de Oro desde Marvel y DC, y un epílogo de Gary Carlson, otro enamorado confeso de estos héroes primigenios. Ambos textos refuerzan la idea de que este volumen no es solo informativo, sino también emocional. Un homenaje consciente a una forma de entender el heroísmo que hoy parece casi revolucionaria por su sencillez moral.

Especial mención merecen los anexos, con listados de editoriales, principales publicaciones y breves biografías de guionistas y dibujantes. Son herramientas valiosísimas para el lector curioso, que puede usar el libro como punto de partida para seguir investigando, leyendo y descubriendo. Angosto no pretende cerrar el tema, sino despertar la curiosidad. Con sus 268 páginas en cartoné, publicado por Diábolo Ediciones, es una obra pensada tanto para lectores veteranos como para recién llegados. Para quienes crecieron leyendo Marvel y DC, el libro ofrece contexto y raíces. Para quienes se acercan al cómic desde otros géneros, es una puerta de entrada fascinante a la historia del medio.

Al final, el mensaje que atraviesa todo el libro es claro y sincero: la Historia importa. No como un ejercicio de nostalgia vacía, sino como una forma de entender quiénes somos como lectores y por qué seguimos volviendo a estos personajes. Los superhéroes cumplen casi cien años de vida, y conocer sus orígenes no es un capricho erudito, sino un acto de justicia cultural. «Los primeros superhéroes», de Pedro Angosto, no solo rescata personajes olvidados. Rescata una forma de soñar, de creer en ideales sin cinismo y de entender el cómic como un reflejo directo de su tiempo. Un libro necesario, apasionado y profundamente disfrutable. Una lectura que recuerda que, antes de los eventos y los universos compartidos, hubo héroes que luchaban por «la verdad y la justicia».

Deja un comentario