Biblioteca Marvel La Patrulla-X 9: momentos frágiles y reveladores

Estamos ante un nuevo tebeo de la «Biblioteca Marvel: La Patrulla-X». Un tomo que invita a bajar el ritmo. No exige entusiasmo inmediato ni promete grandes momentos épicos; lo que ofrece es algo distinto y quizá más valioso. La posibilidad de observar, con cierta distancia y serenidad, a una serie mítica en uno de sus momentos más frágiles. Este volumen no trata tanto de triunfos como de resistencia, de un título que sigue adelante incluso cuando parece haber perdido el rumbo. Con esta novena entrega nos adentramos de lleno en 1968, un año crucial para Marvel y para la historia del cómic estadounidense. El tomo recopila los números 46 a 49 de The X-Men, junto con historias publicadas en Ka-Zar y Marvel Tales, y conforma un bloque que funciona casi como un largo epílogo. La Patrulla-X ha quedado profundamente tocada tras la “muerte” de Charles Xavier, y esa ausencia no solo afecta a los personajes, sino también a la propia identidad de la serie.

Sin su mentor, el grupo se disuelve. Los mutantes abandonan la mansión y emprenden caminos separados, una decisión que puede leerse como un último intento editorial por revitalizar una cabecera que llevaba tiempo sin encontrar su sitio. Gary Friedrich deja paso a Arnold Drake, aunque el cambio de guionista no supone una ruptura clara con lo anterior. El tono, la estructura y las limitaciones siguen siendo muy similares, lo que refuerza la sensación de continuidad y también de estancamiento. Las historias incluidas en este volumen son sencillas, incluso modestas. Están marcadas por una ingenuidad muy propia de la época y por una falta de ambición que contrasta con otros títulos Marvel contemporáneos. El desarrollo de los personajes es mínimo, las tramas avanzan sin demasiada convicción y las ideas parecen surgir y desaparecer sin un plan definido. No son episodios desastrosos, pero sí claramente limitados, como si la colección avanzara impulsada más por la inercia que por una visión creativa clara. Aun así, el experimento de separar a los miembros de la Patrulla-X resulta interesante desde un punto de vista histórico. Las aventuras en parejas o en solitario permiten explorar otras dinámicas, aunque los resultados sean irregulares. Hank McCoy y Bobby Drake repasan sus orígenes de forma directa y, a veces, excesivamente literal, mientras que Ángel protagoniza una trama más introspectiva, con tintes de misterio, que intenta ofrecer algo diferente dentro de los márgenes del género superheroico clásico.

Estas historias de Ángel, además, tienen la particularidad de haberse publicado fuera de la cabecera principal, lo que aporta un matiz editorial muy revelador. Gracias a ello, el apartado gráfico experimenta un cambio significativo con la llegada de George Tuska, que sustituye a Don Heck en algunos episodios. Tuska aporta un dibujo más sólido y un trazo firme que da mayor empaque al conjunto. Su trabajo aquí destaca por su claridad y profesionalidad, elevando unas historias que, de otro modo, pasarían más desapercibidas. A esto se suma la presencia de Jerry Siegel como guionista en los episodios protagonizados por Ángel. Su participación no transforma radicalmente el tono de la serie, pero añade un valor histórico indudable. Más allá del resultado concreto, su nombre vincula este tomo con una tradición más amplia del cómic estadounidense y refuerza su interés como documento de época.

El episodio más logrado del volumen sigue siendo el regreso del Juggernaut. Una historia que recuerda brevemente el potencial de la Patrulla-X incluso en sus horas bajas. Don Heck, a menudo señalado como uno de los puntos débiles de esta etapa, realiza aquí un trabajo eficaz, especialmente a la hora de transmitir la fuerza bruta y la destrucción asociadas al personaje. Es un capítulo que funciona por sí mismo y que aporta algo de tensión y espectacularidad a un conjunto generalmente contenido.

Pese a estos momentos puntuales, la sensación dominante es la de una serie agotada. Los argumentos carecen de continuidad clara, los personajes parecen moverse en círculos y la falta de una dirección a largo plazo se hace evidente en cada número. Comparados con otros títulos Marvel de la misma época, estos cómics resultan menos audaces y menos cohesionados. La Patrulla-X, hoy uno de los pilares de la editorial, se encontraba entonces en una situación sorprendentemente precaria. Sin embargo, este tomo cobra una importancia especial gracias a su valor documental. Con traducción de Santiago García y Rafael Marín, la inclusión de los correos de lectores es fundamental para comprender cómo se percibía la serie en su momento. Las cartas reflejan entusiasmo, frustración, críticas directas y una confianza absoluta en decisiones editoriales que el tiempo acabaría desmintiendo. Leídas hoy, muchas resultan entrañables y otras incluso involuntariamente cómicas, pero todas aportan una perspectiva valiosa sobre la relación entre Marvel y su público en los años sesenta. Los extras habituales que incluye Panini Comics completan el volumen con el cuidado editorial que la caracteriza. Anuncios de la época, ilustraciones, páginas en blanco y negro y portadas de recopilatorios modernos ayudan a contextualizar el material y refuerzan la sensación de estar ante una edición pensada tanto para la lectura como para la conservación. Especial mención merece la sección “La era Marvel”, escrita por Lidia Castillo, que ofrece una visión clara y bien documentada del momento histórico y creativo en el que se encuadran estas historias.

Leído en conjunto, el noveno tomo de la Biblioteca Marvel de La Patrulla-X se disfruta desde la calma y la perspectiva. No busca impresionar ni reinventar el género, sino mostrar un momento de transición, casi de pausa, antes de un cambio decisivo. Es el retrato de una serie que todavía no sabe lo que va a ser, pero que está a punto de descubrirlo. Este volumen no representa a la Patrulla-X en su mejor versión, pero sí en una de las más reveladoras. Un testimonio honesto de una etapa irregular, imperfecta y a menudo errática, que adquiere sentido precisamente porque sabemos lo que está por venir. Leerlo es asomarse al silencio previo a la transformación, a la antesala de una de las grandes resurrecciones creativas del cómic de superhéroes.

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