Hablar de «Lanzarote» es hablar de una paradoja. El caballero más puro de la Mesa Redonda es, al mismo tiempo, el que más lejos está dispuesto a llegar para traicionar los códigos que lo definen. En esa contradicción (heroica y humana) se sostiene el corazón de este tomo. Una adaptación firmada por Luc Ferry y Clotilde Bruneau, con dibujo de Carlos Rafael Duarte. Más que una simple traslación del mito artúrico al cómic, nos encontramos ante una reflexión visual y narrativa sobre el sacrificio, el amor cortés y la fragilidad de un ideal construido a base de normas imposibles. Esta obra se inscribe dentro de la colección La Sabiduría de los mitos. Heredera directa del proyecto dedicado a la mitología griega. El objetivo sigue siendo el mismo: regresar a las fuentes, destilar el núcleo filosófico de los grandes relatos fundacionales y traducirlos al lenguaje del cómic sin traicionar su espíritu. En este nuevo ciclo, la épica medieval sustituye a los dioses del Olimpo, pero la ambición permanece intacta. Y no hay mejor punto de partida que Lanzarote del Lago, figura central del imaginario artúrico, héroe del Grial y símbolo absoluto del amor imposible.

La historia arranca con un desafío que pone en jaque al rey Arturo y a su reino. Méléagant, villano orgulloso y cruel, irrumpe en la corte para jactarse de haber capturado a varios súbditos de Logres. Su oferta es tan provocadora como humillante: solo los liberará si un caballero acepta llevar consigo a la reina Ginebra y logra derrotarlo. Kay acepta el reto y fracasa. La reina es capturada. El honor de Camelot queda manchado. Y es entonces cuando aparece Lanzarote, dispuesto a hacer lo que ningún otro caballero aceptaría: subir a la carreta del deshonor, el vehículo reservado a criminales y parias, con tal de seguir el rastro de Ginebra. Ese gesto inicial define todo el relato. En la mentalidad medieval, la carreta no es solo un medio de transporte: es un símbolo público de vergüenza, una marca imborrable. Ferry y Bruneau entienden perfectamente el peso moral de esta decisión y la convierten en el eje de la obra. Lanzarote no pierde su honor por debilidad, sino por elección. Y esa renuncia voluntaria, ese sacrificio consciente, es lo que lo eleva por encima del resto.
El guion destaca por su fidelidad al espíritu de la historia original. Aquí no hay prisas por justificar psicológicamente a los personajes ni por suavizar sus decisiones para hacerlas más “comprensibles” al lector moderno. Al contrario, la obra asume con valentía los códigos de la época. La palabra dada es sagrada, el honor es irrenunciable y el amor se vive como una fuerza absoluta que exige obediencia total. Muchas acciones pueden parecer absurdas o exageradas desde una mirada contemporánea, pero esa incomodidad es parte esencial de la experiencia. El cómic no busca adaptar el mito a nuestra moral, sino obligarnos a mirar durante un rato con los ojos del pasado. Lanzarote encadena pruebas, combates y encuentros simbólicos que ponen a prueba no solo su fuerza, sino su rectitud moral. Cada obstáculo refuerza la idea de que el camino hacia la reina es también un descenso hacia la pérdida: de reputación, de identidad pública, incluso de libertad. El héroe avanza, sí, pero cada paso tiene un coste.

El dibujo de Carlos Rafael Duarte acompaña con solvencia esta odisea. Su estilo es clásico y muy elegante, sin alardes innecesarios pero con una clara vocación épica. La composición de página favorece la lectura fluida y la claridad del relato, mientras que el diseño de escenarios refuerza la atmósfera de leyenda: bosques sombríos, castillos opresivos, caminos interminables y espacios cargados de simbolismo. El dibujo no busca deslumbrar con espectacularidad moderna, sino sumergir al lector en un mundo coherente, regido por leyes antiguas e implacables.
Uno de los aspectos más interesantes del tomo es cómo presenta el concepto de honor no como una virtud incuestionable, sino como una carga. Los personajes se ven atrapados por promesas que no pueden romper, decisiones que no pueden revertir y normas que los empujan al sufrimiento. Lanzarote encarna el ideal caballeresco, pero también revela sus grietas. Su grandeza nace precisamente del conflicto entre lo que debe hacer y lo que siente. En ese choque permanente se construye la tragedia del personaje y, por extensión, la del propio mito. No obstante, el ritmo acelerado del relato deja una sensación ambivalente. Los acontecimientos se suceden con rapidez, a veces sin permitir que ciertas situaciones se desarrollen con la profundidad que merecerían. A pesar de ello, este tebeo cumple con creces su función: recuperar un relato fundacional y recordarnos por qué ha sobrevivido durante siglos. No se trata solo de aventuras caballerescas, sino de una reflexión sobre el amor llevado al extremo, sobre la identidad construida a partir del sacrificio y sobre el precio que exige vivir conforme a un ideal absoluto.

El gran formato del volumen y la cuidada edición en cartoné juegan a favor del conjunto. Es un cómic que se disfruta con calma, dejando que las imágenes respiren y que los silencios hagan su trabajo. En este sentido, Yermo Ediciones ofrece un producto a la altura del material, pensado tanto para el lector habitual de cómic europeo como para quienes se acercan al medio atraídos por el mito artúrico. Se incluyen los cuatro volúmenes que se publicaron en el mercado francés por Glenat recopilándolo en este tomo integral de 200 páginas. En definitiva, este tomo es una puerta de entrada sólida y atractiva al ciclo artúrico. Una obra que no teme ser fiel a su tiempo, que confía en la inteligencia del lector y que entiende que los mitos no necesitan ser reinventados para seguir siendo relevantes. Basta con contarlos bien, con respeto y con la convicción de que, incluso hoy, seguimos preguntándonos lo mismo que «Lanzarote«: qué estamos dispuestos a perder para salvar aquello que amamos.
