La Pandilla 1964-1976: Imaginación desbordada

Imagina que alguien te dice: “Oye, ¿te apetece volver a cuando una tarde libre podía convertirse en una aventura legendaria?”. No te habla de viajes caros ni de irse de cañas al bar de al lado, sino de algo mucho más potente. Un grupo de amigos, un descampado, un autobús abandonado y la absoluta convicción de que el mundo empieza y acaba ahí. Eso es el segundo tomo de «La Pandilla» («La Ribambelle«) de Jean Roba. No es un cómic. Es un estado mental. Un lugar al que entras como lector adulto y del que sales con arena en los zapatos, palabras rarísimas en la cabeza y la sensación de haber vuelto a jugar de verdad.

Este tomo que recupera Dolmen Editorial es, básicamente, una caja de juguetes. Y, como todas las cajas interesantes, trae dentro risas, caos, imaginación desbordada y alguna que otra lección vital colada sin avisar. Reúne cinco álbumes fundamentales de La Pandilla(La Ribambelle). Cinco golpes maestros de Roba junto a Yvan Delporte, Vicq(Antoine Raymond), Maurice Tillieux y Jidéhem(Jean de Mesmaeker) en los que demuestra que el cómic infantil puede ser inteligente, ágil, sofisticado y, sobre todo, endemoniadamente divertido sin perder ni un gramo de corazón.

La cosa arranca con «La Pandilla acepta miembros» («La Ribambelle engage du monde»), que ya desde el título deja claro uno de los pilares de la serie: aquí no se excluye porque sí. La Pandilla es un club, pero no uno elitista; es una comunidad con normas, sí, pero basada en el respeto y el juego limpio. Claro que aceptar nuevos miembros nunca es tan fácil como parece, y menos cuando los aspirantes son Los Caimanes, expertos en meter la pata antes de pensar. Este álbum establece el tono de toda la serie: buenas intenciones, choques inevitables y una convivencia tan complicada como hilarante. Roba juega aquí con la idea de la diversidad, del “nosotros” frente al “ellos”, y lo hace sin discursos, solo con situaciones que escalan hasta el desastre con una naturalidad pasmosa.

Luego llega «La Pandilla en el estanque» («La Ribambelle au bassin«), una de esas historias que demuestran que no hace falta irse muy lejos para vivir una epopeya. Un simple estanque se convierte en escenario de batallas, planes imposibles y malentendidos monumentales. En estas viñetas se coge algo cotidiano y se exprime hasta que estalla en carcajadas. Aquí el dibujo se vuelve especialmente dinámico, con viñetas llenas de movimiento, chapoteos, caídas y expresiones faciales que valen más que cualquier bocadillo. Este álbum es una lección magistral de cómo el ritmo lo es todo en la comedia gráfica. El tercer golpe llega con «La Pandilla en las Galopingos» («La Ribambelle aux Galopingos»). Aquí Roba junto a Vicq suben la apuesta. Viaje, aventura, escenario exótico y esa sensación maravillosa de “esto se nos ha ido de las manos”. Nuestros protagonistas van a una isla remota es una fantasía infantil hecha papel. La idea de que algo creado con ingenio y entusiasmo puede llevarte lejos, muy lejos. Pero claro, estamos en La Pandilla, así que la aventura viene con sorpresa incluida, líos en cadena y la certeza de que nada saldrá según lo planeado. Este álbum es puro espíritu aventurero, pero siempre con los pies en el humor y la camaradería. Además, existen dragones, salvajes en taparrabos y malvados traficantes de droga, vamos que mas se puede pedir.

Continuamos con La Pandilla investiga («La Ribambelle enquète»), donde Roba, junto a Maurice Tillieux, se marca un delicioso homenaje al género detectivesco, pasado por el filtro de un grupo de críos con exceso de imaginación y confianza. Aquí la curiosidad se convierte en motor y la investigación en una excusa perfecta para que todo se complique progresivamente. Es fascinante ver cómo los autores adaptan las estructuras del misterio a un público infantil sin simplificarlas en exceso. Hay pistas, deducciones absurdas, conclusiones precipitadas y, por supuesto, errores gloriosos. Este álbum demuestra que La Pandilla no es solo acción y comedia física, sino también juego mental y narrativa elaborada. Y cuando crees que ya lo has visto todo, llega «La Pandilla contraataca» («La Ribambelle contre-attaque«). El título no engaña. Aquí hay respuesta, reivindicación y un cierre que refuerza la idea de grupo unido frente a las adversidades. Roba junto a Tillieux maneja con maestría el equilibrio entre conflicto y humor, dejando claro que incluso cuando las cosas se ponen feas, la inteligencia colectiva siempre gana.

Gráficamente, La Pandilla es un regalo. Roba está aquí en estado de gracia, con un dibujo limpio, expresivo y lleno de detalles. Los fondos no son simples decorados. Son espacios vivos, reconocibles, llenos de pequeños guiños y elementos que enriquecen la lectura. El color, absolutamente fiel a su época, no necesita modernizarse porque funciona como un reloj suizo. Y sí, hay referencias y guiños a otros clásicos del cómic europeo que arrancan sonrisas cómplices.

Mención aparte merece el lenguaje, uno de los grandes tesoros de esta obra. Roba no subestima al lector: juega con vocabulario rico, con tiempos verbales que hoy parecen arqueología lingüística y con juegos de palabras constantes. Leer La Pandilla es divertido, pero también estimulante. Es de esos cómics que amplían el vocabulario casi sin querer, que te hacen disfrutar de una palabra rara solo por cómo suena en boca de un personaje.

La edición de Dolmen Editorial redondea la experiencia: Tapa dura, buen tamaño, papel que respeta el color original y una presentación digna de un clásico. No es solo una recopilación: es una puesta en valor de una obra fundamental del cómic europeo. En conjunto, «La Pandilla 1964-1976» es una celebración del juego, de la amistad y de la imaginación como motor vital. Es un cómic para reír, para releer, para compartir y para recordar que hubo un tiempo (quizá aún lo hay) en el que un grupo de amigos podía cambiar su mundo con ingenio, palabras raras y un autobús abandonado. Una lectura obligatoria, una relectura necesaria y una invitación directa a volver a jugar, aunque sea desde el sofá.

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