El primer tomo de «Masacre/Lobezno» es un cómic que no pierde tiempo en presentaciones educadas. Arranca con un prólogo de falsa calma, con agentes de ONE investigando un almacén lleno de artefactos peligrosos, solo para dejar claro enseguida que la situación va a estallar de la peor manera posible. Un contenedor de adamantium, algo vivo en su interior y, sin transición suave, Masacre robando un cadáver. En ese contraste inmediato entre lo siniestro y lo grotesco queda definida toda la obra. Aquí el drama dura lo justo hasta que Wade Wilson entra en escena y lo convierte en un chiste sangriento.

La historia que recogen los cuatro números de Deadpool/Wolverine es deliberadamente excesiva. Dyscordia, clon de Cable y villano de manual con complejo de dios, ha puesto en marcha un plan basado en una sustancia llamada Legado 2.0, capaz de controlar mentes y convertir cuerpos en armas. Masacre cae bajo su influencia casi de inmediato, mientras que Lobezno, gracias a su particular historial de muertes y resurrecciones durante la era de Krakoa, resulta inmune. A partir de ahí, el cómic se lanza de cabeza a una sucesión de persecuciones, secuestros, viajes temporales, conspiraciones y estallidos de violencia que funcionan más como combustible para el espectáculo que como un misterio a resolver con calma.
El guion de Benjamin Percy entiende muy bien el tipo de historia que está contando. No pretende construir un thriller complejo ni un drama de personajes profundo. Su apuesta es otra: ritmo alto, humor negro constante y una escalada progresiva de locura. Percy sabe cuándo dejar hablar a Masacre y cuándo callarlo a base de garras. Sus diálogos son afilados, con réplicas rápidas que mantienen viva la química entre ambos protagonistas incluso en los momentos más brutales. Lobezno es seco, directo y letal; Masacre es incontrolable, irritante y sorprendentemente eficaz cuando deja de hablar. El contraste funciona porque el guionista no intenta igualarlos, sino explotarlos desde sus extremos. Uno de los elementos más ingeniosos del guion es la forma en que se aborda el control mental de Masacre. La solución de Lobezno para devolverle la lucidez es tan absurda como coherente con el tono de la serie. Infligirle un daño físico tan brutal que su factor curativo se vea obligado a “reiniciarlo”. Este recurso no solo genera algunas de las escenas más salvajes del tomo, sino que también define la relación entre ambos personajes sin necesidad de largas explicaciones. Aquí se comunican a golpes, y Percy lo asume sin complejos. A lo largo de los números, la historia va creciendo en escala. Aparecen criaturas gigantes, escenarios imposibles, hordas de zombies infectados con Legado y planes cada vez más desmesurados por parte del villano. El guion no se detiene demasiado en explicar los detalles del viaje temporal o las ramificaciones del plan. Prefiere sugerir lo justo y seguir avanzando, confiando en que el lector acepte el pacto. Esto es una montaña rusa, no un mapa detallado. En ese sentido, la trama es eficaz, aunque en algunos momentos pueda parecer atropellada.

El dibujo de Joshua Cassara es el gran pilar que sostiene el conjunto. Su estilo hiperrealista y dinámico encaja a la perfección con una historia que necesita impacto constante. Cassara no escatima en detalles. Heridas abiertas, músculos tensos, sangre salpicando cada rincón de la viñeta. Las escenas de acción están coreografiadas con claridad, incluso cuando todo se vuelve caótico. El lector siempre sabe dónde mirar, quién golpea a quién y con qué consecuencias. Especialmente destacables son las secuencias de regeneración de Lobezno y las palizas que recibe Masacre. Cassara convierte estos momentos en auténticos espectáculos visuales, recreándose en la carne desgarrada y en la violencia física sin caer en la confusión gráfica. Hay páginas prácticamente mudas donde el dibujo lo cuenta todo, demostrando un dominio narrativo que va más allá del simple impacto.
Si hay un punto donde el tomo puede dejar sensaciones encontradas es en el desarrollo de los personajes. El guion captura muy bien sus voces y su dinámica, pero no profundiza demasiado en su relación. No hay grandes revelaciones ni conflictos duraderos. Todo se mantiene en la superficie del enfrentamiento constante y el compañerismo forzado. Para muchos lectores, esto será más que suficiente; para otros, quedará la impresión de que había espacio para algo más ambicioso.

En cuanto a la edición de Panini viene en formato comic-book con lomo con 112 páginas. Además de incluir los números americanos, tenemos multitud de portadas alternativas realizadas por Greg Capullo, Kaare Andrews o Frank Miller, entre muchos otros. En conjunto, este tomito de Masacre/Lobezno es una lectura directa, ruidosa y muy consciente de sus propias intenciones. No es una obra profunda ni pretende serlo, pero como ejercicio de cómic de acción desatada y entretenimiento salvaje, cumple con creces y deja claro que cuando estos dos personajes se juntan, el resultado solo puede ser caos… del bueno. Y como en todo buen caos, nos quedamos con ganas de los siguientes números de más disparos y cuchilladas a mansalva.
