«Cuando caiga mi venganza sobre ti» («When I Lay My Vengeance Upon Thee«) es un cómic que se instala en una zona incómoda del terror religioso, un territorio donde la fe no es refugio, sino herida abierta. Gus Moreno no escribe una historia de exorcismos para tranquilizar al lector ni para reafirmar la clásica lucha entre el bien y el mal; escribe una historia para incomodar, para cuestionar por qué necesitamos creer que nuestros pecados y nuestro dolor tienen un origen externo. Aquí, el demonio no siempre posee: a veces solo observa cómo los humanos se destruyen solos.

La obra parte de una reflexión tan actual como devastadora. Desde los años setenta, el exorcismo ha dejado de ser un ritual oculto para convertirse en un fenómeno cultural, casi mediático. Hoy cualquiera puede sentirse poseído si eso le da sentido a su sufrimiento. Moreno utiliza esta idea como punto de partida para desmontar el mito romántico del exorcismo y enfrentarlo a una realidad mucho más turbia. En este mundo, la mayoría de los rituales no son más que terapia disfrazada de liturgia. Pero cuando la posesión es auténtica, cuando el mal es real y tangible, la Iglesia recurre a figuras que no encajan en su propio relato oficial. Ahí entra en escena el padre Merrick Stygian, un exorcista enigmático y perturbador cuyos métodos parecen anteriores incluso a la doctrina cristiana. Stygian no es un sacerdote carismático ni un guerrero de la fe; es una figura incómoda, casi herética, que se mueve con soltura entre rituales arcaicos y secretos que la Iglesia preferiría enterrar. Su sola presencia genera desconfianza, tanto en los personajes como en el lector.
Moreno entiende que el miedo nace muchas veces de lo que no se explica del todo, y Stygian es el perfecto catalizador de esa inquietud. Junto a él aparece el padre Manuel Barrera, un joven sacerdote mexicano marcado por una culpa insoportable: la muerte accidental de un bebé durante un bautismo. Este hecho, narrado con una frialdad devastadora, define al personaje desde la primera página. Barrera no es un héroe ni un elegido; es un hombre roto, exiliado a Puerto Cristina (la ciudad más meridional del continente americano) como castigo y penitencia. Su viaje no es una misión sagrada, sino una huida. Moreno convierte su culpa en el verdadero motor del relato, recordándonos que no hay demonio más persistente que el remordimiento. La relación entre Stygian y Barrera articula toda la narración y funciona en clave de horror. Maestro y aprendiz, aliados por necesidad más que por confianza. Avanzan juntos en una convivencia marcada por el silencio, las medias verdades y una tensión constante. Stygian enseña, pero nunca revela del todo. Barrera aprende, pero cada lección parece alejarlo más de la fe que creía conocer. Esta dinámica convierte cada exorcismo en algo más que un ritual: es un pulso moral entre dos formas de entender el mal.

Moreno estructura el cómic según los casos de posesión se suceden y construyen una mitología propia. Sin embargo, el autor evita caer en la repetición o el efectismo. Cada intervención sirve para profundizar en los personajes y en las ideas que atraviesan la obra. El mal no se presenta como una fuerza uniforme, sino como una plaga diversa, cambiante, que adopta distintas formas según la necesidad emocional de quienes lo sufren. La posesión, en este contexto, se convierte en síntoma tanto espiritual como psicológico. Uno de los elementos más inquietantes del cómic es la presencia de una mujer en coma que no ha envejecido en casi medio siglo. Este misterio actúa como un eje silencioso alrededor del cual gira toda la historia. No es solo una anomalía sobrenatural, sino un símbolo poderoso. Un cuerpo suspendido en el tiempo, atrapado entre la vida y la muerte, igual que muchos de los personajes están atrapados entre la fe y la culpa. Moreno dosifica la información con inteligencia, dejando que el lector intuya conexiones antes de explicitarlas, lo que refuerza la sensación de amenaza latente.
El guion no sería el mismo sin el dibujo de Jakub Rebelka, que firma aquí uno de los trabajos más terroríficos vistos últimamente. Su estilo pictórico, dominado por colores apagados, manchas de textura y figuras que parecen deshacerse, refuerza la sensación de estar atrapados en una pesadilla febril. Rebelka no dibuja el horror de forma explícita; lo sugiere, lo envuelve, lo deja flotar en el ambiente. Incluso las escenas cotidianas están bañadas por una penumbra constante, como si no existiera un lugar realmente seguro. El uso del color es especialmente significativo. Los tonos parecen diluidos, casi acuosos, como si la imagen se estuviera erosionando desde dentro. Esta decisión estética encaja a la perfección con una historia donde la fe se descompone y las certezas se disuelven. Rebelka consigue que cada página transmita incomodidad sin recurrir al gore excesivo, demostrando que el verdadero terror suele ser más eficaz cuando se insinúa.

La edición de Astiberri permite apreciar el trabajo artístico en todo su esplendor. Las 144 páginas se leen con una mezcla de fascinación y angustia. La traducción de Santiago García mantiene intacto el tono seco, perturbador y a veces cruel del texto original de la obra publicada en el mercado americano por Boom Studios. Además, tenemos multitud de portadas dibujadas por Jacob Phillips, Jakub Rebelka, Jae Lee o Martín Morazzo entre otros, así como unas imágenes de los diseños de personajes.
Es éste un tebeo que no es complaciente. No ofrece respuestas fáciles ni consuelo espiritual. Es una obra que cuestiona la necesidad humana de convertir el dolor en relato épico, de buscar demonios externos para justificar errores irreparables. Moreno plantea una idea profundamente incómoda: tal vez el mal no siempre venga de fuera, y tal vez no haya ritual capaz de borrar ciertas culpas. Estamos ante una historia de terror religioso que entiende el género como herramienta para explorar la fragilidad humana. Un cómic oscuro, reflexivo y profundamente atmosférico, donde los personajes resultan tan inquietantes como las entidades que enfrentan. «Cuando caiga mi venganza sobre ti» es una obra que se aleja del exorcismo como espectáculo para convertirlo en una experiencia moral y emocional. Una lectura que se clava despacio, que no grita, pero que deja cicatriz.
