Cable – Amor y Cromo: un futuro oxidado

Este tomo especial de la Patrulla-X llamado «Cable: Amor y Cromo» es la demostración definitiva de que Cable no necesita pedir perdón por ser excesivo. Este tomo no intenta suavizar al personaje, ni hacerlo más “simpático”, ni esconder sus aristas bajo capas de nostalgia noventera. Al contrario: las afila. David Pepose y Mike Henderson cogen a Nathan Summers, lo lanzan a un futuro podrido hasta los huesos y le dicen al lector: “Si no te gusta el metal, las balas y el amor condenado, esta no es tu guerra”. Y vaya si es una guerra.

Cable siempre ha sido el mutante incómodo. Demasiado serio para algunos, demasiado militar para otros, demasiado grande todo: armas, traumas y líneas temporales. Pero Amor y Cromo entiende algo esencial que muchas historias anteriores olvidaron. Cable no es interesante por lo que dispara, sino por todo lo que pierde cada vez que aprieta el gatillo. Aquí no hay postureo de héroe inmortal. Hay un hombre que vive con una cuenta atrás tatuada en el ADN.

La historia arranca como un thriller de ciencia ficción clásico. Una misión para impedir que una secta del fin del mundo convierta la tecnología temporal en un arma definitiva. El típico “si esto sale mal, el universo se rompe”. Y sale mal, claro. Cable queda atrapado en Bahía de Salvación, una ciudad futura donde la civilización es un recuerdo borroso y el virus tecnoorgánico campa a sus anchas. No es solo un escenario: es una advertencia. Esa ciudad es el futuro que Cable lleva toda su vida intentando evitar y también el reflejo de lo que él mismo podría convertirse.

Pepose escribe a Cable con una claridad brutal. Este no es el estratega frío y distante que observa el tablero desde arriba. Este es un soldado cansado que sigue avanzando porque no sabe hacer otra cosa. Cada combate está impregnado de una sensación de desgaste constante. Cable usa la telequinesis, la telepatía y, por supuesto, sus armas absurdamente enormes, pero nunca parece invencible. Siempre parece aguantar un asalto más de lo razonable. Uno de los grandes aciertos del guion es cómo se aborda el virus tecnoorgánico. No es solo una maldición física o una excusa estética para el brazo metálico. Es una presencia constante, casi íntima, que define la forma en la que Cable se relaciona con el mundo. Cuando descubre que esa ciudad está plagada de infectados, la lucha deja de ser abstracta. Ya no pelea solo por el futuro: pelea por gente que comparte su misma condena. Ahí entra en juego Avery Ryder, líder de la Resistencia, y el corazón del tomo. Avery no es una comparsa, ni un “interés romántico obligatorio”. Es una combatiente endurecida, marcada por la guerra y por el mismo virus que consume a Cable. Su relación se construye a base de miradas cansadas, decisiones imposibles y una intimidad nacida del reconocimiento mutuo. Ambos saben que no hay finales felices garantizados. Precisamente por eso, el vínculo funciona. El “Amor” del título no es romántico en el sentido clásico. Es un amor de trinchera, de refugio improvisado, de promesas que quizá no sobrevivan al amanecer. Pepose acierta al no convertirlo en melodrama barato. Lo que duele no es lo que se dice, sino lo que no hace falta decir. Cable, que siempre ha sido definido por su soledad, encuentra por fin a alguien que entiende su guerra y eso lo hace más peligroso y más vulnerable a la vez.

En el aspecto gráfico, Mike Henderson se luce sin descanso. Su estilo es contundente, claro y lleno de energía. Las escenas de acción son espectaculares sin caer en el desorden, con composiciones que guían el ojo del lector incluso en los momentos más caóticos. Los viajes en el tiempo se representan como auténticos desgarros de la realidad, violentos y casi dolorosos de mirar. Henderson no romantiza el salto temporal. Lo convierte en algo que cobra una factura. El diseño del brazo tecnoorgánico de Cable merece mención aparte. No es una superficie lisa y perfecta, sino un ensamblaje de placas, tornillos y cicatrices metálicas. Es feo, pesado y claramente incómodo. Exactamente como debe ser. Un símbolo constante de la lucha interna de Nathan Summers. El color de Arif Prianto refuerza esta sensación de mundo al borde del colapso. Unas viñetas bañadas en rojos, naranjas y tonos quemados, como si todo estuviera siempre a segundos de estallar. El azul clásico de Cable destaca con fuerza, recordando que, aunque el tiempo cambie, él sigue siendo el mismo.

A mitad de la serie, estos comics dan un giro más oscuro. La historia deja de ser solo resistencia y supervivencia para convertirse en una reflexión sobre la culpa y las consecuencias. Cable, obsesionado con arreglar lo que se rompe, se enfrenta a la idea de que algunas tragedias no solo no se pueden evitar, sino que quizá él mismo las ha provocado. La aparición de Cigarra como amenaza ligada a sus decisiones refuerza esta lectura trágica del personaje. El tramo final es un festival de acción, drama y fatalismo. Saltos entre pasado, presente y futuro se entrelazan mientras Cable intenta salvar a Avery y, de paso, al universo entero. Cada elección pesa toneladas. Cada victoria sabe a derrota parcial. El desenlace no busca complacer ni cerrar todo con un lazo bonito. Busca ser coherente con el personaje. Y eso lo hace memorable.

Por eso, este tomo recopilatorio publicado por Panini Comics es una lectura intensa, rápida y devastadora. No es solo una buena historia de Cable: es una de las más humanas. Divertida cuando toca, brutal cuando debe serlo y sorprendentemente íntima para un cómic lleno de armas gigantes y líneas temporales rotas. Este especial de «Cable: Amor y Cromo» demuestra que Nathan Summers sigue teniendo mucho que decir. Que su guerra aún importa. Y que, incluso en un futuro oxidado y condenado, todavía hay espacio para amar, aunque ese amor venga cubierto de metal y sangre.

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