Doctor Extraño de Asgard 1: diferencia de mundos

Hay caídas que son épicas, con relámpagos, coros celestiales y una última frase grandilocuente. Y luego está la de Stephen Extraño, que empieza con un contrato mal leído, continúa con Victor Von Doom quedándose el título de Hechicero Supremo y termina con nuestro mago favorito haciendo las maletas rumbo a Asgard, con la dignidad tocada y la capa un poco menos orgullosa. «Doctor Extraño de Asgard», en este primer tomo que recopila los números 1 a 3 de la serie, parte de esa idea tan simple como irresistible: ¿qué hace un Hechicero Supremo cuando ya no lo es? La respuesta de Derek Landy es clara y deliciosa. Se mete en un lío todavía más grande, pero esta vez rodeado de dioses nórdicos, magia antigua y alquileres imposibles.

La premisa nace directamente de los eventos de Caza Sangrienta, donde Extraño, en un acto de desesperación y exceso de confianza, cede su manto a Muerte para salvar el mundo de un apocalipsis vampírico. El plan funciona, pero el Doctor Muerte encuentra una trampa legal y se queda con el cargo. Stephen, sin Sanctum, sin título y sin una misión clara, queda flotando en el limbo. Ahí es donde Landy acierta de lleno. En lugar de convertir esto en un drama solemne sobre la pérdida de poder, lo transforma en una historia de identidad, orgullo herido y supervivencia mágica con mucho sentido del humor.

El viaje a Asgard no es solo geográfico, sino simbólico. Extraño llega al Reino Dorado como un profesional en paro que se presenta a una entrevista de trabajo imposible. Su argumento es tan lógico como absurdo. Si Loki, el mago de Asgard, ha sido desterrado, quizá el reino necesite a alguien que entienda la magia desde otra perspectiva. Thor, escucha con respeto, pero también con una lógica aplastante. Asgard nunca ha necesitado un Hechicero Supremo. ¿Por qué ahora? Esta conversación, que podría haber sido un trámite pesado, se convierte en uno de los puntos fuertes del tomo gracias a los diálogos afilados de Landy, que sabe cómo hacer que Stephen suene brillante, irónico y ligeramente desesperado sin perder nunca su esencia.

Mientras espera la decisión de Hulda, la máxima autoridad mágica asgardiana, Extraño hace algo muy propio de él: pasear, observar y meterse donde no le llaman. En las calles de Asgard se cruza con una pelea, interviene con una mezcla de artes marciales y hechicería, y acaba ayudando a un humilde carpintero con aspiraciones literarias. Este detalle aparentemente menor es clave para entender el tono de la serie. Aquí no todo va de tronos y profecías, también va de la gente corriente que vive bajo la sombra de los dioses. Landy aprovecha estos momentos para humanizar el entorno y, de paso, reforzar la idea de que Stephen, incluso sin título, sigue siendo un héroe. La calma relativa dura poco, porque Loki entra en escena. Y cuando Loki ayuda, siempre hay que temer lo peor. Su apoyo a la candidatura de Extraño parece sincero, incluso brillante, ofreciendo soluciones ingeniosas para que Stephen pueda canalizar la magia asgardiana sin depender de artefactos terrenales. Hulda escucha, Extraño duda… y entonces llega el giro que redefine toda la serie. A partir de ahí, estos números se convierte en una delicia de contrastes. Stephen tiene que aprender a manejar una magia que no responde a las mismas reglas que la suya, ocultar un asesinato que enfurecería a Thor si saliera a la luz, esquivar asesinos misteriosos y, como si todo eso no fuera suficiente, encontrar trabajo para pagar el alquiler. Sí, alquiler. Porque uno de los grandes aciertos del tomo es recordar constantemente que incluso en el reino de los dioses hay problemas mundanos. Ver al antiguo Hechicero Supremo preocupado por si podrá pagar una habitación añade ese humor y vulnerabilidad que hace al personaje más cercano que nunca.

El guion de Derek Landy destaca precisamente por ese equilibrio entre lo épico y lo cotidiano. No es una historia de grandes batallas constantes, sino de tensión acumulada, de conversaciones cargadas de dobles sentidos y de situaciones cada vez más incómodas. El ritmo puede parecer pausado en algunos momentos, especialmente al inicio, pero leído en conjunto el tomo se siente cohesionado, como una larga introducción a un conflicto mayor. Landy no tiene prisa, y eso puede jugar en su contra para quien busque acción inmediata, pero también permite que el mundo y los personajes respiren.

Gráficamente, el trabajo de Carlos Magno es uno de los pilares del cómic. Su estilo es claro y clásico, alejándose del exceso psicodélico que a veces acompaña a Doctor Extraño. Aquí, lo extraño no está en la deformación de las figuras, sino en el contexto. Stephen se ve humano, casi frágil, rodeado de dioses que parecen más grandes que la vida. Asgard se muestra majestuosa y sólida, con escenarios que transmiten peso y antigüedad. Esta elección es clave, porque refuerza la sensación de que Extraño está fuera de lugar, jugando en una liga que no es la suya. El color de Espen Grundetjern acompaña con inteligencia, diferenciando la magia terrenal de la asgardiana y dando a cada escena el tono adecuado, ya sea intimista o solemne.

Es cierto que el tomo editado por Panini Comics no responde a todas las preguntas que plantea. No queda claro cómo este viaje llevará a Extraño a recuperar su manto, ni si ese es siquiera el objetivo real de la historia. Pero quizá ahí esté su mayor virtud. Esto no es una carrera hacia una resolución inmediata, sino una exploración de un personaje en crisis, obligado a reinventarse en un entorno que no lo necesita, pero que podría beneficiarse de él.

Por eso, al cerrar este primer volumen se ve que Stephen Extraño no ha ganado poder, prestigio ni seguridad. Ha ganado problemas, enemigos potenciales y una vida mucho más complicada. Y, sin embargo, resulta imposible no querer acompañarlo en esta aventura. Porque ver al Hechicero Supremo sin el título, improvisando, equivocándose y sobreviviendo a base de ingenio y sarcasmo, es recordarnos por qué el personaje funciona tan bien: no por su magia, sino por su humanidad.

Este primer tomo de «Doctor Extraño de Asgard» no pretende cerrar nada, sino dejar todas las puertas peligrosamente abiertas. El asesinato, las sospechas de Thor y la adaptación forzada de Stephen a una magia que no domina del todo quedan flotando como una tormenta a punto de estallar. Lo que aquí termina en incógnita y tensión promete transformarse en consecuencias, decisiones y revelaciones. Este no es un final, es una invitación clara a seguir leyendo… porque lo peor, y lo más divertido, aún está por llegar.

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