Antes de convertirse en un género lleno de clichés, el cómic bélico fue un campo de pruebas. Un territorio donde todavía era posible experimentar, cuestionar y, sobre todo, incomodar. El segundo volumen de «Two-Fisted Tales» pertenece a ese momento irrepetible en el que el tebeo aún no había sido domesticado por completo. Cuando podía permitirse decir verdades incómodas sin pedir disculpas. Este tomo no es solo una recopilación de historias de guerra. Es un manifiesto silencioso sobre la inutilidad del conflicto armado, camuflado bajo el formato de entretenimiento popular.

Resulta tentador acercarse a Two-Fisted Tales esperando relatos de acción, heroísmo y grandes gestas militares. Al fin y al cabo, el título parece prometer puñetazos, coraje y adrenalina. Pero esa expectativa se desvanece rápidamente. Desde las primeras páginas queda claro que Harvey Kurtzman y su equipo están jugando a otra cosa. Aquí la guerra no es una aventura ni un espectáculo; es una experiencia agotadora, confusa y, en última instancia, deshumanizadora. Este segundo volumen recoge los números 24 al 29 de la serie original, publicados entre noviembre de 1951 y octubre de 1952, una etapa especialmente significativa tanto para EC Comics como para el contexto histórico estadounidense. La Guerra de Corea estaba en pleno desarrollo y el discurso oficial promovía una visión clara del bien y el mal, del enemigo y del héroe. Two-Fisted Tales se coloca justo en el lado opuesto de esa narrativa. No discute banderas ni ideologías: discute consecuencias.
Lo que define a este tomo es su negativa sistemática a glorificar nada. Ni siquiera a las figuras históricas que aparecen en sus páginas. Sitios como El Álamo, personajes como George Washington, el Barón Rojo, el general Custer o los soldados en Corea son tratados con el mismo rigor frío. No hay reverencia automática ni demonización fácil. Kurtzman entiende que la historia se ha contado demasiadas veces desde arriba y decide narrarla desde abajo, desde el punto de vista de quienes cargan con el peso real de las decisiones (vamos de los soldaditos que mueren entre el barro y las balas). En Two-Fisted Tales, la guerra se fragmenta en pequeñas historias humanas. Soldados que obedecen órdenes sin comprenderlas del todo, civiles que quedan atrapados en medio del caos, enemigos que no se diferencian tanto de los protagonistas. Esta insistencia en el detalle cotidiano convierte cada relato en una experiencia íntima, casi claustrofóbica. No se observa la batalla desde lejos: estamos dentro de ella, sintiendo el cansancio, el miedo y la incertidumbre.

Uno de los grandes logros del volumen es su estructura. Con cerca de treinta relatos breves, el cómic podría haber caído en la repetición o el agotamiento temático. Sin embargo, ocurre justo lo contrario. Cada historia aborda la guerra desde un ángulo distinto, ya sea temporal, geográfico o emocional. El resultado es un mosaico que, pieza a pieza, construye una visión demoledora del conflicto armado. Destacaría alguna historia como “¡La Colina 203!”, donde la lógica militar se reduce a una posición elevada en la guerra y como una sola persona puede matar a multitud de gente con una ametralladora. Es un relato silencioso y devastador sobre lo que queda cuando la guerra ya ha pasado por un lugar. Pero lo más notable es que no hay historias de relleno. Todas aportan una reflexión, una imagen o una sensación que se queda grabada.
El tono antibélico del volumen es evidente, pero nunca incongruente. Kurtzman no sermonea ni ofrece soluciones. Simplemente muestra. Y en ese mostrar reside su fuerza. La mayoría de las historias están basadas en hechos reales, lo que añade esa incomodidad que todos deberíamos sentir frente a los eventos bélicos. No estamos ante alegorías ni exageraciones: estamos ante representaciones de algo que ocurrió, y que sigue ocurriendo.

El guion se ve amplificado por un aspecto gráfico excepcional. Este volumen es también un desfile de talento artístico difícil de igualar. Wally Wood, Jack Davis, John Severin, Bill Elder, Dave Berg y el propio Kurtzman firman algunas de las mejores páginas de sus respectivas carreras. Lejos de buscar un estilo uniforme, el tomo se beneficia de la diversidad gráfica, que refuerza la idea de multiplicidad de miradas. Wally Wood aporta una fuerza visual impresionante, con composiciones densas y un uso del contraste que subraya la tensión constante. Sus páginas parecen pesar más que el papel sobre el que están impresas. Jack Davis, con su trazo más expresivo y casi caricaturesco, introduce una dimensión grotesca que acentúa lo absurdo de muchas situaciones bélicas. John Severin destaca por su precisión histórica y su narrativa clara, aportando una sensación casi documental. Bill Elder y Dave Berg completan el conjunto con estilos que aportan matices y evitan la monotonía en el dibujo. Y en el centro de todo, Harvey Kurtzman. Su influencia como editor es tan importante como su trabajo como guionista o dibujante. Su obsesión por la documentación, por la fidelidad histórica y por el control del ritmo narrativo convierte cada historia en un pequeño mecanismo perfectamente ajustado.
No es casual que Rocco Versaci, en el prólogo del volumen, defina esta colección como la representación más completa, sofisticada y audaz de la guerra jamás aparecida en ningún medio. Puede parecer una afirmación rotunda, incluso provocadora, pero este tomo se gana ese reconocimiento página a página. No porque busque el impacto, sino porque se niega a mentir. En cuanto a la edición de Diábolo Ediciones hace justicia a la importancia del material. El formato cartoné, el tamaño generoso y el papel de calidad permiten apreciar el trabajo artístico con todo su peso. La reproducción del color es cuidadosa y fiel, y la traducción de Santiago García y Alfonso Bueno mantiene el tono sobrio y directo del original, algo fundamental en un cómic donde cada palabra tiene intención. Este tomo no solo consolida a «Two-Fisted Tales» como un referente del cómic bélico, sino como una obra que trasciende géneros, épocas y contextos. Capaz de seguir enseñándonos y conmoviendo generaciones después de su publicación. Es, sin duda, una lectura que deja huella y que demuestra que, cuando el cómic se lo propone, puede ser tan poderoso y subversivo como la mejor literatura.
