El segundo número de «Eddie Brock: Matanza» es un cómic que no corre. Se arrastra, dejando un reguero de sangre, dudas morales y frases venenosas dentro de la cabeza de su protagonista. No pretende entretener de forma limpia ni ofrecer una montaña rusa de acción constante. Esto es otra cosa. Es una historia de desgaste, de convivencia forzada con el mal absoluto, y Panini la presenta como lo que es. Un descenso prolongado al infierno personal de Eddie Brock.

Charles Soule construye este arco desde una idea brutalmente sencilla y cruel. Eddie debe asesinar asesinos para mantener con vida a Matanza y evitar una masacre mayor. No hay victoria posible, solo aplazamiento del desastre. Eddie no es un héroe, ni siquiera un antihéroe carismático. Es un hombre atrapado en un contrato biológico del que no puede salir. Cada muerte que provoca lo acerca un poco más a aquello que juró no ser, y Soule se recrea en esa erosión constante de la identidad. Lo más inquietante del tomo es la evolución de la relación entre Eddie y Matanza. El simbionte ya no es solo una fuerza de destrucción sin rostro; ahora habla, razona, observa. Y, para nuestra sorpresa, empieza a mostrar una forma retorcida de preocupación por su huésped. No porque haya desarrollado conciencia moral, sino porque entiende la lógica de la supervivencia compartida.
Ese pequeño cambio altera por completo la dinámica. Matanza deja de ser un monstruo externo para convertirse en un compañero de celda que, de vez en cuando, te pregunta si has comido. Las conversaciones internas entre ambos son el corazón del volumen. Soule las escribe como una sucesión de ataques verbales, ironías crueles y pactos temporales que ninguno de los dos cree de verdad. Eddie se aferra a la idea de control; Matanza juega a fingir cooperación. Cada intercambio deja claro que la tregua es frágil y que, en cualquier momento, uno de los dos intentará imponerse al otro. Esta tensión psicológica sostiene gran parte del tomo, incluso cuando la acción externa se ralentiza.

El gran antagonista de este bloque es Muse, un villano que funciona como catalizador del horror. Muse no es un asesino impulsivo, sino un artista del crimen, alguien que entiende la violencia como lenguaje. Cada vez que aparece, el cómic se vuelve más interesante, más peligroso, porque su historia avanza y sus actos tienen consecuencias. Hay una escena clave en la que se le ve “crear” que resulta profundamente perturbadora, y que demuestra que el verdadero terror no siempre necesita sangre explícita. Paradójicamente, Muse acaba eclipsando al propio Eddie en términos de avance narrativo.
Mientras el villano se mueve, planifica y ejecuta, Eddie y Matanza pasan demasiado tiempo atrapados en su bucle interno de odio y dependencia. Aquí aparece uno de los grandes problemas del tomo: el ritmo irregular. Hay páginas muy potentes, pero el progreso real de la trama es mínimo durante largos tramos. Se siente que la historia se recrea en su propia oscuridad, estirando situaciones que podrían resolverse con mayor contundencia. La subtrama de Misty Knight contribuye a esa sensación de estancamiento. Aunque su presencia añade un punto de vista externo y una amenaza potencial para Eddie, sus escenas se alargan más de lo necesario y no terminan de justificar su espacio. Funcionan como contrapunto moral, pero carecen de la fuerza dramática suficiente para competir con el conflicto principal.

En el apartado gráfico, el tomo destaca por el contraste entre dos estilos muy diferentes que, sin embargo, se complementan. Juanan Ramírez aporta un dibujo sucio, áspero, cargado de sombras y violencia física. Sus páginas transmiten incomodidad, movimiento constante y una sensación de suciedad que encaja perfectamente con los momentos más viscerales del relato. El simbionte parece vivo, invasivo, siempre a punto de desbordarse. Hay escenas deliberadamente repugnantes, como cuando Eddie se alimenta de ratas para calmar su hambre, que Ramírez dibuja sin ningún tipo de concesión estética. A los que nos gusta el dibujo de Ramírez estos números son un caramelito muy dulce.
Por otro lado, Jesús Saiz toma el relevo en el número final con un enfoque mucho más limpio y controlado. Su dibujo es claro, ordenado, casi clásico en composición, pero eso no significa que sea menos inquietante. Su versión de Matanza es más alienígena, más antinatural. Los tentáculos adoptan formas extrañas, imposibles, y cada aparición del simbionte genera una sensación de extrañeza que resulta profundamente perturbadora. Es un terror menos explícito, pero más duradero. El trabajo de Matt Hollingsworth al color es el pegamento invisible que mantiene unido el tomo pese al cambio de dibujantes. Su paleta oscura, sucia y contenida crea una continuidad tonal que hace que el salto entre el trazo áspero de Juanan Ramírez y el estilo diferente de Jesús Saiz no resulte brusco. Hollingsworth utiliza negros profundos y rojos apagados para reforzar la sensación de podredumbre constante, unificando todas las viñetas

En conjunto, este segundo número de «Eddie Brock: Matanza» es un cómic oscuro, incómodo y deliberadamente opresivo. No busca agradar ni ofrecer entretenimiento ligero. Prefiere explorar la degradación moral, la convivencia con el mal y la imposibilidad de una redención limpia. Este es un Eddie agotado, paranoico y atrapado, un hombre que ya no lucha por ser mejor, sino por no perderse del todo. Ahora solo queda esperar a los siguientes números para comprobar si esta convivencia imposible termina explotando… o si Brock acaba perdiéndose definitivamente en la voz que nunca se calla dentro de su cabeza.
