Iron Man de Christopher Cantwell 2: poder absoluto y renuncia

Iron Man siempre ha sido un personaje incómodo. No por sus poderes, ni por su armadura, ni siquiera por su ego, sino porque encarna una contradicción que Marvel nunca ha sabido resolver del todo: «¿cómo contar historias heroicas sobre un hombre cuya fortuna, influencia y genialidad nacen del mismo sistema que el cómic de superhéroes suele señalar como problemático?» Tony Stark es el sueño americano con resaca moral, y cada nueva etapa parece obligada a enfrentarse (de nuevo) a ese dilema. En este segundo tomo del «Iron Man de Christopher Cantwell» no rompe ese círculo vicioso, pero sí lo observa con una lucidez poco habitual.

Este segundo tomo cierra la etapa de Cantwell del mismo modo en que la empezó: alejando a Tony Stark del centro del universo Marvel. Exiliado en una colonia remota, rodeado de marginados cósmicos y amenazas de escala divina, Iron Man vive una especie de retiro espiritual que funciona como metáfora del lugar que ocupa el personaje en la editorial. Ya no es el mascarón de proa que fue tras el éxito cinematográfico de 2008. Tampoco es un secundario irrelevante. Es algo más ambiguo, más frágil, más humano. Y Cantwell decide abrazar esa incomodidad en lugar de huir de ella.

El núcleo del volumen es, por supuesto, el conflicto con Michael Korvac, una amenaza que arrastra décadas de historia marvelita y que aquí adquiere una dimensión casi teológica. Korvac no es solo un villano con poderes cósmicos; es la personificación del conocimiento absoluto, de la certeza moral llevada al extremo. Frente a él, Tony Stark no lucha únicamente con repulsores y armaduras, sino con dudas. ¿Qué ocurre cuando un hombre que siempre ha confiado en su inteligencia se enfrenta a alguien que lo sabe todo? ¿Qué queda de Iron Man cuando la tecnología deja de ser suficiente? Cantwell alarga este enfrentamiento durante buena parte del tomo, y podría decirse que alarga un poco la trama. Sin embargo, hay una intención clara detrás de ese ritmo pausado: mostrar el desgaste. Stark no está en su mejor momento, ni física ni emocionalmente. Lejos quedan las historias de empresario visionario, de líder vengador, de símbolo de progreso. Aquí tenemos a un hombre que ha sobrevivido a demasiadas reinvenciones, a demasiadas culpas recicladas, y que parece preguntarse si aún tiene algo que aportar.

La resolución del arco de Korvac es, probablemente, el punto más interesante de todo el volumen. Contra lo que cabría esperar, Cantwell evita el típico clímax ruidoso y opta por una solución introspectiva, casi existencial. Tony Stark alcanza un estado de perfección, una versión superior de Iron Man capaz de moldear la realidad a su antojo. Es el sueño definitivo del tecnócrata: poder absoluto respaldado por una mente brillante. Y, sin embargo, ese es precisamente el momento en que Stark comprende el peligro. Iron Man no fracasa porque no pueda ser un dios, sino porque sabe que no debería serlo. En ese gesto de renuncia hay una lectura muy clara del personaje: Tony Stark es grande no cuando gana, sino cuando se detiene. Cuando reconoce que su inteligencia no lo legitima para decidir por los demás. Cantwell convierte así a Korvac en una advertencia, no en un obstáculo. El verdadero enemigo no es el villano cósmico, sino la tentación de la omnipotencia.

El problema es que este hallazgo dura poco. Marvel, fiel a su naturaleza cíclica, no tarda en devolver a Stark al terreno conocido de la crisis personal. Alcoholismo, culpa, recaídas emocionales ecos muy claros de sagas anteriores sobrevuelan el tomo. Cantwell escribe estos momentos con sensibilidad y oficio, pero la sensación de déjà vu es inevitable. Iron Man vuelve a caer, no porque la historia lo exija, sino porque el personaje parece condenado a no avanzar nunca del todo.

Uno de los elementos que mejor funcionan en el tomo es la relación entre Tony Stark y Patsy Walker (Gata Infernal). Lejos de ser un simple romance pasajero, sirve para explorar la incapacidad emocional de Tony, su tendencia a sabotear cualquier intento de estabilidad. Patsy, con su propio historial de trauma, actúa como espejo. No intenta salvar a Stark, ni arreglarlo. Simplemente le muestra lo que ocurre cuando alguien decide seguir adelante sin pedir permiso al pasado. En el annual #1 de Hellcat & IronMan es, sin duda, uno de los mejores de toda la etapa. También resulta interesante la aparición de Víctor Von Doom. No tanto por su peso en la trama como por lo que simboliza. Muerte es el reflejo oscuro de Stark, el genio que jamás dudó de su derecho a mandar. La pregunta no es si Tony puede confiar en él, sino si alguna vez ha estado más cerca de Doctor Muerte de lo que le gustaría admitir. Cantwell no explota esta idea hasta el fondo, pero la deja flotando como una amenaza conceptual.

El tramo final del volumen, ya en manos de Gerry Duggan, se centra en el tráfico de tecnología villanesca, un argumento que remite de forma directa a La guerra de las armaduras. Iron Man vuelve a enfrentarse a las consecuencias de sus propias creaciones, a la responsabilidad de haber puesto armas en el mundo. El planteamiento es potente, pero la ejecución se resiente por la prisa. El inminente relanzamiento de la serie obliga a cerrar conflictos con rapidez, y eso se nota, quedando lo que podría haber sido un arco definitorio en un epílogo apresurado.

Donde no hay discusión posible es en el apartado gráfico. Cafu y Ángel Unzueta elevan el conjunto con un trabajo espectacular. Sus páginas transmiten grandeza, soledad y épica cósmica con una claridad admirable. Iron Man luce imponente incluso cuando está roto. El resto de dibujantes, como IBraim Roberson, Julius Ohta, Lan Medina, Ruarirí Coleman, Dotun Akande, Benjamin Dewey o Juan Frigeri, cumplen con solvencia, aunque el contraste estilístico es evidente en algunos números. El color, a cargo de Frank D’armata, Tríona Farrell, Dotun Akande, Benjamin Dewey y Bryan Valenza mantiene una coherencia notable pese a la variedad de manos.

La edición de Panini Comics se mantiene como el tomo anterior en la línea de Marvel Deluxe. Con traducción de Santiago García y una introducción de Pedro Monje, además de los números originales Iron Man Vol. 5 #12-25 USA. Y el Annual de IronMan&HellCat 1. Tambien están incluidas las portadas realizadas por Alex Ross y las alternativas dibujadas por Joe Jusko, Marco Checchetto, Pete Woods o Iban Coello entre otros.

Al final, la etapa de Christopher Cantwell en Iron Man se revela como una historia sobre límites. Los del poder, los de la inteligencia y, sobre todo, los de un personaje atrapado entre lo que fue y lo que Marvel le permite ser. No estamos ante una etapa memorable en el sentido clásico, ni ante una revolución que marque época, pero sí ante un trabajo honesto que entiende a Tony Stark como un hombre agotado de ser símbolo. Este segundo volumen condensa bien todas las virtudes y defectos del recorrido: ambición temática, respeto absoluto por el pasado y una cierta incapacidad para romper con él.

Cantwell quiso hablar de dioses tecnológicos, de culpa y de redención, pero también tuvo que aceptar que en el cómic mainstream todo cambio es provisional. Por eso Iron Man roza la grandeza, la entiende y la deja pasar. Lo que queda es un personaje que no sale reforzado, pero sí definido con claridad. Tony Stark no es el héroe que impone su voluntad al universo, sino el que decide no hacerlo. Puede que eso no genere titulares ni eventos, pero encaja con la visión melancólica que atraviesa toda la etapa. Iron Man sobrevive, una vez más, no como mito, sino como hombre. Y quizá ahí resida el mayor logro de Cantwell: recordarnos que, incluso rodeado de armaduras, dioses y amenazas cósmicas, Tony Stark sigue siendo un personaje profundamente humano. Demasiado humano.

Deja un comentario