Hay guerras que se recuerdan por sus vencedores y otras que solo sobreviven en forma de ceniza, nombres rotos y planetas olvidados. «El caballero del ocaso: Fantasmas de Zalsunda» («Le Chevalier du Crépuscule: Fantômes de Zalsunda«) pertenece a este segundo tipo. No es el relato de una gran victoria, sino el eco persistente de una catástrofe que aún resuena en los márgenes del Cosmos. En estas páginas no comienzan como leyenda, sino como advertencia. Toda epopeya nace de una derrota que nadie quiso contar. Francesc Grimalt nos sitúa en un tiempo anterior al mito, cuando Oskar Arpad todavía no es un nombre susurrado con temor o respeto, sino un soldado más atrapado en la maquinaria implacable de las Guerras de Zalsunda. Frente a él no se alza un enemigo reconocible, sino una fuerza de aniquilación pura. Las hordas Valhaur, un mal sin rostro, sin cultura y sin promesa de negociación. Allí donde avanzan no queda civilización, solo silencio.

Desde la primera página, el cómic deja claro que no ha venido a seducir al lector con explicaciones cómodas ni héroes luminosos. Ha venido a sumergirlo en un mundo vasto, áspero y antiguo, donde la fantasía y la ciencia ficción se funden en una misma herida abierta. Zalsunda no se presenta: se impone. Una vez cruzado su umbral, ya no hay retorno. Esta historia se sitúa muchas décadas antes de los acontecimientos de El Caballero del Ocaso, cuando Oskar Arpad aún no es leyenda ni espectro, sino carne, miedo y disciplina militar. Aquí no hay gloria ni épica luminosa: hay supervivencia. Las Guerras de Zalsunda no se presentan como un conflicto heroico, sino como una herida abierta en el Cosmos, una cicatriz que aún supura violencia. Y en el centro de todo, como una pesadilla colectiva, están los Valhaur.
Los Valhaur no son un enemigo al uso. No tienen rostro político ni cultural reconocible. Grimalt los define por negación. No son una civilización, no construyen, no dialogan, no pactan. Arrasan. Funcionan como una fuerza natural, como una plaga o una maldición cósmica. Su avance es imparable y su motivación, deliberadamente opaca. Esta decisión narrativa es clave, porque convierte la guerra en algo aún más terrorífico: no se lucha contra alguien, sino contra algo. Contra la aniquilación misma. Oskar Arpad, en este contexto, no es un héroe clásico. Es un soldado atrapado en una maquinaria que lo supera. Su viaje no es tanto físico como existencial: lo que se narra en Fantasmas de Zalsunda es el proceso por el cual un hombre empieza a convertirse en mito… a base de perder partes de sí mismo. Grimalt retrata este tránsito con una sobriedad casi cruel, sin subrayados emocionales evidentes, confiando en el peso de las imágenes y en la gravedad del mundo que ha construido.

En el apartado gráfico, Grimalt se mueve con una seguridad apabullante. El diseño de escenarios y en la forma de representar el vacío, los desiertos y las arquitecturas imposibles. También hay ecos claros de Dune, tanto en su vertiente literaria como visual. Mundos áridos, conflictos imperiales, soldados perdidos en guerras que no comprenden del todo. Sin embargo, Fantasmas de Zalsunda nunca se siente como una copia. Grimalt filtra esas influencias y las convierte en una identidad propia, personal y coherente.
Publicado originalmente en el mercado francés por Editions Mosquito, llega a España en gran formato, publicado por Yermo Ediciones en cartoné. Algo fundamental para disfrutar de esta obra. Cada página respira amplitud. Las viñetas no tienen prisa. Los paisajes se extienden, los silencios pesan y la guerra se siente como algo inmenso e inabarcable. Es cierto que esta apuesta conlleva una cierta rigidez en la puesta en escena. Los personajes pueden parecer algo estáticos, incluso inexpresivos en algunos momentos. Pero lejos de ser un defecto grave, esta elección refuerza el tono fatalista del relato. En Zalsunda nadie se permite gestos innecesarios; todo está dominado por la gravedad del conflicto.

Un detalle curioso es la doble autoría que aparece en el interior del tomo: Francesc Grimalt Ramon tiene la idea original guion y Francesc Grimalt Horrach realiza todo el trabajo de guion y dibujo. Los extras finales, con bocetos y diseños de personajes, son una auténtica delicia. Permiten apreciar el trabajo de construcción que hay detrás de cada página y confirman que Zalsunda no es un mundo improvisado, sino pensado, revisado y pulido con mimo.
Al cerrar las 88 páginas de «El caballero del ocaso: Fantasmas de Zalsunda», la sensación es ambivalente pero poderosa. Por un lado, queda la impresión de que la historia podría haber respirado mejor con más páginas, con un desarrollo más pausado. Por otro, permanece la certeza de haber asistido al nacimiento de algo importante. No es una obra redonda ni complaciente, pero sí ambiciosa, valiente y visualmente deslumbrante. Grimalt ha creado un universo que pide a gritos ser explorado de nuevo. Aunque esta historia quede a las puertas de la otra obra llamada El caballero del ocaso, las sombras que deja atrás son demasiado densas como para ignorarlas. Zalsunda aún tiene fantasmas. Y algunos, como Oskar Arpad, todavía no han terminado de alzarse del polvo para reclamar su lugar en la leyenda.
