Hay ideas que nacen directamente del “¿y por qué demonios no?”. «Predator Vs. Spiderman» es exactamente eso. Un cruce imposible, descarado y con olor a cine de videoclub noventero y lo mejor es que funciona de escándalo. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que poner a un Yautja suelto en Nueva York siempre es buena idea, y si encima le sumas a Peter Parker columpiándose entre rascacielos junto a un gran enemigo, el espectáculo está servido. Benjamin Percy, que ya le ha pillado el punto al Depredador tras hacerlo pelear con Lobezno y Pantera Negra, decide aquí cambiar la jungla por el asfalto, el sudor por el smog y el silencio selvático por sirenas, gritos y titulares sensacionalistas del Daily Bugle. El resultado es un cómic que huele muchísimo a Depredador 2, pero con mallas, sarcasmo y algún que otro reflejo de algún tebeo conocido.

Benjamin Percy vuelve a demostrar que es el guionista ideal para manejar al Yautja dentro del Universo Marvel. Tras enfrentarlo a Lobezno y Pantera Negra, el salto lógico era llevarlo al entorno urbano por excelencia y medirlo con el héroe más callejero de la editorial. Pero Percy no cae en la trampa de construir la historia como un simple “evento”. Aquí no hay prisas por juntar a los protagonistas ni un combate continuo desde la primera página. Al contrario, el guion se toma su tiempo para construir atmósfera, incomodidad y una sensación de amenaza creciente que recuerda más al thriller y al terror que al cómic superheroico tradicional.
La historia arranca con un Peter Parker atrapado en su rutina habitual de precariedad, frustración y presión laboral. J. Jonah Jameson, siempre dispuesto a exprimir el sensacionalismo hasta la última gota, exige historias con gancho, morbo y titulares capaces de generar “me gustas”. Lo que nadie imagina es que la ciudad está a punto de ofrecerle exactamente eso, aunque de la peor manera posible. Una serie de asesinatos especialmente brutales sacude Nueva York: cuerpos desollados, rostros arrancados y escenas que parecen sacadas de una película de horror más que de una cabecera de Spiderman. Desde el primer momento, Percy deja claro que este no será un enfrentamiento ligero ni un desfile de chistes ingeniosos. Aquí hay sangre, dolor y una amenaza que no se puede neutralizar con una sonrisa.

El responsable de la masacre es un Yautja renegado conocido como el Desollador, un Depredador que ha decidido romper cualquier código de honor y entregarse a una cacería urbana especialmente sádica. Esta elección no es casual. Permite justificar una violencia explícita poco habitual en un cómic protagonizado por el trepamuros y eleva el nivel de peligro a cotas muy poco frecuentes en su entorno. El contraste entre el tono habitual de Spiderman y la crudeza de lo que ocurre en pantalla resulta chocante, incluso incómodo, y precisamente por eso funciona tan bien. Percy juega con esa disonancia para reforzar la sensación de que Peter se enfrenta a algo completamente fuera de su zona de confort.
Uno de los aspectos más interesantes del cómic es que Spiderman no monopoliza el relato. De hecho, durante buena parte de la historia, el foco se desplaza hacia la investigación policial, las dinámicas internas entre los Yautjas y la propia cacería alienígena. Lejos de ser un problema, esta decisión enriquece el conjunto y evita que el cruce se reduzca a una simple sucesión de peleas. La trama se estructura como una caza a varias bandas, donde cada grupo persigue objetivos distintos y donde la ciudad se convierte en un tablero impredecible. En este sentido, casi podría decirse que Nueva York es el auténtico protagonista del cómic.

La llegada de otros Depredadores, enviados para detener al Desollador por no respetar las normas de la caza, añade una capa extra de complejidad al conflicto. De repente, el relato ya no va solo de Spiderman contra un monstruo, sino de una guerra interna entre cazadores alienígenas, con los humanos atrapados en medio sin comprender del todo qué está ocurriendo. Este elemento amplía el universo del Depredador dentro de Marvel y refuerza la idea de que Peter Parker es solo una pieza más dentro de un juego mucho más grande y peligroso. Entonces aparece Kraven el Cazador. Si había un personaje que encajaba de forma natural en este cruce, era él, y Percy lo aprovecha al máximo. Kraven no es un simple secundario ni un villano de relleno. Es el contrapunto temático perfecto al Depredador. Ambos son cazadores, ambos viven para la persecución y ambos entienden la violencia como una forma de afirmación personal. El enfrentamiento entre Kraven y los Yautjas es uno de los grandes momentos del tomo, no solo por su brutalidad física, sino por lo que representa a nivel conceptual. Aquí no se enfrentan solo cuerpos, sino filosofías de caza, orgullo y supremacía. Spiderman, atrapado entre estas dos visiones extremas, queda reducido casi a la condición de testigo incómodo, obligado a intervenir en un conflicto que no controla del todo.
En el apartado gráfico, Marcelo Ferreira firma un trabajo muy sólido y coherente. Su estilo dinámico y claro es ideal para una historia cargada de acción, pero también sabe oscurecerse cuando la historia lo exige. Las escenas de violencia son explícitas, directas y sin censura, pero nunca confusas. Ferreira controla bien el ritmo y sabe cuándo acelerar o cuándo detenerse para generar inquietud. El hecho de que sea el único dibujante de la miniserie aporta una continuidad que se agradece enormemente, especialmente en un relato tan corto y concentrado. El color de Frank D’Armata y Jay Leisten refuerza el tono oscuro y opresivo del conjunto, jugando con sombras, contrastes y una paleta que potencia la sensación de peligro constante. No hay intención de suavizar nada. Este es un cómic áspero, agresivo y orgulloso de serlo. La violencia no es gratuita, sino una herramienta más al servicio de la historia.

Panini Cómics edita un tomo en rústica de 104 páginas, a color. Se incluyen los cinco números americanos con traducción de Uriel López, así como las portadas originales. Cabe mencionar el homenaje que se realiza a Peter David en el primer número por su fallecimiento en 2025. Así como el Spot On de Bruno Orive explicando mucho de los entresijos de la historia y su relación tanto con autores como con el mismo Universo Marvel.
En última instancia, «Predator Vs. Spiderman» se disfruta como se disfrutan las mejores sesiones dobles de cine de acción. Sin culpa, sin pretensiones y con una sonrisa torcida en la cara. Es un cómic que entiende que juntar a dos iconos no basta, y por eso se esfuerza en crear una atmósfera, un tono y un contexto que hagan creíble el enfrentamiento. No siempre acierta en todo, pero cuando lo hace (que es la mayor parte del tiempo) resulta tremendamente eficaz. La violencia es seca, el ritmo es alto y la sensación de peligro nunca desaparece del todo, algo poco habitual en una historia del trepamuros. Este cruce deja claro que Spiderman no siempre tiene que ser el más fuerte ni el más ingenioso para resultar interesante; a veces basta con colocarlo frente a una amenaza que no juega con sus reglas. Y el Depredador, por su parte, encuentra en Nueva York un terreno ideal para demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes monstruos del imaginario pop. El resultado es un tomo que se lee del tirón, que pide palomitas y que deja la impresión de haber asistido a una cacería brutal, sucia y muy entretenida. Puede que no marque época, pero cumple con algo igual de importante: cerrar el cómic y pensar que ha merecido la pena cada página.
