Salaryman Z 2: repartir la comida

El segundo volumen de «Salaryman Z»(サラリーマンZ) no busca impresionar con golpes de efecto ni con un festival constante de vísceras. Al contrario, se permite el lujo de bajar el ritmo para clavar más hondo el colmillo. Si el primer tomo funcionaba como una presentación explosiva del apocalipsis y de su peculiar protagonista, este volumen 2 se centra en algo mucho más incómodo. Cómo se reorganiza la sociedad cuando el mundo se derrumba y cómo algunas personas prefieren aferrarse a la rutina antes que aceptar el caos.

Yûsaku Maeyamada sigue siendo el corazón (o quizá el engranaje) de la historia. Es el salaryman arquetípico (vamos lo que llamaríamos un currante de toda la vida). Puntual, obediente, meticuloso hasta el extremo, un hombre cuya identidad está completamente definida por su trabajo. El virus zombi ha arrasado la ciudad, pero no ha logrado infectar su manera de pensar. Para Maeyamada, incluso en medio del apocalipsis, la oficina sigue siendo un espacio que debe funcionar, con normas, responsabilidades y jerarquías. No es solo una cuestión de supervivencia: es una cuestión de principios.

El volumen arranca tras la aterradora salida a la tienda para conseguir provisiones. Esta secuencia, que podría haberse resuelto como una típica escena de tensión zombi, se convierte en realidad en un choque ideológico. Maeyamada y su compañero Kiritani representan dos formas opuestas de afrontar la catástrofe. Uno cree en el sacrificio colectivo, en mantener el orden y en pensar primero en el grupo; el otro apuesta por una supervivencia más individual, más flexible y menos condicionada por reglas que pertenecen a un mundo que ya no existe.

La tienda no es solo un escenario peligroso: es un campo de pruebas morales. Allí se revelan las grietas entre ambos personajes, y el manga deja claro que el conflicto principal no es contra los zombis, sino entre los vivos. La amenaza no siempre viene de fuera, sino de cómo cada uno interpreta qué significa “hacer lo correcto” cuando no hay leyes, ni jefes, ni garantías de un mañana. El verdadero acierto del volumen llega cuando los supervivientes regresan a la oficina. En lugar de un ataque masivo de muertos vivientes, el manga nos presenta algo mucho más primitivo y real: la lucha por la distribución de la comida. ¿Quién decide cómo se reparten los recursos? ¿En base a qué criterios? ¿Mérito, necesidad o jerarquía previa? Aquí Salaryman Z se vuelve especialmente brillante, porque transforma una situación extrema en una sátira despiadada del mundo laboral.

La oficina, aislada del exterior, se convierte en una pequeña sociedad cerrada donde afloran viejos vicios: favoritismos, silencios incómodos, obediencia ciega y miedo a cuestionar al que parece tener el control. Maeyamada intenta imponer un sistema que, desde su punto de vista, garantiza la supervivencia colectiva. Pero el manga no lo presenta como un héroe puro ni como un villano evidente. Es un personaje profundamente contradictorio, alguien que necesita creer que el orden lo salvará todo, incluso cuando las circunstancias demuestran lo contrario.

El guionista Number 8 introduce nuevos personajes que amplían el abanico de reacciones ante el apocalipsis. Algunos se adaptan, otros se quiebran, y otros simplemente desaparecen, devorados de forma tan repentina como cruel. Este manga no tiene reparos en eliminar personajes cuando la historia lo exige, reforzando la sensación de inseguridad constante. Nadie está realmente a salvo, ni siquiera aquellos que parecen más útiles o más integrados en el grupo.

Es cierto que el ritmo general se percibe más lento que en el primer tomo. Hay menos momentos de impacto inmediato y más escenas centradas en diálogos, miradas y tensiones latentes. Pero esa aparente lentitud juega a favor del tono de la obra. El manga se permite observar cómo la convivencia se deteriora poco a poco, cómo el miedo se transforma en resentimiento y cómo la necesidad saca a la luz lo peor (y a veces lo más honesto) de cada personaje.

Gráficamente, se mantiene un estilo sobrio, funcional, casi aséptico de Ten Ishida. No hay una búsqueda constante del impacto gráfico, sino una trama clara que prioriza la expresividad de los rostros y el lenguaje corporal. Los zombis están ahí, son una amenaza real, pero no acaparan la atención. A menudo resultan menos inquietantes que los propios empleados discutiendo en una sala de reuniones por un paquete de comida o una lata de conservas.

Uno de los mayores méritos del volumen es cómo utiliza el género zombi como excusa para hablar de algo muy concreto. La mentalidad empresarial japonesa llevada al extremo. El manga plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el sistema colapsa, pero las personas siguen comportándose como si nada hubiera cambiado? Maeyamada es el ejemplo perfecto de alguien incapaz de soltar el manual de instrucciones, incluso cuando ya no queda nadie que lo haya escrito. Lejos de ofrecer respuestas fáciles, opta por la ambigüedad. ¿Tiene razón Maeyamada al intentar mantener el orden? ¿Es Kiritani un egoísta o simplemente alguien que ha entendido antes que los demás que las reglas antiguas ya no sirven? El manga no juzga de forma clara, y ahí reside gran parte de su fuerza. Obliga al lector a posicionarse, a preguntarse qué haría él en una situación similar.

En conjunto, el segundo volumen de «Salaryman Z» editado por Panini Manga puede no ser tan inmediato ni tan impactante como el primero, pero resulta más profundo y venenoso. Es un tomo que consolida la identidad de la serie y deja claro que su objetivo no es solo entretener con zombis, sino incomodar con ideas. Aquí el verdadero terror no está en los muertos que caminan por las calles, sino en los vivos que se niegan a dejar de comportarse como engranajes de una maquinaria que ya no existe. Al cerrar el tomo, la sensación que queda no es la de haber leído una historia de supervivencia clásica, sino la de haber asistido a un experimento social cruel y fascinante. Este manga nos recuerda que, incluso cuando el mundo se acaba, seguimos arrastrando nuestras rutinas, nuestros miedos y nuestras obsesiones. Ahora solamente queda esperar al siguiente tomo para ver si cambiamos de oficina o realizamos una mudanza a un sitio más cómodo.

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