Marvel Limited Edition Los Defensores Marvel Limited Edition 7: cenizas, cenizas. Final y renacimiento

Hay finales que llegan con un estallido y otros que se consumen lentamente, como una hoguera olvidada tras una noche demasiado larga. El séptimo tomo de Los Defensores de la línea Marvel Limited Edition pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Este tomo no es una explosión final ni un gran clímax superheroico lleno de fuegos artificiales, sino algo mucho más incómodo, adulto y, por eso mismo, más interesante: es el relato de un desgaste. El cómic donde Marvel decide aceptar que uno de sus experimentos más extraños, más libres y más hermosos ya no puede seguir siendo lo que era.

Porque Los Defensores nunca fueron un equipo al uso. No tenían cuartel general, ni reglamentos, ni jerarquías claras. Eran una suma de personalidades incompatibles que se encontraban cuando el universo estaba a punto de romperse y se separaban en cuanto el peligro desaparecía. Doctor Extraño, Namor, Hulk, Estela Plateada O Gata Infernal entre otros, personajes que no encajaban en ningún molde y que, juntos, formaban algo tan inestable como fascinante. Durante años, esa anarquía fue su mayor virtud. Pero este tomo plantea una pregunta demoledora: ¿qué pasa cuando incluso el caos se vuelve rutina?

J. M. DeMatteis, que aquí actúa más como cronista del final que como arquitecto de una nueva etapa, entiende que no se puede forzar una renovación alegre. No hay “borrón y cuenta nueva”. Lo que hay es cansancio, fricción, una sensación constante de que algo se ha roto por dentro. Los Defensores siguen luchando contra amenazas tanto individual como colectivamente, pero cada enfrentamiento parece menos una hazaña heroica y más una obligación incómoda. Como si salvar el mundo ya no fuera suficiente para justificar seguir juntos. DeMatteis escribe este tramo con un tono casi crepuscular. No hay grandes discursos heroicos ni promesas de un futuro brillante. Hay conversaciones tensas, silencios cargados de significado, decisiones que nadie quiere tomar pero que alguien tiene que asumir. El guion se detiene en los estados de ánimo, en la sensación de estar atrapado en una dinámica que ya no funciona. Es un cómic que habla mucho de identidad, de pertenencia y de la dificultad de aceptar que una etapa vital ha terminado. El momento clave llega cuando la serie se atreve a hacer lo impensable. Aceptar el final de Los Defensores tal y como los conocíamos y abrir la puerta a Los Nuevos Defensores. Hombre de Hielo, Gárgola, Ángel, Bestia y Dragón Lunar no entran en escena como salvadores luminosos, sino casi como un relevo impuesto por las circunstancias editoriales. Son personajes acostumbrados al trabajo en equipo, a la estructura, a los conflictos internos canalizados de forma más “ordenada”. Representan una Marvel más consciente de sí misma, más organizada… y, en cierto modo, menos salvaje. Este relevo no se presenta como una celebración, sino como una transición incómoda. Hay una sensación constante de pérdida, de algo irrepetible que se queda atrás. Los viejos Defensores no fracasan. Simplemente ya no pueden seguir siendo quienes eran. Y eso convierte este tomo en una lectura sorprendentemente honesta. Marvel no intenta convencerte de que lo nuevo es automáticamente mejor; solo te dice que lo antiguo ya no puede sostenerse sin romperse.

Gráficamente, el trabajo de Don Perlin es clave para reforzar esta atmósfera. Su dibujo, apoyado puntualmente por Sal Buscema y Al Milgrom, tiene un clasicismo que hoy puede parecer sobrio, incluso discreto, pero que aquí funciona como un punto de anclaje. No hay poses grandilocuentes innecesarias ni páginas diseñadas para impresionar por puro exceso. Hay claridad, expresividad contenida y una sensación constante de dibujo interesante. Los personajes parecen cansados, tensos, a veces derrotados incluso cuando ganan. Y eso es exactamente lo que la historia necesita. Sal Buscema junto al guion de Steve Grant aportan en un solo número ese músculo Marvel tan reconocible. Ese dinamismo clásico que da cuerpo a los enfrentamientos más físicos, mientras que Milgrom introduce un trazo algo más áspero cuando el tono se vuelve más duro. El conjunto no busca deslumbrar, sino acompañar al guion en su viaje hacia el final. Es un arte que entiende que la espectacularidad no siempre está en la explosión, sino en la mirada de un personaje que sabe que algo se ha acabado.

La edición en cartoné de Panini Comics con sus 464 páginas no se sienten como una acumulación excesiva, sino como un archivo completo de un cierre necesario. Con traducción de Rafael Marín y Gonzalo Quesada nos encontramos con un tomo que incluye los números The Defenders 110 al 124, The Avengers Annual 11 y The New Defenders 125. Además de bocetos y paginas originales, así como las portadas realizadas por Jim Starlin, Steve Mitchell, Carl Potts, Bill Sienkiewicz, Sandy Plunkett o Ron Wilson entre otros. También se incluye una introducción y una despedida de Eduardo Salazar.  

Al final es un tomo que se lee con calma, que pide atención y cierta predisposición a dejarse llevar por un ritmo menos frenético. No es una lectura ligera, pero sí una muy agradecida para el lector que busca algo más que acción encadenada. No es solo el último capítulo de Los Defensores, es el momento exacto en el que Marvel apaga la luz de una habitación y abre otra puerta sin mirar atrás. El no-grupo que durante años vivió del choque de egos, del azar y de la libertad absoluta se disuelve sin grandes gestos, aceptando que su forma de existir ya no encaja en el presente. Y justo ahí, entre restos de ideales quemados y dinámicas agotadas, nacen Los Nuevos Defensores. Un equipo con estructura, con pasado compartido, con una lógica más reconocible. Nuevos personajes que no heredan una antorcha gloriosa, sino un espacio vacío que debe reinventarse desde cero. Este tomo entiende que cerrar una etapa no significa negarla, sino asumirla como parte del camino. Los Defensores se despidieron siendo fieles a lo que siempre fueron y los Nuevos Defensores arrancaron con la difícil tarea de demostrar que el futuro no tiene por qué borrar al pasado, solo transformarlo. Un final que no promete eternidad, pero sí continuidad. Y en Marvel, eso ya es una forma de esperanza.

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