Volver a «The Haunt of Fear» con su volumen 4 es como regresar a una casa encantada que conoces de memoria, pero en la que siempre hay una puerta nueva que no recordabas haber abierto. Sabes que te van a asustar, sabes que habrá castigo, ironía y un regusto entre dulce y amargo y aun así entras encantado. Este tomo, penúltimo de la colección, no solo mantiene el nivel de excelencia de la serie, sino que lo refuerza con una seguridad pasmosa, dejando al lector con esa sensación incómoda y deliciosa de estar disfrutando algo grande justo antes de que se acabe.

El volumen recopila los números 19 a 24 de The Haunt of Fear, publicados originalmente entre mayo de 1953 y abril de 1954, una etapa en la que EC Comics ya no tenía nada que demostrar, pero aun así seguía apretando el acelerador. El contexto es importante. Estamos ante una revista que nació para provocar, incomodar y desafiar los límites morales y estéticos del cómic de su época. Y lo hacía sin complejos, con un terror explícito, cruel y cargado de mala leche que hoy sigue resultando sorprendentemente efectivo.
El prólogo de Rob Zombie funciona como una declaración de intenciones perfecta. No es un simple nombre famoso puesto para vender ejemplares, sino un autor que entiende y respeta profundamente el legado de EC. Su texto transmite entusiasmo, complicidad y una admiración sincera por estas páginas “asquerosamente diabólicas”, como él mismo las define. Es una bienvenida ideal para nuevos lectores y un guiño cómplice para quienes ya llevan varios volúmenes sumergidos en esta orgía de horror clásico.

El contenido del tomo se despliega a lo largo de más de doscientas páginas que reúnen alrededor de treinta historias cortas, todas ellas autoconclusivas, con una extensión similar y una estructura reconocible, pero nunca aburrida. Aquí reside uno de los grandes logros de The Haunt of Fear: repetir una fórmula sin que se sienta agotada. Cada relato es una variación sobre un mismo tema (la miseria humana y su castigo), pero abordado desde ángulos distintos, a veces brutales, otras sutiles, otras directamente grotescos.
Uno de los aspectos más llamativos de este cuarto volumen es la variedad de tonos. Hay historias que apuestan por la violencia más explícita, sin rodeos ni concesiones, donde el impacto visual es inmediato y demoledor. Otras, en cambio, se apoyan en el suspense psicológico, en la anticipación, en el malestar creciente, como si estuviéramos ante un thriller clásico cocinado a fuego lento. Esta alternancia mantiene la lectura fresca y evita que el lector caiga en la monotonía. El eje temático sigue siendo, como siempre, la naturaleza humana. EC Comics entendía que el verdadero horror no venía de monstruos sobrenaturales, sino de personas corrientes empujadas por sus defectos: la avaricia, la lujuria, la ira, la envidia o el orgullo. Los siete pecados capitales atraviesan estas historias como un veneno silencioso que termina por estallar en forma de castigos terribles. Aquí no hay redención: quien se desvía del camino acaba pagando un precio alto, a menudo irónico y cruel.

Esta moralina, tan criticada en su día, es precisamente una de las grandes virtudes de la serie. No porque sea edificante, sino porque está impregnada de cinismo y humor negro. Los finales suelen llegar con una sonrisa torcida, un comentario mordaz o una imagen final que funciona como un golpe seco en la cabeza del lector. No se trata de dar lecciones, sino de disfrutar del castigo.
Los encargados de guiarnos por este infierno con encanto son, una vez más, The Old Witch, The Crypt-Keeper y The Vault-Keeper. Este trío de presentadores es esencial para el tono de la colección. Sus introducciones y epílogos no solo contextualizan las historias, sino que añaden una capa extra de ironía y teatralidad. Dependiendo de quién tome la palabra, podemos esperar un relato más salvaje, más sarcástico o más retorcido, y esa expectativa forma parte del placer de la lectura.

En el apartado artístico, el tomo es un auténtico festival. Al Feldstein, Otto Binder, George Evans, Jack Kamen, Jack Davis y, sobre todo, Graham Ingels demuestran por qué EC sigue siendo un referente visual absoluto. El dibujo es exagerado, expresivo, casi caricaturesco en algunos momentos, pero siempre eficaz. Las miradas desquiciadas, los gestos retorcidos y los escenarios opresivos transmiten más horror que cualquier exceso de realismo. Ingels, además, se luce con portadas de una fuerza impresionante, auténticos iconos del terror clásico.
En cuanto a la edición, Diábolo Ediciones vuelve a ofrecer un trabajo sobresaliente. Traducción de Santiago García y Alfonso Bueno, tapa dura, gran formato, papel de calidad y una reproducción fiel del material original convierten este tomo en una pieza imprescindible para cualquier aficionado al cómic clásico. Los extras, como las cartas de los lectores y las publicidades de la época, aportan un valor histórico incuestionable, permitiendo entender mejor el impacto cultural que tuvo la serie en su momento. Por eso, este cuarto volumen de «The Haunt of Fear» es una celebración del terror clásico de EC Comics en su máximo esplendor. No todos los guiones son igual de buenos pero el nivel medio es altísimo y el dibujo, sencillamente, magistral. Queda solo un volumen para cerrar esta etapa, y la sensación es clara. Queremos más, aunque sepamos que el final está cerca. Y pocas cosas hay más terroríficas que despedirse de algo tan bueno.
