Inmortalidad y Castigo 1: encerrado en el apocalipsis

El primer tomo del manga «Inmortalidad y castigo»(«Fushi to Batsu«,不死と罰 ) no arranca con una explosión ni con el típico plano general del mundo yéndose al carajo, sino con algo mucho más incómodo: un silencio. Una habitación cerrada. Una cama revuelta. Un joven llamado Fumito Yakaze que se queda solo en un love hotel(un hotel muy picarón) de Kabukichō mientras fuera, sin que él lo sepa todavía, Tokio empieza a pudrirse. Kentaro Satō entiende desde la primera página que el verdadero terror no es el apocalipsis, sino el momento en el que te quedas a solas contigo mismo y ya no puedes escapar. Fumito no entra en esa habitación para sobrevivir, entra para desaparecer un rato, y cuando la mujer que lo acompañaba se esfuma, lo que queda no es preocupación ni romance truncado, sino una espera incómoda, una sensación de castigo anticipado, como si el mundo hubiera decidido encerrarlo ahí a propósito.

Cuando el brote zombi irrumpe, lo hace sin poesía ni explicaciones. No hay discursos científicos ni grandes teorías, solo gritos filtrándose por las paredes, golpes en los pasillos y cuerpos que se lanzan contra otros cuerpos con hambre animal. Los zombis de este manga no simbolizan nada bonito. Corren, muerden, desgarran y llenan las páginas de carne rota y sangre espesa. Satō no busca reinventar el género, lo que hace es reducirlo a su forma más cruel y directa, demostrando que el horror funciona mejor cuando no hay espacio para huir. El hotel se convierte en una trampa perfecta, un laberinto de habitaciones pequeñas y techos bajos donde cada paso es una amenaza y cada puerta cerrada una posible sentencia de muerte.

Pero lo verdaderamente perturbador no es la violencia, sino la actitud de Fumito frente a ella. Mientras otros personajes entran en pánico, él parece aceptar el caos con una calma enfermiza, como si ya estuviera preparado para el castigo que llega. Poco a poco se insinúa que Fumito carga con un crimen, con una culpa tan pesada que la idea de morir no le resulta aterradora, sino casi lógica. En ese punto el manga deja claro que no va de supervivencia, sino de condena, y que la inmortalidad del título no es una bendición, sino una burla cruel. Seguir vivo cuando lo único que deseas es que todo termine.

Kentaro Satō utiliza el encierro como un arma narrativa constante. El hotel, espacio diseñado para el deseo rápido y la intimidad artificial, se transforma en un purgatorio moderno donde se reúnen personajes rotos, egoístas y desesperados. Nadie es amable, nadie consuela a nadie, y cada interacción humana está cargada de tensión, reproches y miedo. Esta falta de empatía puede resultar agotadora, pero también es coherente con el tono de la obra. En un mundo donde todo se derrumba, la bondad no sobrevive mucho tiempo. Aquí los humanos no son mejores que los monstruos, solo más ruidosos y contradictorios.

En el aspecto gráfico, el dibujo en blanco y negro refuerza esa sensación de asfixia constante. Satō satura las viñetas de sombras, de líneas tensas y de encuadres cerrados que aplastan a los personajes contra los márgenes. Los zombis, cuando aparecen, parecen demasiado grandes para el espacio que ocupan, invadiendo la página como si quisieran escapar del papel. La violencia no es estilizada ni elegante, es torpe, sucia y desesperada. Cada herida, si las páginas sangraran nos bañarían por completo de fluidos del plasma sanguíneo. Aun así, el autor sabe cuándo frenar, cuándo dejar una viñeta en silencio, cuándo mostrar un rostro vacío que transmite más horror que cualquier salpicadura de sangre.

A lo largo del tomo, el mangaka va dejando caer pistas sobre un trasfondo más grande. Sobre una conexión entre la culpa de Fumito y el colapso del mundo exterior, sin necesidad de explicarlo todo. Kabukichō, con su mezcla de placer, soledad y decadencia, parece el escenario perfecto para que la ciudad misma escupa sus pecados en forma de muertos vivientes. El apocalipsis no llega del cielo ni de un laboratorio: nace del interior, de lo que se reprime y se pudre durante demasiado tiempo.

Este primer volumen, editado por Arechi Manga con traducción de Bernat Borrás, funciona como una declaración de intenciones brutal y sin concesiones. No promete esperanza, ni héroes, ni soluciones claras. Promete encierro, violencia y una exploración incómoda de la culpa como condena eterna. «Inmortalidad y castigo» es un manga que no busca gustar, sino incomodar, y que utiliza el terror y el gore para hablar de algo mucho más desagradable: la idea de que hay errores que no se pueden pagar ni siquiera con la muerte. Por eso, cuando un manga de zombis consigue que el lector piense eso mientras pasa páginas manchadas de sangre, sabes que estás ante algo más perverso y más interesante de lo habitual.

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