Biblioteca Conan el Bárbaro 18: el rugido eterno del cimmerio

Antes de que existieran los reyes civilizados, antes de que la historia se escribiera con tinta y no con sangre, hubo un tiempo en el que mandaba el más fuerte (aunque viendo cómo está el mundo esto nunca cambia). Esa fuerza y arrojo se vuelve a describir en esta nueva entrega de la Biblioteca de Conan, concretamente en su número dieciocho. Aquí Conan no busca gloria ni redención; sobrevive, domina y avanza, guiado por un instinto antiguo que no entiende de compasión ni de leyes. Tras la muerte de Bêlit, el mundo no se vuelve más amable, sino más cruel. Y el cimmerio responde como siempre ha respondido: con acero desnudo y voluntad indomable.

Nos encontramos con un Conan marcado por la pérdida. La muerte de la reina pirata no es un recuerdo lejano ni una herida cerrada. Es una llama oscura que todavía arde bajo su piel. Roy Thomas, en uno de sus momentos más inspirados, entiende que el duelo de un bárbaro no se expresa con lágrimas, sino con acción, conquista y sangre. De ese dolor nace el líder. Conan se alza como jefe de guerra de los bamulas, no por derecho divino ni por linaje, sino porque es el más peligroso de la sala, y en Hyboria eso equivale a ser rey. Ese momento introduce los temas de fantasía más pura con la aparición de vampiros y sectas perversas.

En estas páginas tenemos a un Conan que no quiere ser rey. No quiere ser símbolo. Quiere sobrevivir y hacer sobrevivir a los suyos. Pero el mundo hyborio no te deja elegir: o gobiernas, o te gobiernan. Y ver a Conan enfrentarse a intrigas tribales, a traiciones internas, a enemigos que no se vencen con una estocada limpia o nuevas reinas de Kush. Incluso una nueva damisela que utiliza al barbaro para sus peculiares planes. El bárbaro aprende (a regañadientes) que la fuerza bruta no siempre es suficiente, pero también que la astucia sin acero es inútil. Este equilibrio entre músculo y cerebro es uno de los mejores retratos del personaje en toda la serie.

Los episodios incluidos no buscan el impacto aislado, sino la sensación de continuidad, de mundo vivo. Hay campañas militares, enfrentamientos con tribus rivales, asedios, emboscadas, traiciones nocturnas y marchas interminables bajo soles asesinos. Thomas escribe la guerra como algo sucio y repetitivo, no como una sucesión de grandes gestas. Aquí la épica surge del aguante, de seguir avanzando cuando ya no quedan fuerzas. Cuando aparece lo sobrenatural (porque siempre aparece) no rompe el tono: lo refuerza. Dioses antiguos, maldiciones, presagios o magia oscura. Todo está tratado como algo temido, nunca celebrado. La magia en Conan no es un espectáculo: es una amenaza que te roba el alma o la cordura. En este tomo, lo sobrenatural es el recordatorio constante de que el mundo es viejo, cruel y no le debe nada a nadie.

En el aspecto gráfico, hablar del dibujo de John Buscema junto a Ernie Chan en Conan es hablar de la forma definitiva del personaje. Este tomo sin rendirse ante su dibujo sería una blasfemia digna de los dioses más vengativos. Buscema no ilustra el guion. Lo convierte en carne, hueso y acero. Su Conan es el Conan definitivo, el molde del que han bebido todos los demás. Cada músculo tiene peso, cada golpe tiene inercia, cada muerte se siente. Las viñetas no posan: avanzan, atacan, embisten. Buscema domina con una claridad brutal, haciendo que incluso las escenas más caóticas se lean como una danza salvaje perfectamente coreografiada. Los escenarios hyborios, desde aldeas tribales hasta valles malditos, están cargados de una atmósfera opresiva, casi primitiva. No hay fondos vacíos ni lugares neutros: todo parece hostil, vivo, dispuesto a devorarte si bajas la guardia. Y los rostros, esos rostros curtidos por la guerra, el fanatismo o el terror convierten a cada secundario en alguien con historia, aunque solo aparezca durante dos páginas antes de morir de forma violenta.

Este tomo marca además un punto crucial en la evolución de Conan. Aquí deja de ser simplemente el bárbaro errante para convertirse en el mito en construcción. Se empieza a percibir el peso del destino, la sombra del trono lejano, la sensación de que cada paso que da lo acerca, sin saberlo, a convertirse en algo más grande que él mismo. Thomas planta semillas con una inteligencia tremenda, respetando el espíritu de Robert E. Howard mientras expande su mundo con ambición y coherencia.

Por otra parte, la edición de Panini Comics redondea la experiencia con una fidelidad y un cariño ejemplares. El formato Biblioteca Conan no solo recupera las historias. Recupera la forma de leerlas. Con traducción de Joan Josep Mussarra y Gonzalo Quesada, los correos de lectores y secciones originales no son un extra anecdótico, sino parte esencial del viaje. Leer esas 160 páginas es escuchar las voces de una época en la que Conan no era un mito asentado, sino una pasión viva, discutida, defendida con uñas y dientes por sus lectores. Es arqueología comiquera de la mejor especie cuando recorres los números de Conan the Barbarian del #102 al #108.

Al cerrar este numero dieciocho de la Biblioteca Conan: Conan el Bárbaro, es como apagar una hoguera ancestral sabiendo que las brasas siguen vivas. No hay sensación de final, sino de ciclo cumplido. De capítulo grabado a cuchillo en la historia de un hombre que aún no sabe que será rey. Roy Thomas y John Buscema firman aquí un tramo del cimmerio que no envejece, porque está construido con los mismos materiales que los mitos: pérdida, ambición, violencia y destino. Por eso, este tomo no se guarda en la estantería, se queda esperando. Esperando a que regreses a la Era Hyboria, abras de nuevo sus páginas y recuerdes, una vez más, que antes de los imperios, antes de la ley, antes incluso de la historia, ya existía Conan.

Deja un comentario