El segundo tomo Marvel Premiere de Tribulaciones de X es un recopilatorio que se lee como una travesía por distintos estados de ánimo del universo mutante. Una especie de cuaderno de bitácora que captura a la perfección el momento exacto en el que se encuentra la Era de Krakoa. Aún vibrante, todavía ambiciosa, pero ya claramente instalada en un terreno de reajuste y replanteamiento constante. No estamos ante un volumen de grandes fuegos artificiales ni de giros fundacionales, sino ante una entrega que consolida, explica y, sobre todo, reflexiona sobre las consecuencias de todo lo que se ha construido en los últimos años.

El tomo se abre con Cable Reloaded, un one-shot que funciona casi como una declaración de intenciones. Al Ewing recupera al Cable veterano, el de las cicatrices físicas y temporales, el soldado que ha visto demasiados futuros como para permitirse dudar. Aquí no hay introspección innecesaria. Hay acción desatada, planes imposibles y una misión suicida en un escenario cósmico que huele a pólvora, metal y fatalismo. La historia es deliberadamente excesiva, casi desvergonzada en su amor por la ciencia ficción más pulp, y precisamente por eso funciona tan bien. Cable vuelve a ser ese héroe que avanza a base de cabezazos contra el destino, soltando sentencias lapidarias mientras el universo se cae a pedazos a su alrededor. Bob Quinn acompaña el viaje con un dibujo dinámico y eficaz, capaz de transmitir tanto la escala épica de la misión como el caos de los combates espaciales, dejando claro que este arranque no busca sutileza, sino espectáculo bien entendido.
Tras este aperitivo explosivo, el tomo cambia radicalmente de registro para adentrarse en el núcleo de la obra: los tres números finales de El Juicio de Magneto. Aquí, Leah Williams se sumerge en un terreno mucho más pantanoso, donde el drama, la mitología mutante y las contradicciones editoriales se entrelazan sin pedir permiso. La premisa sigue siendo potente: Magneto acusado del asesinato de la Bruja Escarlata durante la Gala Fuego Infernal, con Krakoa observando, juzgando y, en cierto modo, temblando ante la posibilidad de que su utopía no sea tan sólida como parecía. La reaparición de Wanda Maximoff, con la memoria fragmentada y rodeada de amenazas mágicas que atacan la isla, añade una capa de inquietud que va más allá del simple misterio detectivesco.

La resolución del arco es, en muchos aspectos, satisfactoria. Se cierran incógnitas importantes y, sobre todo, se abren nuevas vías relacionadas con los protocolos de resurrección, uno de los pilares conceptuales más interesantes de la Era de Krakoa. Sin embargo, el camino hasta ese desenlace no está exento de problemas. De nuevo, Wanda aparece como el epicentro del caos, cargando con el peso de decisiones pasadas que parecen perseguirla eternamente. La sensación de que la Bruja Escarlata sigue siendo utilizada como el chivo expiatorio de los grandes traumas del universo Marvel es difícil de ignorar, y el constante reajuste de su origen y su relación con Magneto sigue generando fricciones con el canon previo. Aun así, el conjunto logra mantener el interés gracias a un enfoque sincero y a un apartado gráfico deslumbrante.
Lucas Werneck firma algunas de las páginas más bellas del tomo. Su dibujo aporta elegancia, dramatismo y una expresividad que eleva el material incluso cuando el guion tropieza. Las escenas más simbólicas y oníricas funcionan especialmente bien, reforzando la dimensión casi mitológica de la historia y recordando al lector que, más allá de las continuidades y los retcons, estos personajes siguen siendo arquetipos poderosos.

El cierre del volumen llega con Lobezno #14, y supone un aterrizaje brusco, pero efectivo, en terrenos mucho más reconocibles. Benjamin Percy continúa su etapa con un Logan obsesivo, violento y directo, investigando el ataque al Merodeador en los callejones más oscuros de Madripur. Aquí la trama es más seca, más física y funciona como contrapunto perfecto al exceso cósmico y al drama sobrenatural de las historias anteriores. El reencuentro con Solem añade tensión y ambigüedad, mientras que el dibujo de Adam Kubert convierte cada pelea en un estallido de energía clásica. Hay algo reconfortante en ver a Kubert dibujar a Lobezno. Cada viñeta destila experiencia, oficio y una comprensión absoluta del personaje, reforzada además por el detalle casi simbólico de que este número se publique exactamente treinta años después de su debut profesional.
Leído en conjunto, este segundo tomo de «Tribulaciones de X» responde a muchas preguntas y, al mismo tiempo, plantea una advertencia silenciosa. La Era de Krakoa fue un experimento fascinante, pero empieza a mostrar signos de agotamiento tras años de expansión constante y la salida de Jonathan Hickman como arquitecto principal es un hueco difícil de cubrir. Aun así, este volumen editado por Panini demuestra que todavía quedaban historias con peso que contar, personajes que explorar y conflictos que merecían ser desarrollados antes de llegar al «Destino de X» y, finalmente, a la «Caída de X«. No es un tomo revolucionario ni definitivo, pero sí una lectura sólida, variada y honesta, que combina acción cósmica, drama mutante y violencia callejera con un notable nivel de oficio. Un volumen que quizá no cambió el rumbo de la franquicia, pero que confirma que, incluso en su fase más incierta, Krakoa sigue siendo un lugar narrativamente estimulante al que merece la pena regresar.
