Hay etapas que se leen con placer y etapas que, además, enseñan a leer cómics. El segundo tomo de Obras Maestras Marvel de Los Cuatro Fantásticos de John Byrne pertenece a esa categoría privilegiada que no solo entretiene, sino que explica por qué los Cuatro Fantásticos fueron, son y deberían seguir siendo el corazón del Universo Marvel. Este tomo recoge Fantastic Four #241–250, Silver Surfer #1, What If…? #36 y Marvel Fanfare #2, pero más allá de la suma de números, lo que realmente ofrece es una visión completa, coherente y ambiciosa de lo que significa hacer cómic superheroico clásico con mentalidad moderna. John Byrne aquí ya no está “probando cosas”. Está ejecutando un plan. Un plan que consiste en volver a las raíces de Stan Lee y Jack Kirby, entenderlas, actualizarlas y demostrar que no hacía falta romper nada para que los 4F volvieran a ser relevantes. Solo había que escribirlos y dibujarlos bien.

El guion en este tramo es un ejercicio de equilibrio narrativo. Cada historia tiene una arquitectura clara, clásica incluso, pero nunca rígida. Byrne entiende que los Cuatro Fantásticos funcionan mejor cuando la aventura sirve de excusa para hablar de carácter, familia y responsabilidad. Por eso, incluso en los episodios más espectaculares, el foco nunca se pierde. En los números Fantastic Four #241 al #250, Byrne alterna con naturalidad la ciencia ficción dura, la aventura exótica y el drama doméstico. Wakanda no aparece como simple escenario llamativo, sino como un espacio político y cultural que pone a prueba a Reed Richards y su visión científica del mundo. Doctor Muerte no es tratado como un villano de manual, sino como una figura trágica y peligrosa, capaz de colaborar sin dejar de ser amenaza. Byrne entiende que Muerte es interesante precisamente porque nunca deja de ser Muerte, incluso cuando actúa como aliado. Así como la aparición de Terrax, El Doctor Extraño, los Vengadores, Spiderman, Daredevil y, como colofón, el gran Galactus, devorador de mundos, que generan un de los mejores números del tomo.
Uno de los grandes méritos del guion es su manera de trabajar el concepto de poder. Aquí los poderes no son regalos, sino responsabilidades. Sue Storm se convierte en el mejor ejemplo de esta filosofía. Byrne escribe a Sue como una líder natural, alguien que toma decisiones difíciles y asume sus consecuencias. No hay discursos grandilocuentes que proclamen su importancia. El guion simplemente la coloca en el centro de la acción y deja que actúe. Es una reivindicación silenciosa pero contundente, que convierte a Sue en uno de los personajes mejor escritos de Marvel en esta época. Reed Richards, lejos de ser el genio infalible, aparece como un hombre brillante pero obsesivo, capaz de perder de vista lo humano por perseguir lo intelectual. Byrne no lo juzga abiertamente, pero sí lo expone a situaciones donde sus prioridades chocan con las de su familia. Ben Grimm sigue cargando con el peso más fuerte del grupo, pero la trama evita la autocompasión. Ben es trágico, sí, pero también irónico, cansado y profundamente digno. Johnny Storm, mientras tanto, comienza un proceso de maduración lenta, aún incompleto, pero ya visible. El número Fantastic Four #250 funciona como una especie de manifiesto. Byrne celebra la continuidad Marvel y el regreso de La Patrulla-X sin convertir el cómic en una pieza de museo. Todo fluye con naturalidad, demostrando que el universo compartido puede ser una herramienta poderosa cuando se usa con inteligencia y respeto.

En el aspecto gráfico, este tomo es John Byrne en estado puro. Su dibujo no busca deslumbrar con artificios, sino contar la historia de la forma más clara y efectiva posible. Este autor cree en la narración secuencial clásica y la domina con una seguridad absoluta. Cada viñeta está donde tiene que estar, cada plano cumple una función y cada página se lee con una fluidez casi invisible. La composición es elegante, controlada, con un uso magistral del ritmo. Byrne sabe cuándo acelerar la acción y cuándo detenerse en un gesto, una mirada o una postura corporal. Sus personajes están definidos no solo por sus rasgos físicos, sino por cómo ocupan el espacio. Reed es rígido, casi contenido; Sue transmite control y seguridad; Ben es grande y fornido junto a Johnny, con movimiento constante.
Cuando el tomo se abre a otros registros, el dibujo se adapta con naturalidad. En Silver Surfer #1, Byrne abraza lo cósmico con viñetas más abiertas, composiciones más etéreas y un tratamiento casi mitológico del personaje. El Surfista Plateado se mueve como una figura trágica, solitaria, más cercana a un dios caído que a un superhéroe tradicional. El dibujo acompaña con respeto el tono solemne del guion de Stan Lee, sin caer en la imitación nostálgica. En What If…? #36, Byrne ajusta su estilo para una realidad alternativa más contenida, más humana. La ausencia de poderes se refleja en un dibujo más terrenal, reforzando la idea de que la esencia de los Cuatro Fantásticos no depende de lo espectacular. Marvel Fanfare #2, por su parte, permite ver el trabajo de Roger McKenzie y Trevor Von Eeden una aproximación más introspectiva a Reed Richards, con una trama relacionada con la transformación de su amigo Ben y la aparición de Annihilus junto a la Zona Negativa, interesante pero poco relevante.

Esta edición de Panini Comics, en la línea Obras Maestras Marvel, hace justicia al material que contiene. Se presenta en tapa dura, con un tamaño adecuado para apreciar el dibujo de Byrne y una reproducción del color que respeta el espíritu original sin caer en saturaciones innecesarias. El papel ofrece un buen equilibrio entre calidad y legibilidad, permitiendo que las líneas claras y limpias de Byrne respiren como deben. La traducción de Gonzalo Quesada, Eduardo López, Santiago García y Uriel López mantiene el tono clásico de los diálogos sin que suenen artificiales para el lector actual. El resultado es un tomo que se siente sólido, elegante y pensado tanto para el lector veterano como para quien se acerque por primera vez a esta etapa. Además, al final del tomo tenemos multitud de extras como paginas originales y un epilogo escrito por Tom Brevoort.
Al final, este segundo tomo de Los Cuatro Fantásticos de John Byrne no es solo un hito histórico, es una lección permanente de cómo hacer cómic de superhéroes. Byrne demuestra que la grandeza no nace de romper con el pasado, sino de entenderlo y construir sobre él. En este volumen refuerza el por qué los Cuatro Fantásticos fueron el punto de partida del Universo Marvel y por qué, en las manos adecuadas, siguen siendo insustituibles. Leerlo hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un recordatorio de que el cómic, cuando se hace bien, puede ser a la vez histórico, divertido y profundamente humano. Y eso, como la Primera Familia, nunca pasa de moda.
