El quinto tomo de «The Magic Order» no es solo el final de una serie. Es una hoguera ritual levantada con los huesos de todo lo que vino antes. Un volumen donde la magia ya no es maravilla ni espectáculo, sino deuda, herida abierta y sentencia. Aquí no hay aprendizaje ni redención sencilla. Aquí se paga. Y Cordelia Moonstone, la última maga en pie, lo sabe desde la primera página.

Mark Millar decide cerrar su gran saga mágica como empezó: con violencia, con miedo y con una verdad incómoda flotando en el aire como humo negro. La humanidad ha sido protegida durante mil años por una familia de magos que operaban en la sombra, creyéndose indispensables, invencibles, casi divinos. Pero el pecado original (el uso de magia negra por amor, por dolor o por desesperación) ha ido cobrando su precio tomo a tomo, muerte a muerte. Y ahora ya no queda nadie más. Solo Cordelia. Solo la culpable. Solo la heredera de una estirpe maldita.
El arranque del volumen es brutal, incómodo, casi obsceno en su frialdad. Una madre ve cómo sus hijos son arrancados de su vida por una figura imposible. Un ser que parece sacado de una pesadilla medieval, con los ojos cerrados y un símbolo demoníaco marcado en la frente. No hay heroísmo, no hay música épica. Solo terror doméstico, violencia que irrumpe en lo cotidiano. Millar no suaviza el golpe: la magia aquí no embellece nada, lo ensucia todo. Es importante entender esto desde el principio, porque este quinto tomo no va de salvar el mundo, sino de sobrevivir al precio de haberlo protegido.

Cordelia entra en escena como siempre: cansada, endurecida, con una ironía que ya no es arrogancia sino mecanismo de defensa. El tiempo ha pasado, aunque Millar no se molesta en cuantificarlo. Da igual. El peso que carga Cordelia no se mide en días, sino en cadáveres. Ahora tiene un aprendiz, Gator, una presencia que sirve como espejo. La inocencia que ella perdió hace siglos, la prueba viviente de que el ciclo continúa aunque esté condenado. Juntos investigan el secuestro, siguen la pista, aplican la magia y caen en una trampa. Porque en este tomo nadie juega limpio. Porque alguien ha puesto precio a la cabeza de Cordelia Moonstone. A partir de aquí, la serie entra en una espiral de conspiración, demonología y tragedia cuidadosamente calculada. Aparecen nuevos personajes, como Jake, un hombre poseído por tres demonios antiguos que podrían haber sido dioses en otro tiempo. Su negativa inicial a participar en la cacería no lo convierte en aliado: solo retrasa lo inevitable. Millar entiende muy bien que el verdadero terror no está en el monstruo que ataca, sino en el que decide cuándo hacerlo.
En cuanto al guion que desarrolla el guionista británico se podría considerar puro ajedrez oscuro. Millar no explica demasiado, no ofrece todas las respuestas de inmediato. Prefiere sembrar preguntas, omitir el cómo y el porqué, y obligar al lector a avanzar a ciegas, como Cordelia. Es una estructura que refuerza el tono fatalista del tomo. Da igual lo lista que seas, da igual lo poderosa que seas, siempre hay alguien que ha planeado esto mejor que tú. Millar recoge hilos desde el primer volumen: la resurrección prohibida, la muerte de Rosie, la maldición que pesa sobre Cordelia desde el primer pecado. Todo estaba conectado. Nada fue casualidad. La batalla final contra los dioses oscuros no es solo física, sino conceptual: inteligencia contra arrogancia, preparación contra soberbia. El mensaje es claro y brutal: el mal siempre planea, pero el bien, cuando aprende de sus errores, puede planear mejor. El cierre es sorprendentemente humano. Hay funeral, pero también hay promesa. Cordelia no recibe un final feliz tradicional: se lo construye. Y la última página, íntima, silenciosa, con un familiar, es un golpe directo al corazón. No hay fanfarria. Solo descanso. Solo la sensación de que, por una vez, alguien que lo ha perdido todo puede dejar de huir.

En el apartado artístico, Matteo Buffagni firma páginas de acción vertiginosa, apoyándose en composiciones verticales que transmiten urgencia y peligro, para luego abrir el relato en splash pages de confrontación mística absoluta. Giovanna Niro eleva cada escena con un uso del color que funciona como banda sonora. Tonos ardientes para el caos, azules fríos para la derrota, verdes imposibles para lo sobrenatural. Y cuando uno mira atrás y repasa la lista de artistas que han pasado por la serie: Olivier Coipel, Stuart Immonen, Dike Ruan o Gigi Cavenago queda claro que The Magic Order no solo ha sido una gran historia, sino una exhibición constante de excelencia gráfica.
Los últimos hechizos están lanzados en la edición de Panini Comics con traducción de Óscar Estefanía. Además de los cinco números de la serie original tenemos portadas alternativas dibujadas por Jae Lee junto a June Chung, así como unas cuantas de Matteo Buffagni en blanco y negro. Al cerrar las 160 páginas del quinto tomo queda una sensación extraña, casi incómoda, como cuando se apaga una vela en una habitación que llevaba años iluminada. No hay euforia, no hay victoria limpia: hay silencio, aceptación y la certeza de que todo lo vivido tenía que desembocar aquí. Mark Millar despide la saga con un final que no busca sorprender a gritos. Dejando claro que la verdadera épica no está en lanzar el hechizo más grande, sino en sobrevivir a las consecuencias de haberlo hecho. Cordelia Moonstone no termina como un mito ni como una mártir, sino como algo mucho más raro y valioso: una superviviente consciente de su culpa y de su legado. The Magic Order se cierra como empezó, en la sombra, recordándonos que la magia no existe para salvarnos, sino para mostrarnos quiénes somos cuando ya no queda nadie más que pagar el precio.
