Mi amigo Kim Jong-un: nítida exposición de lo complejo

Buen fin de semana. Puede ser el último.” Esas frases adornaban, a mediados de la década pasada un meme que circulaba por redes sociales. La foto que le acompañaba era una de Kim Jong-un, líder de la República Popular Democrática de Corea, más conocida en occidente como Corea del Norte. El meme, cargado de humor negro, mostraba al dictador sonriendo a la vez que alertaba de la amenaza nuclear que suponía el país asiático. Mensaje que, con cierta recurrencia, los medios de comunicación occidentales van actualizando a través de las puntuales noticias. Pero, más allá de eso, poco más es de dominio público sobre esta figura política que, al igual que ocurre en el estado que dirige, la opacidad en cuanto a información es un rasgo intrínseco.

Surgida como una consecuencia más del final de la Segunda Guerra Mundial, la partición de Corea en dos estados independientes trajo consigo dos territorios que representaron los bloques de las dos áreas de influencia de la Guerra Fría: mientras el sur se cobijó en el capitalismo occidental y la democracia, el norte era tutelado por la Unión Soviética, instaurándose un régimen comunista y autocrático. La negativa de esta zona a participar en unas elecciones democráticas supervisadas por Naciones Unidas en 1948 fue la semilla de la posterior Guerra de Corea (1950 -1953), cuando el régimen comunista invadió Corea del Sur. Tras el conflicto, cerrado en falso con un armisticio, ambos estados siguen oficialmente “en guerra”, reclamando cada uno la totalidad del territorio de Corea y sin haber firmado un tratado de paz.

Desde entonces hasta ahora, Corea del Norte se define como un “Estado socialista independiente” que celebra formalmente elecciones cada cinco años, con un único partido e ideología permitida. Es de facto una dictadura totalitaria en la que la libertad de información y pensamiento brilla por su ausencia, y la iniciativa privada queda reducida a la clandestinidad. En ese contexto no es de extrañar que haya sido una de las naciones donde se han vulnerado más los Derechos Humanos, hechos denunciados en reiteradas ocasiones por varios países, la ONU, Amnistía Internacional o Human Rights Watch, entre otras organizaciones. Hecho que desde Corea del Norte niegan por sistema.

En ese contexto, con un país fracturado desde 1948 en dos estados, nace el cómic que nos ocupa hoy: “Mi amigo Kim Jong-un” (“Nae Chingu Kim Jong-Un”, 내 친구 김정은), la última obra de Keum Suk Gendry-Kim que Reservoir Books editó a finales del pasado 2025 en castellano y catalán. Un volumen de 288 páginas en cartoné, traducido, respectivamente, por María Albarracín Gordillo y Yasmine Bonjoch Luna en el que se combina hábilmente el aspecto documental con la memoria personal. Tanto de la autora como de muchos de los personajes que pueblan estas páginas.

Como una persona partida en dos. Así expresa Keum Suk Gendry-Kim (Hierba”, “La Espera” o, entre otros, “Mañana será otro día”) al comienzo de la obra lo que supone la existencia de dos Coreas independientes, separadas por una frontera y con una hostilidad que, si bien en ocasiones es oscilante, nunca ha desparecido. En frente, el gran desconocido líder del vecino estado del Norte. Bajo un manto de opacidad, la figura del Dictador es, como un personaje ausente en la vida de Corea del Sur, pero sin duda factor influyente en muchas de las decisiones que se toman.

¿Quién es realmente entonces Kim Jong-un? Además de ser el líder de tercera generación de una autocracia basada en la autosuficiencia nacional y el impulso nuclear que ha tenido el país bajo su mano, poco más es de dominio público. Y ese es el terreno en el que bucea Keum Suk Gendry-Kim en esta obra, pero no el único. Porque a la vez que arroja luz sobre el líder de Corea del Norte aportando datos de su biografía y hechos contrastados, retrata con nitidez la memoria de muchos de los que huyeron del Norte al Sur, la forma de vida en ambas Coreas y sus contrastes y los intentos de acuerdos políticos que ha habido entre ambos estados. Todo un ejercicio ambicioso en el que la única voluntad es la de esclarecer los hechos y testimonios y verterlos en este sobrio tebeo. Como una siembra de elementos para que quien los lea, reflexione sobre los mismos y saque sus conclusiones.

Esa voluntad, la de proporcionar información y testimonios, es el motor del tebeo. Catalizado con un ritmo sobrio, cercano y próximo. Trazado por finas líneas. Las suficientes para componer el paisaje político, social y emocional de un país convertido en dos. Con sus luces y sus sombras. Sin más juicios que el de poner en valor la paz. Y ahondando en como se ha construido la realidad con la que viven muchos de los coreanos, tanto del norte como del sur.

Sin duda, este es un tebeo valiente. Porque, a veces, simplemente acercarse a la realidad sin prejuicios y con voluntad de describir fielmente lo que se ve, entraña riesgos. Hacerlo con matices y sin dicotomías fijadas previamente entraña riesgos. Pero también el valor de hacerlo y de lograr una mayor nitidez en la cuestión que se explora, dotando al mensaje de la posibilidad de una mayor comprensión de lo complejo. Y es ahí donde reside la fuerza de “Mi amigo Kim Jong-un”. Alejado de simplismos y abordando la complejidad con un sencillo rigor que llega, transmite y logra retratar la dimensión política, humana y social de lo que supone e implica las relaciones actuales entre Corea del Norte y Corea del Sur. Ejercicio también necesario. Pues solo desde el análisis complejo, alejado de simplismos maniqueos, se pueden lograr respuestas y claves precisas. Este tebeo apunta a esa dirección, sembrando los elementos con accesible rigor y sobriedad, para que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

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