Benito Boniato: El Héroe del Comic. Entre carcajadas y homenajes

Leer «Benito Boniato: El héroe del cómic» hoy es una experiencia curiosa, porque empieza como una lectura inocente y acaba convertida en un viaje en el tiempo que te devuelve, sin pedir permiso, a una época en la que los problemas eran más pequeños. Los tebeos se compraban en el quiosco y la mayor angustia vital consistía en llegar a casa antes de que empezara el programa de la tarde en la tele. Benito Boniato no es solo un personaje de cómic. Es un estado mental, una forma de entender la adolescencia eterna y una reivindicación del humor cotidiano cuando todavía no hacía falta crear algo viral para ser gracioso.

Este segundo tomo recopilatorio de las aventuras creadas por Carlos Fresno y Luis Fresno es, ante todo, un ejercicio de justicia histórica. Porque Benito Boniato fue popular, fue querido y fue leído, pero como tantas otras series del cómic español de humor, acabó medio enterrado bajo el peso de los grandes nombres y las modas cambiantes. Sin embargo, basta abrir este volumen para darse cuenta de que aquí había mucho talento, mucho oficio y una sensibilidad muy particular para retratar la vida diaria con una sonrisa constante.

El tomo se abre con “El héroe del cómic”, una historia larga que funciona como declaración de intenciones y como brillante ejercicio metanarrativo. Benito, harto de su vida de desgracias menores, decide romper la cuarta pared y exigir a los autores algo mejor. Quiere ser héroe, quiere aventura, quiere épica. Y los hermanos Fresno, con una mezcla perfecta de mala leche y cariño, le conceden el deseo… a su manera. Así, Benito se convierte sucesivamente en protagonista de géneros tan distintos como el western, la ciencia ficción, la aventura selvática, el espionaje o el cómic de superhéroes. Vamos que pasa a ser Tarzán, a Billy el Niño, el Capitán Trueno, Superman o 007 entre otros. El resultado es un desfile glorioso de parodias y homenajes que demuestra hasta qué punto los autores conocen y aman el medio. Lo divertido no es solo ver a Benito disfrazado Flash Gordon o James Bond, sino comprobar que ni siquiera en esos universos puede escapar de ser Benito. Da igual cuántos músculos le dibujen o cuántas pistolas futuristas le pongan en la mano: el desastre siempre está a la vuelta de la viñeta. Y ahí es donde la historia brilla, porque entiende que el heroísmo, visto desde el humor, es un concepto profundamente frágil.

Tras esta historia larga, el volumen se despliega en una generosa colección de historietas cortas publicadas entre 1982 y 1985, justo cuando la serie estaba en plena forma. Aquí es donde Benito se mueve como pez en el agua. En el instituto, en casa, con los amigos, enfrentándose a exámenes imposibles, broncas familiares y situaciones absurdas que empiezan siendo pequeñas y acaban convirtiéndose en auténticos terremotos. Son historias breves, directas, con un ritmo cómico impecable y finales que entran como un gancho suave pero certero. El humor de Benito Boniato es una mezcla muy afinada de jocosidad española, observación costumbrista y ternura. No hay cinismo, no hay crueldad, no hay necesidad de ridiculizar hasta destruir. Aquí se ríe con los personajes, no de ellos. Incluso cuando Benito cae, mete la pata o queda en ridículo, hay siempre una mirada cómplice que invita al lector a reconocerse en él. Porque todos hemos sido Benito alguna vez, aunque no queramos admitirlo.

Gráficamente, el cómic es un placer constante. El estilo de los Fresno en este tomo se acerca en muchos momentos a Francisco Ibáñez, pero también tiene una personalidad claramente arrolladora que lo sitúa con un estilo propio. Los personajes son extremadamente expresivos, los gestos están exagerados justo hasta el punto necesario y la narración es tan clara que se podría leer sin textos y seguiría funcionando. Cada viñeta está pensada para que el gag se entienda, respire y explote en el momento exacto. Además de los homenajes que realizan a los personajes de Mortadelo y Filemón que para los más talluditos son esa guinda al pastel tan esperada como sorprendente.

La nueva edición de Dolmen Editorial, dentro de su colección Fuera Borda, es otro de los grandes aciertos del tomo. No estamos ante una simple reedición apresurada, sino ante una recuperación cuidada y respetuosa. El material está ordenado cronológicamente, el color ha sido revisado y actualizado sin traicionar el original, y la reproducción es limpia, agradable y muy legible. Es un volumen que invita tanto a la lectura pausada como a abrirlo al azar y dejarse llevar por cualquier historia. Los extras merecen también una mención especial. Portadas, posters, material gráfico adicional y, sobre todo, una entrevista con Carlos y Luis Fresno que aporta contexto, cercanía y una visión muy humana de lo que significaba hacer cómics de humor en aquella época. Leer a los autores hablar de su trabajo, de las dificultades, de la industria y del propio Benito añade ese extra de disfrute al volumen y convierte la lectura en algo más que entretenimiento. Entre 1982 y 1985, el periodo que recoge este tomo, Benito Boniato vivió su momento de mayor visibilidad, apareciendo en revistas como «Zipi y Zape» y recopilatorios de gran tirada como Super Humor, o formatos como la Colección Olé. Llegando a compartir espacio con otros gigantes del tebeo español tanto autores como personajes. Ese contexto explica por qué el personaje caló tan hondo en la memoria colectiva de una generación que hoy ronda los cincuenta y que asocia estas historias a una infancia más lenta, más analógica y más amable.

Por eso, al cerrar este tomo de Benito Boniato, uno tiene la sensación de haber pasado la tarde con un viejo amigo al que no veía desde hace años. Esa persona que sigue contando los mismos chistes, pero ahora hacen todavía más gracia. Benito no ha envejecido mal; al contrario, ha ganado encanto. Sus torpezas, sus pequeños dramas escolares y su incapacidad crónica para salirse con la suya funcionan hoy como un antídoto contra el cinismo moderno, recordándonos que reírse de uno mismo es una habilidad que nunca pasa de moda. Este tomo no solo recupera a un personaje, sino una forma de entender el humor. Amable, observador, muy bien construido y profundamente humano. Los hermanos Fresno vuelven a demostrar que no hace falta salvar galaxias ni repartir puñetazos para ser un héroe del cómic. Basta con sobrevivir al día a día, meter la pata con dignidad y seguir adelante con una sonrisa torcida. Eso, visto desde hoy, sigue siendo un superpoder extraordinario.

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