«Siempre nos quedará Lovecraft». de Fernando López-Guisado, es uno de esos libros que llegan para ordenar el caos, para poner nombre y contexto a una sensación que muchos lectores, espectadores y jugadores llevan años experimentando sin saber muy bien de dónde procede. Porque Howard Phillips Lovecraft no es solo un autor, ni siquiera solo un universo literario. Es una forma de entender el miedo, una grieta filosófica abierta en la cultura popular del siglo XX que todavía hoy no ha dejado de expandirse. Y este libro se dedica precisamente a seguir esas ondas expansivas y nos sitúa en una historia muy interesante como explica en el prologo Ramsey Campbell.

Desde sus primeras páginas, López-Guisado deja clara una idea fundamental: H. P. Lovecraft no inventó únicamente monstruos memorables o mitologías extravagantes, sino un cambio radical en el enfoque del terror. Antes de él, el miedo solía tener una lógica humana. Había un mal identificable, una amenaza concreta, un castigo moral o una resolución posible. Con Lovecraft, todo eso se desmorona. El horror ya no se puede combatir porque no se puede comprender. El universo no es hostil ni benevolente: simplemente es, y nosotros somos una nota al pie en su inmensidad. Ese vértigo existencial es el verdadero corazón del horror cósmico, y el libro lo entiende desde el principio.
Uno de los grandes aciertos de este primer volumen es que no cae en la tentación de convertir a Lovecraft en una figura intocable. López-Guisado lo sitúa en su contexto histórico, intelectual y cultural, mostrando cómo su visión del mundo surge de una combinación explosiva de ciencia, filosofía, literatura pulp y una profunda angustia personal. Lovecraft aparece aquí como un autor lleno de contradicciones. Brillante e imaginativo, pero también limitado, obsesivo y profundamente marcado por sus miedos. Esta mirada equilibrada evita tanto la historia como el ajuste de cuentas simplista.

A partir de ahí, el libro se despliega como un recorrido por la cultura popular contemporánea, demostrando hasta qué punto el ADN lovecraftiano se ha filtrado en disciplinas muy diversas. Literatura, cine, música, cómic (esas grandes obras creadas por Alan Moore), videojuegos, juegos de rol y de mesa. El horror cósmico ha encontrado mil formas de manifestarse, algunas muy fieles al espíritu original y otras claramente transformadas por las necesidades del mercado y del público. López-Guisado analiza estas adaptaciones con ojo crítico, señalando cómo en muchos casos se ha reducido el terror existencial a una iconografía reconocible: tentáculos, grimorios prohibidos, cultistas y dioses antiguos convertidos casi en mascotas (como podemos ver en el tebeo Con C de Cthulhu). Sin embargo, el libro no adopta una postura nostálgica ni purista. Al contrario, uno de sus mayores méritos es aceptar que la cultura popular funciona por apropiación, reinterpretación y reciclaje. Lovecraft ha sobrevivido precisamente porque su obra es lo bastante poderosa y flexible como para ser reescrita una y otra vez. El autor destaca ejemplos en los que el espíritu de horror se mantiene vivo, no por copiar literalmente a Cthulhu, Nyarlathotep, Azathoth, el Necronomicón o personajes como Erich Zann o Herbert West, sino por reproducir esa sensación de insignificancia, de amenaza invisible y de conocimiento prohibido que nunca trae consuelo.
El estilo del libro es uno de sus grandes puntos fuertes. López-Guisado escribe con claridad, sin renunciar a la profundidad. Logrando un equilibrio muy difícil entre el ensayo divulgativo y el análisis riguroso. No es un texto académico cerrado sobre sí mismo, pero tampoco una simple acumulación de referencias. Cada capítulo está pensado para construir un discurso coherente, guiando al lector por un paisaje cultural amplio sin perder el hilo conductor. Se nota que hay un amor genuino por el tema, pero también una voluntad de explicarlo, de hacerlo comprensible y atractivo.

Además, el libro invita constantemente a la reflexión. Más allá de enumerar influencias, plantea preguntas incómodas: ¿por qué seguimos necesitando el horror cósmico? ¿Qué dice de nuestra época esta obsesión por la insignificancia humana? ¿Hasta qué punto el miedo lovecraftiano encaja con una sociedad saturada de información, pero carente de certezas? Estas cuestiones no se responden de forma cerrada, pero quedan flotando, como ecos inquietantes que acompañan al lector mucho después de cerrar el libro.
Otro aspecto destacable es cómo el autor aborda la herencia problemática de Lovecraft sin convertir el ensayo en un ajuste de cuentas moral. López-Guisado no ignora los aspectos más oscuros del autor, pero los integra en un análisis más amplio sobre la separación entre obra y creador. El resultado es una reflexión madura que reconoce que el legado cultural no es limpio ni cómodo, pero tampoco fácilmente descartable. Lovecraft sigue siendo relevante no a pesar de sus contradicciones, sino, en parte, por ellas.

Este primer volumen editado por Diábolo Ediciones deja claro que estamos ante el inicio de un proyecto ambicioso. «Siempre nos quedará Lovecraft» no pretende agotar el tema, sino abrir caminos, señalar conexiones y despertar la curiosidad del lector. Es un libro que se disfruta tanto si uno es un devoto del horror cósmico como si se acerca a él por primera vez. Funciona como introducción, como guía y como invitación a mirar la cultura popular desde un ángulo distinto. En última instancia, el gran logro de Fernando López-Guisado es recordarnos que el horror cósmico no va de monstruos gigantes ni de dioses dormidos bajo el mar, sino de una idea profundamente humana: la sospecha de que el universo no gira a nuestro alrededor. Lovecraft nos enseñó a mirar al abismo sin esperar respuestas, y este libro nos muestra cómo esa mirada sigue viva, mutando y adaptándose a nuevos lenguajes y formatos.
