Jeff Lemire siempre ha tenido un talento casi sobrenatural para convertir lo pequeño en algo inmenso. Donde otros autores buscan épica, él encuentra grietas; donde otros levantan mitologías ruidosas, Lemire escucha el crujido de una casa vieja, el silencio incómodo entre una madre y su hija o el rumor de un pueblo que parece dormido, pero nunca descansa del todo. El primer volumen de «Arcanos menores» («Minor Arcana«) llamado “El Loco” no es solo el inicio de una nueva serie. Es una declaración de intenciones. Una obra que mira de frente a la pérdida, la herencia y la necesidad casi desesperada de creer en algo cuando todo parece agotado.

La historia se sitúa en Limberlost, un municipio ficticio a orillas de uno de los Grandes Lagos, que huele intensamente a Ontario, a ese Canadá rural que Lemire conoce de memoria porque lo lleva tatuado en la infancia. No es un pueblo idealizado ni pintoresco. Es un lugar donde la vida se ha ido encogiendo, donde las oportunidades se marcharon hace tiempo y solo quedan rutinas, recuerdos y cuentas pendientes. Limberlost es un microcosmos cerrado, como lo es el tarot. Un sistema simbólico completo, autosuficiente, donde cada figura ocupa su lugar, aunque no siempre entienda por qué. A ese espacio regresa Theresa St. Pierre, la protagonista, empujada por la enfermedad de su madre. No hay en su vuelta ni rastro de romanticismo. Volver a casa es aceptar el fracaso, reconocer que la huida no fue tan definitiva como ella creía. Theresa llega cargada de enfado, ironía y una desconfianza casi militante hacia todo lo que representa su pasado, incluida la pequeña tienda de astrología que su madre ha regentado durante años.
Para ella, ese negocio siempre fue una vergüenza, un símbolo de superstición barata y de una vida que no quería heredar. Sin embargo, como ocurre en las mejores historias de Lemire, nada es exactamente lo que parece. La tienda no es un simple lugar donde se venden horóscopos y falsas esperanzas, sino un auténtico nodo del pueblo. Allí confluyen los vecinos, los vivos y los muertos, las culpas no resueltas y los deseos que nunca se dijeron en voz alta. El tarot se convierte en el idioma secreto de Limberlost, la gramática simbólica con la que se codifican las relaciones humanas. Lemire entiende que las cartas no sirven para predecir el futuro, sino para ordenar el caos del presente. Theresa encarna a la perfección la carta del Loco. La carta del viajero eterno o el impulso creador que avanza sin mapa. Ella es cabezona, arrisca y muy dura de pela. No es una heroína carismática ni una elegida en el sentido clásico, y precisamente por eso resulta tan creíble. Su escepticismo no es pose, es una coraza. Pero el tarot, poco a poco, empieza a resquebrajarla. No porque la convenza, sino porque le ofrece una forma distinta de mirar lo que siempre ha evitado: su madre, su pasado, el pueblo al que juró no volver.

El componente sobrenatural es sutil y profundamente original. Existe una dimensión paralela, sí, pero no se trata de un “otro mundo” externo, amenazador y extraño. Es un espacio psíquico compartido, una manifestación del inconsciente colectivo del pueblo. El misterio no invade Limberlost desde fuera. Brota desde dentro, desde las heridas de sus habitantes. En ese sentido, el cómic se sitúa más cerca del realismo mágico que del terror convencional. Si hay algo inquietante aquí, es la constatación de que todos estamos conectados por hilos que no vemos.
En el aspecto gráfico, Jeff Lemire dibuja como si estuviera recordando más que representando, y eso se nota en cada trazo. Sus líneas son deliberadamente frágiles, a veces incluso torpes, como si los personajes estuvieran a medio camino entre existir y desaparecer. No hay virtuosismo técnico exhibicionista ni composiciones grandilocuentes. Hay una apuesta consciente por lo imperfecto, por lo humano, por lo vulnerable. El dibujo no busca imponerse al lector, sino invitarlo a entrar en un espacio íntimo donde todo parece ligeramente desajustado, como un recuerdo que ya no encaja del todo. El uso del color refuerza esa sensación de melancolía contenida. Lemire trabaja con una paleta apagada, dominada por ocres, verdes sucios y azules fríos, colores que evocan otoño perpetuo, agua estancada y cielos bajos. No es un color neutro. Cada escena parece teñida por el cansancio del pueblo y por el peso de la memoria. Cuando el relato se adentra en lo onírico o lo psíquico, el color no estalla, sino que se vuelve más extraño, más denso, como si la realidad se estuviera espesando en lugar de romperse. Esa contención es clave para que lo sobrenatural resulte inquietante sin necesidad de efectos explícitos.

Este tebeo funciona como una tirada inicial de cartas. No busca resolver tramas ni cerrar conflictos, sino presentarlos, sugerirlos, dejarlos vibrando en el aire. Es una introducción ambiciosa, consciente de que lo importante no es el impacto inmediato, sino la construcción paciente de un mundo. Y en ese sentido, la promesa es enorme. Lemire se permite darnos ese primer bocado tan sabroso sabiendo que el siguiente lo esperaremos con más ganas.
Por otro lado, la edición española de Astiberri es impecable: el formato en rústica, las 144 páginas a color y la traducción de Santiago García que respeta el tono íntimo y poético del original. A esto se suma un detalle especialmente significativo. La inclusión de cinco cartas del tarot ilustradas por el propio Lemire en la primera edición. No son un simple reclamo coleccionista, sino una extensión natural del universo del cómic, una invitación a tocar, literalmente, el símbolo que articula la historia.

Al cerrar el primer volumen de «Arcanos menores» no queda la sensación de haber terminado una historia, sino la de haber dejado una tirada de cartas a medias. Jeff Lemire no ofrece respuestas cerradas ni finales tranquilizadores. Deja las cartas sobre la mesa y se aparta, confiando en que el lector sabrá qué hacer con ellas. Y eso es lo que convierte a este tebeo en algo especial. No se limita a contar una historia, te invita a participar en ella. A volver atrás, a releer, a reinterpretar. Porque, como ocurre con las mejores lecturas de tarot y con los grandes cómics, este no termina cuando pasas la última página. Empieza cuando decides barajar de nuevo.
