Untold tales of I Hate Fairyland: cuentos de hadas a fostia limpia

Prepárate, porque «Untold Tales of I Hate Fairyland» no es un simple apéndice simpático ni un “extra para fans completistas”. Es un aquelarre creativo, un desfile de autores desatados entrando en Fairyland como si fuera un parque temático cerrado por reformas y rompiéndolo todo antes de que llegue la seguridad. Este tomo no amplía el universo de Skottie Young: lo zarandea, lo parodia, lo disecciona y luego le pega una patada en el estómago mientras se ríe. Aquí no hay una sola voz, sino muchas, y todas entienden una verdad fundamental: I Hate Fairyland no va de cuentos de hadas, va de la rabia infantil convertida en arma blanca, del hartazgo vital envuelto en colores chillones, y de una protagonista que es básicamente un insulto con patas y pelo verde. Estas historias “jamás contadas” no intentan imitar a Skottie Young, sino jugar en su patio usando bates de béisbol.

Este tomo es una antología que funciona como una caja de bombas creativas. Cada historia es corta, directa, sin anestesia, y muchas veces más cruel de lo que uno esperaría de un mundo que parece diseñado por un unicornio con sobredosis de azúcar. Pero ahí está la gracia. Fairyland sigue siendo adorable, solo que ahora también es un campo de minas letal y humorístico. Desde el arranque con Brudd El Brutal (“Bruud the Brutal”), Skottie Young vuelve a la carga acompañado de Aaron Conley y Sarah Stern, y deja claro que Gertrude sigue siendo la misma máquina de demolición verbal y física. El combate contra Bruud no es solo una pelea. Es un monólogo cómico en movimiento, una clase magistral de cómo humillar a un bárbaro mientras le rompes la cara. Gertrude comenta, juzga, se burla y ejecuta, todo en el mismo panel. Es glorioso. Es violento. Es Fairyland en estado puro. Y para aquellos que conocimos a cierto príncipe de Eternia estas paginas se mezclaran con nuestra propias lagrimas mientras Gert retuerce pezones como si no hubiera mañana.

Luego llega No te fíes del CERDO del Apartamento 23 (“Don’t Trust the P.I.G. in Apartment 23”), de Dean Rankine, y el cómic se convierte en una pesadilla de fábula urbana. Los tres cerditos no aprenden la lección clásica; cometen el error definitivo: cabrear a Gertie. El humor aquí es más absurdo, más directo, casi de cartoon salvaje, y funciona como una patada rápida entre historias más ambiciosas. Rankine entiende que Fairyland también puede ser un chiste cruel contado con mala leche. Pero el tomo no vive solo del golpe fácil. La Muerte y Resurrección de Nubela (“The Death and Rebirth of Cloudia”) y Canción de Amor de Videojuego (“Arcade Love Song”), de Morgan Beem, bajan el volumen del grito para subir el del sentimiento, solo para destrozarlo después.

En el extremo opuesto está «En Busca del País de las Hadas» (“Fairyland Before Time”), de Jorge Corona y Sarah Stern, una barbaridad que parece salida de una pesadilla prehistórica con esteroides. Aquí conocemos a Grrt, la versión cavernícola de Gertrude: más animal, más brutal, con el pelo verde sujeto por huesos y una sonrisa que promete dolor. La acción es salvaje, sangrienta, exagerada, con perspectivas imposibles, criaturas demenciales y un Señor de la Muerte que parece diseñado por alguien que odia las leyes de la anatomía. Esta historia no busca emocionar tanto como aplastarte con su potencia, y lo consigue con creces.

Dean Rankine vuelve con La Balada de Sir Hanselot (”The Ballad of Sir Hanselot”) demostrando que su estilo cartoon deformado encaja como un guante en Fairyland, mientras que autores como Fabio Moon y Gabriel Bá en Odio a Gert (“I Hate Gert”) aportan una sensibilidad diferente, casi melancólica, sin perder el humor ácido. Cada historia es una reinterpretación del mundo, pero todas respetan el núcleo. Fairyland es un sitio precioso gobernado por la frustración, y Gertrude (o sus variantes) es el agente del caos necesario. El desfile artístico es uno de los grandes triunfos del tomo. No hay una sola página aburrida. Desde los estilos más caricaturescos hasta los más pictóricos, desde el trazo suelto hasta el detalle enfermizo, Fairyland se adapta a todos como si fuera plastilina. En un tomo donde pasamos de Skottie Young pasando por Dax Gordine, Rachele Aragno, Jean-François Beaulieu hasta Derek Laufman no te puedes aburrir en ningún momento.

La edición de Panini Comics incluye los cinco números americanos de «Untold Tales of I Hate Fairyland«, con traducción de Raúl Sastre. La portada de Mike del Mundo merece mención aparte.; una ilustración que condensa la locura del interior, fusionando estilos y conceptos en una sola imagen que grita “esto no es un cuento para niños”. Es caótica, hermosa y perfectamente representativa del espíritu del libro. Untold Tales of I Hate Fairyland es un regalo para todos. Una demostración de lo flexible, rico y salvaje que es el universo creado por Skottie Young. No todas las historias tienen la misma profundidad, pero todas tienen personalidad, mala leche y amor sincero por Fairyland. Aquí no se viene a contar cuentos: se viene a reírse de ellos mientras arden.

¿Tiene algún defecto el tomo? Sí, y es el más cruel de todos: te deja con hambre. Las historias son tan buenas, tan variadas y tan bien planteadas que uno quiere más. Tres historias se quedan cortas. Cinco saben a aperitivo. Y las doce que contiene en total te dejan con la sensación de que falta el segundo plato. El país de las hadas es un mundo que pide exceso, y cuando cierras el tomo la sensación no es de saciedad, sino de querer volver a lanzarte al barro. Si amas I Hate Fairyland, este tomo es obligatorio. Si no lo conoces, puede que algunas historias te parezcan caóticas o ligeras. Pero si entras en su juego, descubrirás un cómic que celebra la creatividad desatada, la violencia cartoon y el humor sin filtros. Fairyland sigue siendo un infierno precioso. Y gracias a estos relatos jamás contados, lo es más que nunca.

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