El tercer volumen de «Aliens Omnibus: La etapa original» es un tomo de lo más entretenido para los muy fans de los xenomorfos. Es un bloque (nunca mejor dicho) de memoria clásico. Una cápsula criogénica llena de ideas extremas, aciertos brillantes, excesos sin filtro y decisiones creativas tomadas en una época en la que el cómic comercial todavía se permitía ser raro, irregular y peligroso. Este tercer volumen no pretende ser el más elegante ni el más coherente de la colección, pero sí es, sin duda, el más revelador, porque muestra a la franquicia Alien en pleno proceso de desgaste, mutación y reinvención constante, como si el propio xenomorfo hubiera infectado la estructura editorial de Dark Horse.

A diferencia de los dos primeros ómnibus, que aún mantenían una línea relativamente clara heredera directa del cine con el terror claustrofóbico del primer Alien y la acción militar del segundo. Este tercer tomo se comporta como una colmena abierta, sin jerarquía clara, donde cada historia es una cámara distinta con su propia lógica interna. Aquí conviven miniseries largas, relatos cortos publicados en antologías, historias en blanco y negro, experimentos gráficos y homenajes colectivos. El resultado no es uniforme, pero sí profundamente coherente con la naturaleza del universo del octavo pasajero: un ecosistema hostil, imprevisible y en constante adaptación.
El tomo se abre con una pequeña historia de los números 22 al 24 de Dark Horse Comics que te incita a pasar las páginas como un loco. Después pasamos a Aliens: Berserker (#1–4), una de las propuestas más sólidas y reconocibles del volumen. Aquí encontramos a un grupo de marines coloniales especializados en recuperar estaciones espaciales infestadas de xenomorfos mediante tácticas extremas, incluyendo el sacrificio consciente de uno de los soldados como cebo para localizar nidos desde dentro. Es una idea brutal y efectiva, que conecta directamente con el espíritu de Alien de James Cameron, pero llevándolo a un terreno todavía más frío y deshumanizado. La guerra contra los aliens se presenta como un procedimiento industrial, casi mecánico, donde los soldados son piezas intercambiables. No hay épica, solo eficiencia y cadáveres. Esta parte funciona porque entiende que el verdadero horror no es el alien, sino lo rápido que la humanidad se adapta a convivir con él.

Tras este arranque potente, el tomo se diversifica rápidamente. Las historias protagonizadas por Herk Mondo, como Aliens: Mondo Heat y Aliens: Lovesick, introducen un tono completamente distinto. Mondo es un cazador de criaturas alienígenas, un personaje que rompe con la dinámica habitual de supervivencia y huida. Él persigue al xenomorfo, lo convierte en presa, en obsesión y en negocio. Estos relatos tienen algo de western espacial, algo de pulp clásico y bastante de humor negro. No buscan el terror puro, sino la expansión del universo Aliens hacia territorios más sucios y marginales, demostrando que la franquicia puede sostener historias alejadas del entorno militar tradicional sin perder identidad.
Entre los relatos cortos, Aliens: Pig se erige como uno de los más memorables y perturbadores. Ambientada en un matadero, la historia utiliza al xenomorfo como una extensión lógica del horror industrial, mezclando explotación, carne y violencia de una forma deliberadamente incómoda. No es una historia bonita ni sutil, pero sí tremendamente efectiva, porque conecta el terror alienígena con una realidad humana reconocible: la deshumanización sistemática. Es uno de esos relatos que encapsulan perfectamente la capacidad del cómic para incomodar más que cualquier adaptación cinematográfica.

El tomo también se permite el lujo de experimentar sin complejos con Aliens: Havoc (#1–2), una parte coral en la que más de cuarenta artistas participan dibujando una página cada uno. El resultado es una narración fragmentada y caótica, donde cada estilo gráfico ofrece una interpretación distinta del ataque alienígena. Hay páginas humorísticas, otras grotescas, otras directamente abstractas. Havoc no busca la inmersión tradicional, sino la celebración del mito, convirtiéndose en una auténtica galería de arte del extraterrestre con sangre de ácido. Es una rareza que solo podía existir en un formato como este ómnibus y en una época en la que la franquicia todavía se permitía jugar.
El lado más oscuro y reflexivo del volumen llega con historias como Aliens: Purge y, especialmente, Aliens: Alchemy. Aquí el xenomorfo se transforma en figura casi religiosa, en castigo divino o manifestación del mal. Alchemy, con arte de Richard Corben, es una de las joyas indiscutibles del tomo. Corben despliega su estilo grotesco y exagerado para convertir los cuerpos humanos en masas deformes, reforzando la sensación de corrupción física y moral. El alien deja de ser solo un animal perfecto para convertirse en una entidad demoníaca, utilizada por fanáticos religiosos como herramienta de purificación. Es un relato incómodo, visceral y profundamente perturbador, que demuestra hasta qué punto Aliens puede funcionar como horror simbólico. Otras historias apuestan por un terror más íntimo y psicológico. Aliens: Survival y Aliens: Kidnapped se centran en grupos reducidos de personajes, explorando el trauma, la paranoia y el precio emocional de seguir vivo tras el contacto con el xenomorfo. Aquí el alien no siempre necesita aparecer en primer plano; su mera presencia, su posibilidad, es suficiente para empujar a los personajes hacia decisiones extremas. En esta línea destaca especialmente Aliens: Glass Corridor, una historia minimalista y claustrofóbica donde el entorno cerrado se convierte en una trampa mortal. El uso del espacio, el silencio y la tensión constante hacen de este relato uno de los ejemplos más puros de terror alienígena del volumen. En el tramo final, el ómnibus apuesta por la ambición y la escala épica. Aliens: Apocalypse – The Destroying Angels introduce elementos mesiánicos, referencias a civilizaciones antiguas y una mitología que amplía el universo Aliens hacia terrenos casi místicos. Aunque no todas sus ideas funcionan con la misma fuerza, el simple hecho de atreverse a expandir la franquicia en esta dirección resulta estimulante. Es una historia que parece anticipar conceptos que años después el cine exploraría de forma más explícita, demostrando que los cómics de Aliens a menudo han ido un paso por delante. Aliens: Xenogenesis (#1–4) y Aliens (#1–4, 2009) funcionan como cierre del volumen y como puente hacia una etapa más moderna. Aquí se percibe unas tramas más contenidas y reflexivas, con una franquicia que parece haber aprendido de los excesos de finales de los noventa. Estas historias muestran que, tras un periodo de saturación creativa, Aliens supo reinventarse y volver con propuestas más equilibradas sin perder su esencia.

Uno de los grandes valores de este ómnibus es la impresionante lista de autores que participan en él. En los guiones encontramos a figuras clave del cómic como Mark Verheiden, arquitecto fundamental del universo Aliens en viñetas; John Wagner, aportando su característico tono duro y directo; Ron Marz, Chuck Dixon, Mike W. Barr, James Vance, Henry Gilroy, Darko Macan, Mark Schultz, Nancy A. Collins y David Lloyd, entre otros. Cada uno aporta una sensibilidad distinta, desde la acción más directa hasta el terror psicológico o el delirio místico, enriqueciendo el conjunto a base de contrastes.
En el apartado gráfico, el volumen es un auténtico catálogo de estilos noventeros y clásicos. Richard Corben destaca por su dominio del grotesco; Gene Colan aporta un trazo sombrío y casi onírico; Francisco Solano López ofrece una dibujo claro y sólido; Eduardo Risso demuestra lo bien que encaja su estilo con el terror; y David Lloyd, entre otros, construye atmósferas opresivas y claustrofóbicas. A esta lista se suman decenas de artistas más, especialmente en Havoc, donde nos encontramos a John Paul Leon, Moebius, Sergio Aragonés, John Stokes, o P. Craig Russell haciendo de este tomo una experiencia visual tan variada como imprevisible.

Con sus 1008 páginas la edición que publica Panini Comics en España en formato ómnibus se presenta como esa continuación tan buscada por los aficionados al xenomorfo. Con una portada firmada por Carlos Pacheco,Ana Murillo y Frank D´Armata el tomo deja claro desde el primer vistazo que estamos ante algo más que una simple recopilación: es un archivo total, una cápsula del tiempo del mejor cómic alienígena de los años noventa. En su interior se reúnen historias fundamentales como Aliens: Berserker 1-4, Aliens: Mondo Heat, Aliens: Lovesick, Aliens: Pig, Aliens Special, Aliens: Havoc 1-2, Aliens: Purge, Aliens: Alchemy 1-3, Aliens: Mondo Heat, Aliens: Lovesick, Aliens: Pig, Aliens Special, Aliens: Havoc 1-2, Aliens: Kidnapped 1-3, Aliens: Survival 1-3, Aliens: Glass Corridor, Aliens: Stalker, Aliens: Wraith, Aliens: Apocalypse – The Destroying Angels 1-4, Aliens: Xenogenesis 1-4 y Aliens 1-4 con material de Dark Horse Comics 22-24; Dark Horse Presents 101-102, 117, 121, 140 y Annual 1997, A Decade of Dark Horse 3 y Free Comic Book Day 2009: Aliens. La traducción corre a cargo de Alberto Díaz y Joseba Basalo ofreciendo un trabajo sólido que mantiene el tono militar, áspero y directo de los diálogos originales. Además de los números se incluyen una buena cantidad de extras como portadas realizadas por Chris Warner o Dave Monahan.
Como conjunto, el tercer tomo de «Aliens Omnibus: La etapa original «no es el más equilibrado ni el más accesible de la colección, pero sí es el más libre, el más salvaje y el más representativo de una época en la que el cómic de terror y ciencia ficción se permitía arriesgar sin red. Aquí hay historias brillantes y otras claramente fallidas, pero ninguna resulta indiferente. Es un tomo que pesa, que incomoda y que exige paciencia, pero que recompensa al lector dispuesto a adentrarse en su colmena. En definitiva, es un documento imprescindible para entender la evolución de Alíen en viñetas. No es un cierre cómodo ni complaciente, sino un retrato honesto de una franquicia llevada al límite de sus posibilidades creativas. Imperfecto, excesivo y profundamente noventero, sí, pero también valiente y lleno de ideas. Un volumen que, como el propio xenomorfo, sobrevive gracias a su capacidad de mutar, adaptarse y seguir aterrando incluso cuando parece haberlo mostrado todo.
