El segundo tomo de «La máscara de Fudo» no es simplemente la continuación de una buena historia. Es el momento en que Saverio Tenuta decide apretar el nudo hasta casi asfixiar al lector. Si el primer tomo nos hablaba del nacimiento de una leyenda marcada por el honor, la pérdida y la violencia ritual, este segundo volumen es su descenso definitivo a la oscuridad. Aquí no hay marcha atrás, no hay redención limpia ni consuelo posible. Solo queda aceptar que, cuando alguien se pone una máscara demasiado tiempo, acaba perdiendo el rostro que había debajo.

Han pasado varios años desde que Shinnosuke dejó de ser un campesino con sueños de grandeza. Ahora es Nobu Fudo, maestro del Dokutsu Dojo, guerrero temido y figura casi mítica. Pero ese ascenso tiene un precio terrible. La máscara que le otorgó fuerza, prestigio y poder se ha convertido en una extensión de su ser, una presencia constante que lo define y lo devora. Tenuta utiliza este segundo tomo para profundizar en esa transformación, mostrando a un protagonista atrapado entre lo que fue, lo que es y aquello en lo que está condenado a convertirse.
La búsqueda de la hermana desaparecida sigue siendo el eje de la historia, pero ya no se presenta como una esperanza, sino como una herida abierta que supura culpa y obsesión. La verdad que Fudo va descubriendo no lo libera, sino que lo empuja aún más hacia el abismo. En paralelo, la aparición de la plaga carmesí añade una capa de amenaza casi apocalíptica. No es solo una enfermedad que arrasa ciudades y cuerpos; es un síntoma de un mundo corrompido, de un equilibrio roto por fuerzas antiguas que jamás debieron ser despertadas.

En este punto, el papel de la madre de Fudo adquiere una dimensión trágica y perturbadora. Presentada como una figura frágil, casi delirante, su conexión con el antiguo culto de las sacerdotisas Hiroku y con las fuerzas oscuras que estas veneraban se convierte en uno de los motores más inquietantes del relato. El amuleto, las peticiones aparentemente inocentes, las medias verdades, todo conduce a una revelación que sacude los cimientos de la historia. Tenuta demuestra aquí una gran habilidad para manejar el suspense y la ambigüedad, jugando constantemente con la duda del lector: ¿locura o lucidez?, ¿amor maternal o delirio?, ¿sacrificio necesario o error irreparable?
Uno de los grandes temas de este segundo tomo es la identidad. La máscara deja de ser un simple objeto para convertirse en una idea poderosa y terrible. Aquello que utilizamos para sobrevivir puede acabar definiéndonos por completo. Nobu Fudo ya no actúa solo por voluntad propia, sino por inercia, por deber, por una violencia interior que se ha normalizado. Tenuta no idealiza esta transformación; la muestra como algo profundamente trágico. Fudo es fuerte, sí, pero también está solo, aislado, condenado a cargar con un legado que no ha elegido del todo. Tenuta alterna escenas de acción brutal con momentos más introspectivos, recuerdos del pasado y fragmentos casi oníricos que refuerzan la atmósfera de fatalismo. La historia avanza con decisión hacia un clímax en el que todas las piezas encajan, aunque no necesariamente de la forma que el lector desearía. No todo queda cerrado de manera definitiva, pero esa sensación de historia abierta, de leyenda inacabada, encaja perfectamente con el tono del conjunto.

Entonces llegamos al apartado gráfico, que es sencillamente descomunal. Saverio Tenuta se consagra aquí como un auténtico maestro de los lápices. Su uso de la acuarela es hipnótico. Colores terrosos, rojos intensos, negros profundos y mucha sangre. Cada página parece una ilustración cuidadosamente compuesta, pero nunca pierde claridad narrativa. La acción es violenta, directa, casi salvaje, pero al mismo tiempo posee una extraña belleza, una elegancia que transforma el horror en poesía visual. Los combates son uno de los grandes puntos fuertes del tomo. No se limitan a mostrar golpes y espadas chocando, sino que transmiten peso, dolor y consecuencias. Cuando Fudo lucha, lo hace con todo su ser, y eso se refleja en cada trazo. Hay escenas que resultan difíciles de olvidar. Enfrentamientos rodeados de caos, figuras casi espectrales emergiendo entre el humo y la sangre, miradas que dicen más que cualquier diálogo. Tenuta no busca el espectáculo vacío, sino una violencia cargada de significado, casi ritual.
El clímax de la obra es especialmente poderoso. El enfrentamiento con el mal antiguo que amenaza con cambiar el mundo para siempre no es solo una batalla física, sino un choque de destinos, de culpas heredadas y decisiones imposibles. Fudo se ve obligado a afrontar no solo a su enemigo, sino a sí mismo, a la sombra que ha ido creciendo bajo la máscara. Es un final intenso, oscuro y coherente con todo lo que la obra ha construido hasta ese momento.

Mención aparte merece la edición en castellano de Tengu Ediciones, que vuelve a demostrar un criterio editorial excelente. El volumen en cartoné, de gran formato, permite disfrutar plenamente del arte de Tenuta, con una reproducción del color impecable y un papel que realza cada matiz de la acuarela. Los extras incluidos, con ilustraciones del autor, son un añadido perfecto para comprender mejor su proceso creativo y su universo. Estas 106 páginas no son un punto y final, sino la de una puerta que se cierra lentamente mientras otra comienza a abrirse. Saverio Tenuta no opta por un desenlace rotundo y tranquilizador, sino por un final cargado de ecos, de heridas abiertas y de un silencio inquietante que pesa tanto como todo lo leído antes. Lo verdaderamente brillante de este cierre es que no se limita a clausurar una historia, sino que siembra el terreno para lo que vendrá después. Las fuerzas oscuras invocadas, los cultos antiguos, el desequilibrio espiritual que se extiende como una sombra sobre el mundo y la huella dejada por la plaga carmesí no desaparecen con la última viñeta. Permanecen latentes, como una amenaza que ha aprendido a respirar. En ese sentido, el final de «La máscara de Fudo» funciona también como un eslabón que conecta de forma natural con la siguiente gran obra de Tenuta: La leyenda de Las Nubes Escarlata.
