
Decir que «Juez Dredd: Necrópolis» es un cómic es casi insultarlo. Esto es una procesión fúnebre de proporciones bíblicas. Un descenso colectivo al abismo donde John Wagner, Carlos Ezquerra, Will Simpson y Jeff Anderson convierten Mega-City Uno en un mausoleo interminable. Un cementerio del tamaño de un continente, un mapa de muerte pintado con acrílicos, rabia y absoluta maestría. No hay introducción amable, ni aviso, ni anestesia. El tomo que incluye los números 662 al 699 de 2000AD te abre la tapa dura como si fuese la puerta de una cripta y te empuja dentro, sin prometer que volverás a salir igual. Es que pocas veces el universo del Juez Dredd ha sido tan grande, tan negro, tan devastador y tan perfecto.
Todo comienza cuando el hombre más temido de la ciudad, el juez que ha vivido, disparado y sentenciado durante décadas, decide que ya no cree del todo en aquello que representa. La fe de Dredd se tambalea como un rascacielos mal anclado antes de un terremoto, y el castigo que el sistema le ofrece es tan simbólico como brutal. La Larga Marcha hacia la Tierra Maldita, ese peregrinaje que solo los jueces agotados, quebrados o destinados a morir emprenden con dignidad estoica. Con Dredd fuera del tablero, Mega-City Uno queda vulnerable, expuesta, y como un cuerpo enfermo que ha perdido a su último anticuerpo, el mal encuentra su camino. Ese mal tiene nombre, y no es uno, sino varios: las Hermanas de la Muerte, Fobia y Náusea. Heraldos psicópatas del retorno definitivo de los Jueces Oscuros, y entre ellos, el más temido de todos, ese espectro que ríe mientras decreta la sentencia final de la existencia: el Juez Muerte.

Wagner mueve las piezas como un cirujano maniático, sabiendo que estamos asistiendo no a otra aventura más, sino a la catástrofe mayor. Kraken, el clon fallido, el hermano genético cuya mente ya ha conocido la sombra, ocupa el lugar del juez ausente en un simulacro que solo podía acabar mal. Poseído, manipulado, anotado para la tragedia, Kraken es el primer sacrificio del tablero, la primera ficha que se tumba para empezar un dominó que arrasa con todo. A través de él, las Hermanas tejen el puente psíquico que traerá a los Jueces Oscuros de vuelta al mundo de los vivos. Lo demás es matemático. Bruma de muerte, cielo negro, edificios convertidos en sarcófagos verticales y calles que amanecen con montañas de cuerpos. Mega-City Uno se extingue. Se apaga. Se pudre. Y nadie, ni siquiera Dredd, está allí para impedirlo.
Lo más fascinante de Necrópolis es que la historia jamás pierde el pulso humano incluso cuando la humanidad es reducida a cenizas. En medio de la carnicería, Wagner introduce dudas, confesiones, culpas y renuncias que jamás habíamos visto en esta serie. Dredd, lejos de la ciudad. Kraken, convertido en verdugo involuntario. McGruder, resurgida desde los márgenes como un fantasma implacable. La Juez Anderson, derrumbada pero esencial, sosteniendo la diminuta mecha de esperanza que aún queda. Cada personaje es una grieta por donde Wagner deja escapar luz o muerte según le convenga, y lo hace con un equilibrio quirúrgico que solo se construye tras décadas dentro del personaje.

Luego está el arte. El arte, madre mía. La sinfonía esplendida de Ezquerra, apoyada por Simpson y Anderson, funciona como un viaje hacia la locura. Acrílicos que parecen veneno. Sombras que parecen tumores. Figuras que se disuelven en manchas de agonía. Mega-City Uno deja de ser un escenario y se transforma en un cadáver gigantesco, diseccionado viñeta a viñeta. Cada página tiene la textura de una pesadilla húmeda. Cada composición de viñetas es un latigazo, cada secuencia es un zarpazo que deja marca. Si alguien preguntara cuál es el punto más alto del estilo de Ezquerra, habría que entregar este tomo y dejar que responda por sí mismo.
Este Necrópolis es también una clase magistral de cómo construir una epopeya sin perder ritmo. La historia avanza como una marcha militar que atraviesa el infierno. Muertes por miles, jueces convertidos en marionetas de los espectros, ciudadanos que ya no piden clemencia porque la clemencia misma ha sido abolida. Cuando por fin reaparece Dredd, no como un salvador sino como un hombre cansado que sabe exactamente lo que tiene que hacer, el lector siente un nudo en el pecho. La resolución, basada más en inteligencia y sacrificio que en balas, demuestra por qué Wagner es Wagner. Entiende que un héroe no existe aislado, sino en relación al mundo que intenta salvar, incluso cuando ese mundo está a punto de derrumbarse sobre él.

La edición de Dolmen remata la experiencia con una fuerza necesaria. Formato grande, color explosivo, reproducción impecable, prólogo de Sergio Aguirre con contextualización histórica. Como detalle tenemos la historia del Cuento del Hombre Muerto. Pieza fundamental que explica las grietas emocionales y mentales que llevan a Dredd a abandonar la ciudad. Este tomo no es solo una obra maestra rescatada. Es una puerta de entrada insuperable al personaje. Es dura, sí. Es abrumadora. Sí. Es oscura como el petróleo y sangrienta como un sacrificio ritual. También es accesible, hipnótica y totalmente autocontenida. Se puede leer sin bagaje previo, aunque, como siempre, quien conozca el pasado de los Jueces Oscuros disfrutará cada matiz, cada guiño, cada cicatriz remendada.
«Juez Dreed: Necrópolis» es, a fin de cuentas, uno de esos cómics que te dejan distinto cuando lo cierras. Es una celebración del terror, una distopía, una demostración del poder del cómic británico y un recordatorio de que Juez Dredd no solo es un personaje, sino una institución, un espejo roto donde se refleja lo peor de nosotros mismos. Con esta edición no solo recupera una saga esencial. Resucita un capítulo que sigue latiendo, 35 años después, con la misma violencia, la misma ambición y la misma precisión asesina con la que fue creado. Si te atreves, entra. Mega-City Uno te espera. Pero no te engañes: cuando salgas, si es que sales, no volverás a ser el mismo.
