Hay etapas que nacen rodeadas por una sombra demasiado grande para ignorarla, una especie de eco que retumba detrás de cada página como si te recordara, con una sonrisa torcida, que jamás volverás a leer algo igual. Eso le ocurrió a Daredevil después de Frank Miller. Había dejado la colección en un punto tan alto, tan afilado y tan emocionalmente devastador, que intentar continuar sin parecer una simple reverberación parecía una misión condenada al fracaso. Sin embargo, ocurrió lo contrario. En primer tomo Marvel Héroes de «Daredevil de Denny O’Neil» se demuestra que el héroe ciego todavía tenía mucho que decir. Aunque lo hiciera desde un lugar distinto, más terrenal, más sucio, más hijo de los ochenta.

Aquí entra en escena Denny O’Neil, un guionista que jamás escribió desde la imitación ni desde la comodidad. Su trayectoria, llena de momentos de ruptura en Batman o Green Lantern/Green Arrow, demuestra que O’Neil sabía caminar por senderos peligrosos sin perder la brújula moral que lo convertía en un narrador inconfundible. Tras ejercer como editor de la serie durante la era Miller, da un paso adelante y toma los mandos. Junto a él, un gigantesco elenco de talento: Alan Brennert, Larry Hama, Mike Carlin, Steven Grant, Harlan Ellison, Arthur Byron Cover, Bill Mantlo y Roger McKenzie en los guiones de números secundarios. Klaus Janson, Larry Hama, William Johnson, Luke McDonnell, Geof Isherwood, David Mazzucchelli, George Freeman y Jack Sparling en el dibujo; Klaus Janson, Larry Hama, Mike Mignola, Danny Bulanadi, Luke McDonnell, Mel Candido, Pat Redding, George Freeman, Ian Akin y Brian Garvey de entintadores y un equipo de coloristas que incluye a Klaus Janson, Glynis Wein, Christie Scheele, Bob Sharen, Julianna Ferriter y George Roussos. Es un desfile creativo inmenso, a veces irregular, sí, pero siempre fascinante. Y es precisamente esa imperfección la que convierte esta etapa en algo profundamente humano.
Lo primero que sorprende del tomo es cómo O’Neil construye una ciudad que palpita a base de historias cortas, personajes secundarios con vida propia y una constante sensación de que todo está a punto de desmoronarse. Nueva York vuelve a ser peligrosa, sí, pero es un peligro más cotidiano, más emocional. Matt Murdock sigue siendo un hombre dividido, atrapado entre las decisiones que otros tomaron por él y las que todavía debe enfrentar.

Los primeros números del tomo funcionan como una transición peculiar. Brennert y Hama calientan la máquina mientras Klaus Janson proporciona una continuidad valiosísima tras la marcha de Miller. Pero es a partir del número 194 USA cuando O’Neil toma la batuta por completo y empieza a construir su propio discurso. Uno que apunta a un Daredevil más vulnerable, llevado al límite por errores ajenos y por enemigos que actúan desde rincones más retorcidos de la moral humana. Entonces explotan los dos grandes momentos del tomo. El primero: la saga que devuelve a Bullseye al tablero, con Lobezno como invitado especial y un viaje a Japón que mezcla crimen, honor y ciencia ficción oscura en la operación de adamántium que pretende resucitar al asesino de Elektra. Es una aventura llena de adrenalina, de contrastes entre la brutalidad de Logan y la ética quebrada pero firme de Matt, y de una energía que ya anuncia la llegada del gran protagonista artístico del tomo: David Mazzucchelli.
El segundo momento es la irrupción de Micah Synn, un villano que recuerda a Kraven y que aquí funciona como un depredador urbano capaz de devorar Manhattan desde dentro. Sus apariciones van creciendo como una enfermedad silenciosa hasta convertirse en el eje de una batalla que obliga a Daredevil a establecer alianzas incómodas (incluyendo al propio Kingpin) en un gesto que encaja a la perfección con el tipo de realismo moral que O’Neil exploraba siempre.

En mitad de todo ello, como una joya inesperada, O’Neil cede el relevo en varios números al maestro Harlan Ellison, quien escribe una historia magistral. Un Daredevil atrapado en una casa repleta de trampas, con un joven Mazzucchelli que comienza a desatar todas sus armas artísticas. Esa historia es, sin exagerar, uno de los grandes tesoros del tomo. Y si hablamos de personajes, hay que destacar la presencia constante de la Viuda Negra, que no solo aporta dinamismo sino también una tensión que recuerda a los mejores tiempos de ambos. También aparecen figuras como Glorianna O’Breen, Ben Urich y un Foggy Nelson cuya estética ochentera ha adquirido con el tiempo un encanto inesperado. Por supuesto, la etapa tiene sus rarezas. Ballesta y Micah Synn parecen hijos bastardos de personajes más famosos; algunos números se sienten dispersos; y la colección atravesó un momento comercial complicado, hasta el punto de que Matt Murdock quedó fuera de Secret Wars. Pero incluso así, O’Neil nunca pierde el hilo conductor. Hace que Daredevil siga avanzando, sangrando, cayendo y levantándose.
La guinda final es la edición de Panini Cómics con los números Daredevil #192-214 y material de Marvel Fanfare #7 y #15, formato cartoné, con 600 páginas en color y traducción de Gonzalo Quesada. Además, incluye una estupenda introducción de Pedro Monje, entrevistas originales a O’Neil y Janson, anuncios vintage, además de portadas realizadas por Bill Sienkiewicz, John Byrne, Terry Austin o Mike Zeck entre otros. Es, por fin, la manera adecuada de recuperar una etapa que llevaba demasiado tiempo perdida entre reediciones parciales.

En conclusión, este primer tomo del «Daredevil de Denny O’Neil» no aspira a ser un nuevo hito revolucionario; aspira a ser un relato sólido, intenso, lleno de ideas, con villanos memorables, con experimentos formales, con autores en plena mutación creativa y con un respeto profundo por la esencia del personaje. Es una lectura ágil, entretenida, repleta de giros y momentos inolvidables. No es una etapa a la sombra de Miller, sino un eslabón imprescindible del viaje del Hombre sin Miedo. Un tomo para redescubrir, valorar y disfrutar sin prejuicios. Daredevil sigue siendo Daredevil: vulnerable, testarudo, humano y eternamente fascinante.
