«Hércules, Príncipe del Poder: La Colección Completa» es uno de esos tomos que caen en tus manos y no sabes si sentarte a leerlo inmediatamente o levantarlo por encima de tu cabeza mientras gritas “¡Yo también soy un semidiós!” como si estuvieras posando para una portada de los ochenta. Bob Layton creó aquí un festín cósmico que atraviesa siglos, planetas y despropósitos mitológicos, y Panini lo recopila todo en un señor tomo de 432 páginas que te mira desde la estantería con cara de “atrévete a abrirme, mortal”. Pocas veces una obra tan gamberra, tan olímpicamente desatada y despreocupada de cualquier formalidad, ha brillado con tanta fuerza en el catálogo Marvel, y tenerla reunida, en tapa dura, con extras y todas las locuras imaginables, es casi un acto de justicia divina. Porque Hércules no es solo un personaje: es un género en sí mismo. Un género hecho de músculos, risas, exceso y un corazón que late al ritmo de un brindis tras otro.

Todo comienza en una escalada al mismísimo Olimpo, en los números ”Hercules: Prince of Power”. Cuando el hijo de Zeus, aparentemente cansado de repartir mamporros y filosofías baratas en la Tierra, decide que el universo entero merece conocer su grandeza, su encanto irresistible y su tendencia natural a meterse en problemas antes incluso de terminar una frase. Aquí Layton deja claro desde el principio que no quiere escribir una epopeya solemne ni un drama espacial profundo. Quiere una aventura donde cada página pueda explotar de humor, acción y situaciones absurdas que funcionan precisamente porque el protagonista es un dios que jamás se toma a sí mismo demasiado en serio. La pregunta no es “qué hará Hércules”, sino “qué desastre va a provocar sin querer o queriendo”.
El compañero perfecto para esta odisea es El Registrador, un rigeliano robotizado con la lógica de un ordenador y la paciencia de un santo. Cuya misión es observar, registrar y sobrevivir a la compañía de su amigo olímpico. El Registrador no entiende el caos del mundo mortal, y mucho menos los impulsos de Hércules, pero esa frialdad lo convierte en la contraparte ideal del semidiós. Donde Hércules improvisa, él calcula; donde Hércules abraza a todo el mundo, él analiza; donde Hércules destruye un bar espacial por accidente, él toma nota con serenidad. La dinámica entre ambos es algo muy jocoso en todas las páginas que interactúan. El humor surge de la colisión entre dos formas opuestas de comprender el universo, y Layton lo aprovecha para crear escenas memorables que van desde la acción más desenfrenada hasta diálogos que parecen sketches cósmicos.

Los encuentros que Hércules vive a lo largo del tomo son una mezcla deliciosa de épica clásica y delirio espacial. Hay planetas enteros que se sienten como salas de fiesta a punto de explotar, razas alienígenas que no tienen ni idea de lo que significa tener a un semidiós paseándose por allí, y criaturas tan extrañas que solo Layton podría haberlas imaginado. Entre los rigelianos, los skrulls, los seres inmensos que parecen sacados de un álbum de heavy metal y hasta el mismismo devorador de mundo, la sensación es que cada capítulo quiere superar al anterior en creatividad absurda. Sin embargo, nada parece fuera de lugar. El universo Marvel siempre ha coqueteado con el exceso, pero Hércules es el personaje que mejor lo encarna. Él mismo es un exceso con patas, uno que funciona porque Layton nunca pierde de vista su humanidad básica.
Por supuesto, uno de los puntos fuertes de esta colección es la aparición de figuras mayores, como Galactus. No hablamos del Galactus solemne que exige respeto y silencio cósmico, sino una versión que parece preguntarse constantemente por qué este semidiós hiperactivo insiste en tratarlo como si fueran colegas tomando algo en una terraza espacial. Las escenas entre ambos funcionan por contraste. La seriedad abismal del Devorador de Mundos frente al entusiasmo despreocupado de Hércules, que no teme hacer chistes en presencia de una entidad que podría borrar un sistema solar con un bostezo. Layton juega con esta idea sin parodia, logrando momentos en los que la comedia se integra de forma orgánica con la grandeza del universo Marvel. Galactus no pierde dignidad, pero Hércules tampoco pierde ocasión de recordarnos que incluso entre dioses y cósmicos, él es un caos especial.

Pero si el humor es constante, también lo es la épica. Layton no se olvida de que Hércules es un semidiós con un pasado lleno de gloria, tragedias y cuestionamientos. A través de sus viajes, el protagonista no solo reparte golpes y carcajadas, sino que se enfrenta a ideas sobre el legado, la inmortalidad, el peso de los siglos y la soledad que puede acompañar a quienes viven demasiado tiempo. Hércules es un héroe que a menudo parece infantil, pero esa fachada esconde a un personaje que ha sufrido más de lo que admite. Layton lo muestra de manera sutil. Pequeños momentos en los que la sonrisa se le apaga, en los que recuerda quién es y lo que ha vivido, permitiendo que la obra no sea solo un desfile humorístico sino también un retrato complejo de un dios que necesita reír para no caer en la melancolía.
Dentro de esta colección destacan joyas como la «Marvel Graphic Novel: Full Circle«: Una historia que demuestra la versatilidad de Layton. Aquí combina la aventura clásica con un toque emocional que engrandece al personaje. La narrativa fluye con elegancia, alternando momentos espectaculares con escenas íntimas donde Hércules debe enfrentarse a sus errores, sus dudas y sus relaciones más profundas. Es una pieza que aporta gravedad sin romper el tono general y que además permite ver la evolución del autor, mostrando que no todo es chiste fácil. También hay espacio para reflexiones sinceras sobre la responsabilidad, la familia y lo que significa ser un mito viviente.

Luego llega uno de los platos fuertes. «Hercules: Twilight of a God«, la miniserie que cierra la etapa de Layton y que funciona como una carta de amor al personaje. Aquí vemos a un Hércules más viejo, algo más sabio, pero igual de terco y de amoroso. La historia aborda temas como la familia, la vejez, el legado y el sacrificio, sin perder nunca la chispa de humor que define al héroe. Es un final perfecto porque no se basa en reducir a Hércules, sino en completarlo. Muestra lo que siempre ha sido, un héroe impulsivo lleno de fuerza y emociones, un dios que encuentra su sentido en los vínculos, en los afectos y en la protección de aquellos que ama. Twilight of a God es el broche que justifica todo lo anterior y que deja un regusto inesperadamente dulce. En este caso, lo guiones son de Layton pero los dibujos los realiza Ron Lim junto a Mike Cavallaro dando una especie de continuidad al estilo mostrado anteriormente. Otro momento delicioso es el célebre número de Thor incluido en el tomo: Mighty Thor #356. Esta historia realizada por Bob Harras al guion, Jackson Guice al dibujo y Bob Layton como entintador es una fiesta de principio a fin. Contada desde la perspectiva de Hércules, que recuerda un encuentro con su colega asgardiano de una forma tan exagerada, tan llena de agujeros y tan obviamente adornada que solo puede producir carcajadas. Es el colofón perfecto para estos relatos que aglutinan todos los encontronazos del Príncipe del Poder.
La edición de Panini junto con SD Distribuciones es viene en tapa dura con restauración del color y traducción de Rafael Marín. Incluyen los números Hercules: Prince of Power 1-4, vol. 2, 1-4, Marvel Graphic Novels. Hercules: Full Circle, Hercules: Twilight of a God 1-4, The Mighty Thor 356 y material de Marvel Tales 197, Marvel Comics Presents 39-41. Estos últimos son enlaces perfectos entre las miniseries que se incluyen en el tomo. Además, tenemos una introducción de Pedro Monje explicando los entresijos de donde viene este material. Así como dos entrevistas a Bob Layton realizadas por Steve Ringgenberg y Gregory Wright.

Es un volumen pesado, contundente, de esos que parece que han salido directamente del Olimpo para estrellarse en tu mesa. La sensación de tener “toda la epopeya” en un solo tomo es maravillosa, porque permite recorrer la evolución del personaje y del autor sin interrupciones. Disfrutando de cada arrebato humorístico, cada batalla absurda y cada reflexión con continuidad natural. Tanto para aquellos que no conozcan al personaje. Como los que llevamos viéndolo mucho tiempo, este tomo está pensado para que no necesites más que estas páginas para conocer a este curioso dios del Olimpo.
En conjunto, «Hércules, Príncipe del Poder: La Colección Completa» es una celebración pura de lo que hace grande al cómic de superhéroes cuando se quita el corsé y decide simplemente pasarlo bien. No pretende cambiar el género ni reinventar la rueda; pretende recordarnos que leer cómics puede ser una alegría simple y explosiva. Una aventura compartida con personajes que, aunque están hechos de mitos y músculos, también están llenos de humanidad. Hércules no es un héroe perfecto. Es un torbellino, un desastre, un encanto, un idiota entrañable y un dios que ama demasiado la vida como para tomársela en serio. Esa combinación, tan de Bob Layton, tan de Marvel, convierte este tomo en una lectura interesante para quienes buscan diversión sincera, épica ligera y personajes que dejan huella no por sus tragedias, sino por su capacidad de arrancar sonrisas incluso en mitad de una batalla sideral. Cuando cierras el libro, sientes que has viajado con un amigo ruidoso y exagerado, uno que siempre tiene una historia imposible que contar y que, en el fondo, te recuerda que incluso los dioses necesitan reírse para seguir adelante. Aquí, en estas 432 páginas de locura y corazón, Hércules demuestra por qué sigue siendo el Príncipe del Poder y porque es imposible no quererlo.
