Adentrarte en el primer tomo de «Eddie Brock: Matanza» es como abrir una puerta que no deberías tocar. Una puerta que vibra, que respira, que tiene algo al otro lado que conoce tu nombre, aunque tú jamás hayas pronunciado el suyo. Se considera “el protector más letal”, aunque se acerca más a un cadáver oloroso y tibio. Eso que Charles Soule y Jesús Saiz te dejan sobre la mesa para que lo disecciones mientras aún se mueve. Porque este primer tomo no empieza: supura. Entre los restos de Venom War, Eddie Brock está roto, física y mentalmente. Lo único que lo mantiene en pie es un pacto tan absurdo como desesperado. Compartir su cuerpo con Matanza, la entidad asesina que ha destrozado incontables vidas. No es una alianza, ni un acuerdo, ni una tregua. Es supervivencia en estado puro, como dormir abrazado al animal que podría devorarte la cara a mitad de la noche. Eddie lo sabe. Matanza lo sabe. Tú lo sabes desde la primera página.

Soule escribe esta historia como si hubiera pasado semanas encerrado en una habitación oscura con el simbionte susurrándole ideas al oído. No hay compasión. No hay redención. Solo un Eddie reconvertido en cazador de asesinos en serie. No por sentido de justicia, sino para calmar a la bestia roja que lleva bajo la piel. Cada investigación que emprende es un chantaje, cada nombre en la lista es un sacrificio ofrecido al monstruo para que no arranque columnas vertebrales al azar. Aun así, percibimos ese temblor en la atmósfera. Matanza quiere más. Siempre más. Los diálogos internos entre ambos son lo mejor del tomo. Suenan como dos voces en un sótano inundado, atrapadas, obligadas a escucharse, odiándose, pero compartiendo una vida. Eddie intenta imponer límites, pero sus pensamientos tiemblan. Matanza responde con una calma homicida, como un depredador que se sabe inevitable. A veces Eddie miente, a veces el simbionte se burla, a veces ambos callan y el silencio pesa más que la sangre derramada. Soule además usa un personaje de lo más armado y nunca mejor dicho para hacer esa contrapartida entre lo viscoso y lo tecnológico.
En el aspecto gráfico, Jesús Saiz no dibuja: disecciona. El arte que despliega en estas páginas supera con creces lo que uno espera de una serie de simbiontes. El horror corporal es constante: cuerpos fragmentados, piel hinchada por el simbionte intentando escapar, tentáculos que brotan como nervios expuestos, rostros deformados por la posesión simbiótica. Saiz captura ese terror íntimo, ese miedo que no viene del monstruo, sino del hecho de que el monstruo está dentro de ti. Es una sensación que te acompaña hasta la última página. Es la clase de dibujo que hace que mires tu propio brazo esperando que algo se mueva debajo de la piel. Por otro lado, el color de Matt Hollingsworth funciona como un respirador conectado a la historia. Tonos apagados, cansados, casi enfermos, que estallan en rojo cada vez que Matanza asoma sus dientes. Ese contraste convierte cada escena violenta en un sobresalto, como una alarma que se enciende en mitad de la madrugada. El rojo aquí no es color. Es lenguaje. Es hambre.

Soule, además, tiene la inteligencia de no convertir esto en un festival gore sin propósito. Sí, hay violencia. Sí, hay vísceras. Sí, hay brutalidad simbiótica del nivel que Marvel suele reservar para las etiquetas Red Band. Pero la clave está en el tono psicológico. Eddie no es simplemente un hombre con un monstruo dentro. Es un hombre que empieza a preguntarse si siempre fue el monstruo. Si Veneno fue una excusa. Si Matanza es un espejo. Y ese terror, ese terror íntimo, ese que más duele, es el que da a este tomo su verdadera identidad. Porque, en el fondo, esta serie no trata sobre asesinos en serie. Ni sobre simbiontes. Ni sobre batallas sangrientas. Trata de alguien que intenta mantener algo dentro de sí encerrado con las manos desnudas. Sabes que va a fallar. Todos lo sabemos. Incluso él lo sabe. Soule solo está mostrando el proceso, paso a paso, deslizándose hacia una pérdida inevitable de control.
La edición de Panini viene en pequeño tomo en rústica que parece inofensivo hasta que lo abres. Las 80 páginas están cargadas con todo lo necesario para que el veneno entre rápido en el sistema. Los tres primeros números de la serie Eddie Brock: Carnage 1-3 y material de Free Comic Book Day: Spider-Man/Ultimate Universe. Un puñado de portadas alternativas, en pequeño tamaño, que parecen rituales gráficos invocando a Matanza, y al final una columna de Bruno Orive que actúa como informe clínico sobre los horrores que vas a contemplar. Es una edición engañosamente pulcra, quirúrgica, que esconde su verdadera naturaleza. Un contenedor rojo y blanco que se abre como una boca y te invita a entrar. Y lo peor es que entras. Siempre entras.

El mayor triunfo del cómic es cómo transforma a Eddie en un protagonista trágico. Ya no es un antihéroe ni un villano reformado. Es un hombre agotado, fracturado, peleando contra una entidad que no entiende de moral ni de límites, y que disfruta. La fusión entre ambos está tan bien escrita, tan bien dibujada, que da miedo pensar en lo que ocurrirá cuando uno de nuestros personajes deje de respeta al otro. Por eso, cuando cierras el tomo, no recuerdas las peleas. No recuerdas los casos. No recuerdas los cadáveres. Recuerdas algo más inquietante: la certeza de que Eddie Brock ya no está solo en su cabeza y probablemente tampoco en la tuya. El primer volumen de «Eddie Brock: Matanza» no te ofrece solamente el inicio de una historia. Te ofrece un virus. Y ahora que lo has leído, ya lo llevas dentro.
