Hay tomos de superhéroes que se leen como si uno estuviera hojeando un informe técnico: eficientes, prácticos, necesarios, pero sin alma. Luego están estos otros, los que destilan esa extraña sensación de estar presenciando algo importante. Algo que no se limita a avanzar la continuidad, sino que la toma, la corta, la cose, la reinterpreta y la lanza hacia adelante con una convicción casi insultante. Este tercer volumen de la línea Marvel Deluxe de «Los 4 Fantásticos de Dan Slott» pertenece a esa segunda categoría. No porque reinvente la rueda, sino porque entiende lo que significa ser parte de la mitología más antigua de Marvel sin caer en la veneración arqueológica ni en el remake disciplinado.

Dan Slott, después de dos años de tropezones, reajustes y arcos que parecían ejercicios respiratorios antes de entrar en materia, por fin escribe con la seguridad del que ha encontrado el compás. Este tercer año no solo huele a confianza, sino también a madurez, a planificación larga y a ganas de demostrar que sí, que él era una elección válida para custodiar la cabecera que inauguró la Casa de las Ideas. Con los crossovers casi evaporados y el resto de encargos fuera de su mesa, Slott trabaja como si, por primera vez, tuviera espacio en el escritorio para desplegar todos sus juguetes.
La promesa es tentadora: nueva era, nuevos dibujantes, nuevos villanos, nuevos uniformes, nuevo cuñado interdimensional que llega a casa sin avisar. Slott abre este tomo con la energía de quien dice: “Ahora sí, ahora vais a ver lo que tenía guardado para Los 4 Fantásticos”. Porque el arranque es puro ADN doblemente fantástico: ciencia imposible, planetas al borde de la extinción, dilemas morales gigantescos, vecinos enfadados porque la calle Yancy vuelve a inundarse de alienígenas y Reed Richards montando artefactos que nadie en su sano juicio debería encender sin llevar al menos dos testamentos firmados.

El Portal Eterno es la excusa perfecta. Un agujero mágico-tecnológico que conecta mundos, universos y, sobre todo, excusas para que Slott meta a media galaxia en un tomo. Lo usa para expandir, para rescatar personajes que los lectores llevan años suplicando que alguien recuerde, y para meter a otros que nadie pedía pero que funcionan como engranajes perfectos. La visita de viejos secundarios o incluso las ideas locas de la época Hickman, se mezclan como ingredientes que, en manos de otro guionista, harían un guiso indigesto, pero aquí se convierten en una sopa cósmica deliciosa que te obliga a seguir leyendo cucharada tras cucharada.
Lo que hace divertido este tomo es que Slott, por primera vez en mucho tiempo, fluye. Se nota que escribe solo esta serie. Se nota que respira. Que no corre. Que no tiene que pensar en diez cosas diferentes pidiéndole tie-ins simultáneos. Y eso hace que la lectura sea más ligera, más atrevida, más juguetona. La trama coral, que podría parecer demasiado ambiciosa, funciona porque él entiende que Los 4 Fantásticos no son un equipo. Son un lío familiar del tamaño de una supernova donde cada miembro tiene su propio drama, su propia agenda y su propia manera de meterse problemas. Ahí es donde este tomo brilla: en los personajes. Valeria continúa siendo la niña genio más peligrosa de Marvel desde que Peter Parker dejó de estudiar. Franklin atraviesa una crisis de identidad digna de cualquier adolescente, pero multiplicada por niveles cósmicos. Ben Grimm consigue uno de sus momentos más emocionales desde tiempos de Waid y Weiringo. Johnny, para variar, intenta no ser un desastre sentimental y fracasa gloriosamente. Reed y Sue, por su parte, mantienen esa dinámica de matrimonio funcional pero lleno de secretos, silencios y sacrificios que Slott explota sin caer en la telenovela barata.

Luego está El hombre. El mito. El icono. El que entra en una habitación y automáticamente convierte cualquier historia en un diez por puro carisma autoritario: Víctor Von Muerte. Aquí Slott lo trata con reverencia, humor y mala leche. Porque sí, llega uno de los platos fuertes del tomo: la boda del Doctor Muerte. Puedes pensar que es un relleno o un error, sin embargo, el enlace matrimonial es un acontecimiento más espectacular, melodramático y lleno de protocolo asesino que cualquier evento Marvel reciente. Si no tienes invitación, te ejecutan. Si tienes invitación, también puedes morir, pero al menos con un canapé en la mano.
Slott convierte este arco en una comedia dramática de altos vuelos que mezcla espionaje, traiciones, momentazos de Reed y Víctor y un Javier Rodríguez que ilustra una secuencia tan hermosa que podrías imprimirla, enmarcarla y decirles a tus visitas: “Esto es arte contemporáneo, disfruta de la vista”. El resultado es un capítulo que funciona como cápsula independiente pero que a la vez potencia todo el lore entre ambos personajes. Cuando crees que el tomo ya ha mostrado todos sus trucos, llega el número 35 (el de los 60 años de la colección) y te suelta un bofetón de ambición retro futurista. Slott llama a John Romita Jr. para celebrar la ocasión, mete a toda la familia de Kang (que siempre llegan como si fueran los primos pesados que aparecen en Navidad), recupera la AVT, juega con líneas temporales, revisa la historia de la colección, añade humor, y aún tiene tiempo para encajar un par de sorpresas que preparan el camino hacia su final de etapa. Es un número gigantesco y excesivo, pero precisamente ese es su encanto. Los 4 Fantásticos merecen números así.

A nivel gráfico además de los autores ya nombrados, el tomo es un desfile de talentos como Paco Medina, Juanan Ramírez, Zé Carlos, Luca Maresca, Jason Loo o Paul Renaud. Con ese equipo sería una locura, pero el 70% del trabajo recae en R. B. Silva. Eso mantiene la coherencia estética. Silva está espectacular: figuras dinámicas, ciencia ficción vibrante, expresiones humanas, arquitectura imposible. Es uno de los mejores artistas del mainstream actual, y aquí se luce como si Marvel le hubiera dicho: “haz lo que quieras, queremos que este comic entre por los ojos”.
Por otro lado, la edición de Panini es sólida: cartoné, buena impresión, poquitos extras y una traducción fluida de Uriel López que no rompe el ritmo. Además de tener los números Fantastic Four #25-35, nos encontramos con las portadas de Mark Brooks y Alex Ross. Así como las alternativas de Skottie Young, Valerio Schiti con Marte Gracia o Ron Lim e Israel Silva entre otros. De ahí que, al terminar estas 352 páginas te queda la impresión de que Slott, después de dar tumbos, por fin encontró la frecuencia exacta en la que vibran los 4 Fantásticos. Esa mezcla de caos doméstico, ciencia irresponsable y épica con corazón que solo esta familia puede ofrecer. Es como si alguien hubiera ajustado el dial y, de repente, todas las interferencias desaparecieran para dejar paso a una melodía clásica, luminosa y completamente Marvel. Si este volumen es la brújula, el destino pinta bien. Muy bien. Tan bien que solo queda acomodarse, pedir permiso a la Fundación Futuro para utilizar el siguiente portal y confiar en que, cuando llegue el final, Slott nos entreguen ese estallido cósmico que los 4F merecen. Porque si algo queda claro es que esta familia, cuando funciona, no necesita salvar el Universo Marvel: lo redefine.
