Abrir «Juez Dredd: Dredd vs. Muerte» es como meter la mano en una tostadora del infierno mientras oyes a alguien gritar “¡La ley no se negocia!” desde detrás de un muro blindado. No es un tomo, es una embestida. Un ariete en forma de cómic. Una bofetada jurídica conectada directamente al sistema nervioso. Lo mejor de todo es que lo sabes desde la portada. Con Brian Bolland, John Wagner, Alan Grant, jueces, muertos que creen que vivir es ilegal, y Mega-City One ardiendo en segundo plano como si acabase de aprobarse una nueva tasa por respirar. Lo abres y te preguntas: “¿estoy preparado?”. La respuesta correcta es “no”. Pero entras igual. Porque este volumen no pide permiso. Te arrastra, te sacude, te pasa por encima con un caballo desbocado y luego te da las gracias por participar.

La edición de Dolmen, con traducción de Alberto Díaz, es como bajar a las catacumbas con una linterna oxidada y encontrarte un tesoro forrado en púas. Todo luce mejor que nunca. El blanco y negro brilla a base de sombra y suciedad. Las páginas restauradas son como abrir una tumba recién pintada, y los extras (más de cincuenta páginas) son un parque temático del horror. Pero el corazón del tomo, el verdadero festín sangriento, son las historias clásicas del enfrentamiento definitivo entre Juez Dredd, ese tanque con mandíbula, y Juez Muerte, ese cadáver iluminado por mala leche metafísica. Y decir “enfrentamiento definitivo” es quedarse corto. Aquí asistimos al choque entre dos formas de entender la justicia. Una (la de Dredd) ya de por sí peligrosa. La otra (la de Muerte) absolutamente idiota y tan letal que hace que los villanos normales parezcan payasos de cumpleaños.
El planteamiento es tan sencillo como grotesco. Juez Muerte procede de una dimensión alternativa donde los jueces decretaron que vivir es un crimen. Lo cual explica por qué dejaron de tener problemas de criminalidad: mataron a todo el mundo. En esa lógica absurda radica su encanto. Muerte no quiere dominar Mega-City One, ni instaurar un imperio, ni vengarse de nadie; simplemente quiere cumplir la ley según su criterio: si respiras, mueres. Punto. Así, con la frialdad administrativa de quien completa un formulario. Su voz, ese “¡Todos seréis juzgados!” que se te mete en el cráneo, es la firma sonora de la saga. Cuando aparece él, aparecen sus colegas: Juez Fuego, una antorcha humana agresiva con el carisma de un bidón de gasolina derramado; Juez Miedo, un demonio con una trampa para ratones por cara capaz de congelar el alma; y Juez Mortis, una suerte de plaga con placa, una enfermedad con botas, una figura que convierte todo lo que toca en polvo. Con semejante cuadrilla, Mega-City One tiene más posibilidades de supervivencia que una cucaracha en una barbacoa nuclear.

Esta historia no sería ni la mitad de intensa sin el papel fundamental de la Juez Anderson. Esa telépata, rebelde con causa y contrapunto emocional del tomo. Anderson no solo ayuda, sino que equilibra. Su presencia suaviza lo que Dredd no sabe o no puede articular. Defender la ley no significa convertirse en un robot. Su capacidad para pelear en el terreno espiritual es crucial para contener a los Jueces Oscuros. Es la chispa empática dentro de un sistema desprovisto de empatía. Y, para colmo, es el personaje más consciente del absurdo profundo de Mega-City One, ese circo distópico lleno de criminales homicidas, ciudadanos deprimidos y edificios más inestables que la política municipal. Anderson mira el caos y sonríe. Sabe que si no se ríe, se vuelve loca. Quién quiere más locos en una ciudad que ya tiene de sobra.
Cuando uno se sumerge en el volumen, descubre algo fascinante. Dredd vs. Muerte no es solo acción, sino sátira, crítica social, terror y humor negro. De hecho, el guion de John Wagner y Alan Grant funciona como un bisturí que corta con precisión en la carne corrupta del poder absoluto. Aunque la acción sea espectacular, lo que verdaderamente te engancha son las ideas: ¿qué significa impartir justicia en una sociedad destrozada por el exceso de control? ¿Cuánto del odio de los Jueces Oscuros se refleja en el propio sistema de los jueces normales? ¿Hasta qué punto Dredd está a un mal día de volverse tan peligroso como Muerte? Estas preguntas planean sobre cada viñeta como drones en plena guerra. Además, no hay respuestas simples. El cómic te hace reír, te hace temblar y te hace reflexionar mientras un zombi judicial intenta sacarte la columna vertebral. Maravilloso.

Si Wagner y Grant ponen la dinamita, Brian Bolland la detona con precisión. Su arte es puro veneno. Nadie dibuja como él. Nadie. En sus manos, Mega-City One se vuelve una pesadilla hiperdetallada donde cada sombra amenaza con devorarte. Sus líneas son tan nítidas que cortan. Su diseño de Muerte y los demás Jueces Oscuros sigue siendo hoy, décadas después, uno de los referentes absolutos del cómic de terror. Los ojos hundidos de Muerte, su boca rígida, sus manos huesudas, su postura de oficinista del más allá todo en él es perfecto. Bolland crea la expresión definitiva del nihilismo animado. Y cuando no está él, entran otros: Brett Ewins, Cliff Robinson, Robin Smith, Alex Roland, Andy Clarke o Bryan Talbot. Cada uno aporta su sabor propio, ya sea salvaje, nervioso, experimental o grotesco. Pero todos mantienen la cohesión y el tono. La obra respira unidad a pesar de ser un mosaico de estilos. Y eso, en un cómic episódico, es casi un milagro editorial.
En medio de todo este delirio, hay un detalle imprescindible: la edición de Dolmen. Porque sí, puedes leer estas historias en otros formatos, pero esta edición está hecha con un cariño casi artesanal. Textos adicionales, contexto editorial e histórico, galerías de portadas, bocetos, comparativas de restauración. Es un volumen que no solo recopila, sino que celebra. Celebra a Dredd como icono cultural, celebra a Bolland como genio gráfico, celebra a Wagner y Grant como arquitectos de la distopía más divertida y aterradora del cómic británico. Y celebra el legado de 2000 AD como una fábrica de ideas salvajes que, cuarenta años después, siguen frescas, rabiosas y peligrosamente actuales.

Porque esa es otra: este tomo no envejece. Nada aquí ha perdido fuerza. Los discursos de los Jueces Oscuros, la frialdad del sistema judicial de Mega-City One, la ironía, la sátira, el miedo al exceso de autoridad, la obsesión por regular, medir, castigar. Todo aparece con inquietante claridad. Dredd es un personaje nacido para ser comentario social, y Juez Muerte es su reflejo en un espejo roto. Uno mata para preservar el orden. El otro mata porque cree que el orden absoluto es la muerte. Ambos creen que tienen razón. Ese enfrentamiento filosófico sigue siendo tan potente ahora como hace décadas, quizá incluso más.
Sin darte cuenta, llegas al final del tomo con la sensación de haber sido testigo de algo monumental. No monumental en el sentido solemne, sino en el salvaje. Como ver un edificio colapsar en cámara lenta mientras un cadáver con uniforme te explica por qué te lo mereces. «Dredd vs. Muerte» es eso. Un clásico que sigue mordiéndote con la misma fuerza que el primer día. Un choque de titanes que define lo mejor y lo peor del universo de Dredd. Una obra que merecía estar de nuevo disponible en las librerías y te recuerda que la justicia absoluta es tan aterradora como el caos absoluto. Si quieres entrar en Mega-City One por la puerta grande, esta es la entrada. Si ya has estado allí antes, esta es la visita guiada definitiva. Y si nunca has leído a los Jueces Oscuros en condiciones, prepárate: susurros, huesos, fuego, terror, sátira, locura y un juez que jamás parpadea. El crimen es vida. Y tú estás vivo. Así que, oficialmente, este cómic te está buscando. Di que sí. Entrégate. Vas a disfrutar cada puñetera página.
