El tebeo de «Macarras interseculares» te hace aparecer en Madrid en los años ochenta. Abrir una puerta, notar que chirría, y descubrir que todo el mundo te ha mirado a la vez porque huelen que eres nuevo. Esa sensación de “como digas una tontería, sales por la ventana”, ese ambiente cargado de humo, sospecha y autenticidad, es exactamente el tono que Iñaki Domínguez y Marina Cochet rescatan en esta adaptación gráfica. Un cómic que no quiere ser bonito, sino verdadero; no quiere ser amable, sino exacto; no quiere que te enamores, sino que entiendas. Y vaya si entiendes.

El viaje que proponen es un descenso (o ascenso, según cómo lo vivas) a las entrañas de un Madrid sin filtros, sin maquillaje y sin la gloria inventada de los documentales que solo muestran la Movida como si fueran los Beatles en versión castiza. Aquí la Movida tiene dientes, y muerde. Aquí las tribus no son estilismos: son códigos de guerra. Aquí los yonquis no son metáforas. Son personas que resbalan por el borde de la ciudad. Aquí cada barrio es un territorio, cada garito un templo y cada tribu un ejército improvisado.
Lo primero que sorprende es lo bien que se entienden guion y dibujo. Domínguez tiene un radar sobrenatural para detectar el relato oral que esconde pólvora. Esas historias que se han transmitido en bares, parques, bancos de plaza y calabozos. Historias que no están en ningún archivo porque nunca pasaron por un despacho. Historias que se cuentan con la intensidad de alguien que supervivió “a aquello”. Y Cochet las dibuja como si hubiese estado allí de incógnito, tomando apuntes entre un yonqui y un heavy cabreado. Su trazo es áspero, eléctrico, casi amenazante, perfecto para un mundo donde cada gesto tenía significado.

La crónica arranca con los sesenta, con la llegada del estilo americano gracias a las bases militares, que trajeron coches absurdamente grandes, música que levantaba muertos y un modo de vestir que parecía venir de otro planeta. A partir de ahí, el libro avanza década a década, mostrando cómo Madrid era un tablero de guerra simbólico donde todo tipo de personajes convivían, chocaban, se odiaban, se mezclaban y, sin quererlo, iban escribiendo una mitología urbana que nadie se había atrevido a poner por escrito.
Lavapiés aparece como el epicentro del caos, antes de que los turistas lo domesticaran. Malasaña brilla entre peligro y estética, entre creatividad y jaco. Torrejón es el punto donde el hip hop entra en España por una puerta trasera que nadie vigilaba. Entrevías era esa zona peligrosa que era mejor saber por dónde andabas. La zona de Azca con sus grafitis y breakdance. En estas páginas se ve una mezcla de trapicheo, agresiones tribales, discotecas que parecían naves industriales infestadas de pastillas, y barrios enteros que funcionaban bajo sus propias leyes no escritas. El cómic es como subirse a un taxi de la época con un conductor que lo ha visto TODO y que, mientras fuma un Ducados, te va señalando sitios: “Aquí se drogaban más que en aquel sitio”, “ahí se montó la reyerta aquella que salió en los periódicos”, “en ese bar se coció media Movida”, “en ese parque no entrabas si querías ver la luz del día”. Y tú, como lector, asientes, sudas un poco y sigues adelante porque la historia es demasiado jugosa para dejarla escapar.

Lo bestia, en el buen sentido, es que este tebeo no quiere construir una épica romántica. Lo que quiere es mostrar. Exponer. Dejar que la crudeza cuente sola. Y funciona, porque la crudeza aquí no es recreación morbosa; es sociología viviente, antropología de la supervivencia, un retrato colectivo de gente que no buscaba ser parte de una historia, sino salir viva del fin de semana. La violencia está, claro. Los robos, los trapicheos, la heroína que arrasó generaciones, los pijos peligrosos que iban más cargados que los quinquis, los bakalas que ponían a Madrid a vibrar, los heavys que hacían del cuero un manifiesto, los skinheads buscando pelea como deporte urbano, los raperos en Torrejón inventando una escena que décadas después sería industria. Todo eso aparece, pero sin moralina. Sin juicio. Como quien muestra una fotografía: “Esto fue así. Pasa y mira”.
El logro absoluto de la obra editada por Astiberri es que, al terminarla, te queda la sensación de haber caminado por una ciudad real dentro de otra ciudad que ya no existe. El Madrid de los garitos legendarios, los recreativos que eran pequeñas guaridas, los clubs imposibles donde se mezclaban la cultura y la destrucción, los parques que eran zonas de operación, las discotecas donde la noche se hacía eterna o los barrios que cada uno juraba como patria chica.

En manos de Domínguez y Cochet, esa ciudad late. Respira. Se enfada. Y te pregunta qué narices sabes tú de Madrid si nunca has esquivado un golpe en cualquier parte de la ciudad. «Macarras interseculares» es una lectura que se disfruta como un puñetazo bien dado: rápido, seco, honesto y tremendamente vivo. Un viaje salvaje por la historia subterránea de Madrid, contado con una intensidad que no necesita artificios. Un tebeo macarra para lectores que no le temen a la verdad. Si quieres saber qué había en Madrid antes de que lo llenaran de brunchs, coworkings y turistas con sus pisos de Airbnb, este cómic es tu guía. Bestial, visceral, sociológico, adictivo. Iñaki Domínguez pone el cuchillo y Marina Cochet lo afila con saña. Juntos firman una de las adaptaciones más potentes, necesarias y macarras que ha dado el cómic reciente.
