
Hay orígenes superheroicos que son tan limpios, tan directos, tan quirúrgicos, que te hacen pensar que los guionistas los planearon con un plano de arquitectura en la mano. Luego está «Green Arrow: Año Uno»(Green Arrow: Year One), que parece escrito por alguien que primero tiró a Oliver Queen desde un yate, dejó que se partiera la cara contra el océano, y solo entonces preguntó: “¿Y si este tipo se convierte en héroe?”. Ese es el tono. Ese es el encanto. El camino que Andy Diggle, Jock y David Baron deciden recorrer en este origen definitivo del Arquero Esmeralda. Pese a que muchos crean conocer la historia por la serie de televisión, el cómic original sigue siendo un mazazo fresco, directo y divertidísimo. Un chute de adrenalina en forma de arco, flechas y un tipo que aprende a dejar de ser un idiota para convertirse en un héroe.
El viaje arranca con Oliver Queen siendo exactamente lo que uno se imagina cuando escucha “millonario irresponsable aficionado a las emociones fuertes”. Un pijo con complejo de inmortal. Un heredero que se cree aventurero porque paga a otros para que lo saquen de los marrones, y un borracho de campeonato capaz de hacer el ridículo en cualquier evento benéfico sin despeinarse. Diggle lo presenta sin filtros ni sutilezas. Oliver empieza siendo un desastre con dinero, un desastre con barco y un desastre con arco. Cae bien porque es un desastre sincero, torpe, arrogante y encantador en su idiotez. Precisamente por eso el golpe que viene después duele más. Porque cuando uno de sus empleados de confianza, el británico con pinta de Lord traidor llamado Hackett, decide que ya está bien de aguantar a Ollie, el destino del futuro arquero cambia para siempre. El cómic convierte la traición en un espectáculo digno de una película de acción ochentera: gritos, sudor, pistolas, un yate de lujo y un empujón que manda a Oliver al fondo de su propia estupidez. No hay bala, no hay ejecución, solo un “que se ahogue” que suena a sentencia divina.

Aquí empieza lo bueno. Porque si algo sabe hacer Green Arrow es convertir una isla desierta en un campo de entrenamiento físico y moral. Nada de tecnología, nada de lujos, nada de Star City. Solo Oliver Queen, arena en el pelo, ropa hecha trizas, hambre de verdad y un arco improvisado con los recursos que la naturaleza no tan amablemente le ofrece. Es un Robinson Crusoe enfadado, un superviviente improvisado, un tipo que se descubre a sí mismo no cuando está cómodo, sino cuando está al borde de la muerte. Diggle evita los monólogos pesados y las reflexiones de autoayuda. Prefiere que lo entiendas todo por contexto. El silencio de Oliver mientras descubre cómo tensar una cuerda, la respiración contenida cuando prueba la primera flecha, el temblor de las manos cuando caza su primera comida. Es historia viva del comic puro. Luego está Jock, que convierte esas escenas en postales icónicas. Su estilo seco, agresivo, minimalista, lleno de trazos que parecen cuchilladas, le da al cómic un aire de urgencia que encaja como un guante. No hay fondos innecesarios, no hay sobrecarga. Cada viñeta funciona como un puñetazo. Conciso, violento y perfecto. Ver a Oliver evolucionar bajo el trazo de Jock es como ver a un actor sudar bajo el foco más cruel, sin maquillaje, sin artificios.
La isla no es un escenario paradisiaco. Es un personaje más. Silenciosa, dura, llena de bichos, humedad, esclavistas y peligros que Oliver nunca habría imaginado desde la cubierta de su yate. Diggle introduce a los villanos de forma progresiva, casi como si fueran un subnivel de videojuego desbloqueado por sufrimiento acumulado. Es entonces cuando uno entiende que Año Uno no va solo de aprender a disparar bien, sino de descubrir qué significa la justicia cuando nadie te mira, cuando no hay cámaras, cuando no hay una ciudad agradecida esperándote. El Oliver Queen que emerge de la selva no es un superhéroe todavía. Es un tipo que ha visto demasiado, que ha sentido miedo real, que ha probado la libertad y la responsabilidad en la misma flecha. Ese es el primer gran triunfo de Diggle. Construir un personaje tridimensional sin necesidad de discursos. Mostrar al héroe naciendo en la arena, no proclamándolo. A partir de ahí, el cómic despega. Los tiroteos llegan, los traidores reaparecen, los esclavistas muestran su peor cara, y Oliver se ve envuelto en un lío que combina adrenalina, violencia justa y una pizca de humanidad. La historia avanza con un ritmo frenético, sin tiempos muertos, sin relleno artificial.

Cada número, de los seis que incluye esta edición de DC Compact de Panini Comics, suma una pieza más en la construcción del héroe. Es un cómic que se lee tan rápido que uno puede terminarlo sin darse cuenta y, aun así, sentirse lleno. Luego lo relees (porque es inevitable releerlo) y descubres detalles que no percibiste la primera vez. El modo en que Jock usa las sombras para marcar el estado mental de Oliver, las decisiones de color para acentuar la tensión, pequeños gestos de personajes secundarios que revelan más de lo que dicen. Es un trabajo tan compacto y elegante que sorprende que es mejor tener disponible en la librería.
Así que sí. Este «Green Arrow: Año Uno» no solo es uno de los mejores orígenes de DC. Es, además, uno de los tomos más entretenidos y fáciles de leer sobre un héroe urbano. Una lectura que empieza como un naufragio y termina como un renacimiento. Un relato que demuestra que a veces, para aprender a apuntar bien, primero hay que tocar fondo. Y Oliver Queen lo toca con estilo, con flechas improvisadas, con hambre de justicia y con una sonrisa torcida que anuncia que, después de todo, quizá sí había un héroe escondido detrás del inútil niño rico. Solo hacía falta una isla para sacarlo.
