Shark Panic: olas, dientes y desesperación

Primero llega el sol, luego el silencio y al final, el grito. Así se abre «Shark Panic» (Sangeki Kaiiki ~Shark Panic~ (惨劇海域~シャークパニック~)), el manga en el que Tsukasa Saimura convierte un día perfecto en una pesadilla marina sin retorno. No hay fantasmas, ni maldiciones, ni experimentos secretos del gobierno: solo carne, agua salada y dientes. Muchos dientes. Es un terror tan físico, tan inmediato, que casi puedes sentir la presión del agua cerrándose sobre ti mientras lees.

Saimura, veterano del horror breve y carnívoro, se lanza al mar con el mismo descaro con el que un adolescente alquilaba Tiburón en VHS. Lo suyo no es la sutileza, sino el impacto. Aquí no hay misterio: sabemos desde el principio que algo monstruoso acecha bajo la superficie. Y cuando emerge, lo hace con una violencia que no necesita presentación. El manga empieza con un grupo de amigos de instituto que deciden celebrar un reencuentro en una lancha, flotando bajo el sol veraniego, entre risas, cerveza y promesas de volver a verse más a menudo. Es el tipo de escena que huele a felicidad vacía, a calma antes del desastre. Saimura tarda apenas unas páginas en destrozarla. Un movimiento bajo el agua, una sombra que corta la luz, un oleaje imposible y de pronto, la lancha ya no es un refugio, sino una tumba flotante.

Desde ese momento, el manga se transforma en un manual de supervivencia fallida. No hay héroes, solo víctimas. No hay esperanza, solo tiempo hasta que el tiburón vuelva a atacar. Cada mordisco es un punto de no retorno, una pincelada de pánico absoluto. Lo interesante es que Saimura no se apoya en el gore gratuito, sino en la tensión. Sí, hay sangre (mucha), pero el verdadero terror está en la espera, en el instante en que todos miran al agua y nadie quiere ser el siguiente en caer.

Shark Panic se divide en dos partes, casi como si fueran dos películas encadenadas. La primera es la masacre. Un grupo de jóvenes devorados por el mar, cada uno enfrentando su muerte de manera distinta. La segunda mitad cambia el tono. Entran en escena unos pescadores veteranos, hombres de mar que intentan enfrentarse al monstruo como si fuera un enemigo natural. Este cambio le da al manga un aire de caza desesperada, más cercana a la primera película de Tiburón de Steven Spielberg, aunque con un pie firmemente plantado en el horror serie B.

La gran virtud de Saimura es su ritmo. No da tregua. Cada capítulo termina como una respiración cortada, con el lector obligado a pasar página, aunque no quiera. El trazo es limpio, rápido, casi cinematográfico. Las escenas de ataque están dibujadas con una brutalidad que no necesita efectos. Basta una silueta blanca entre las olas para que el miedo te suba por la espalda. El tiburón es una criatura magnífica, delineada con precisión quirúrgica, con ojos muertos y mandíbula infinita. No hay villano humano que compita con su presencia. Pero el manga también tiene debilidades, y Saimura las asume con honestidad. Los personajes son planos, casi decorativos; sus rostros, a veces tan inexpresivos que parecen máscaras de cera. El guion no inventa nada nuevo, y el final llega tan de repente que uno tiene la sensación de que faltan páginas. Pero precisamente esa crudeza, esa falta de pulido, forma parte del encanto. Shark Panic no pretende ser un tratado sobre la condición humana ni una reflexión ecológica sobre la venganza de la naturaleza. Es un manga que parece simple y lo celebra. Un espectáculo brutal, directo, sin adornos ni discursos. Saimura entiende el placer del miedo rápido, del susto bien colocado. Su dibujo del mar, oscuro y silencioso, tiene algo hipnótico. Hay viñetas donde el océano parece observarte, esperando que metas el pie para arrastrarte hacia abajo. En otras, el silencio es tan espeso que casi escuchas los latidos del corazón de los personajes. Es terror físico, no psicológico. Un recordatorio de que somos frágiles, que el mar no nos necesita, que basta una sombra para borrarnos del mapa.

La edición de Arechi Manga le hace justicia: tomo doble con sobrecubierta, traducción de María Reimondo Saá, papel grueso, tinta nítida, y ese tamaño B6 que convierte cada ataque en una emboscada perfecta. Es un volumen que se devora de un tirón, ideal para una noche lluviosa o una tarde de verano en la que empieces a mirar el agua con sospecha. ¿Es Shark Panic un manga sobresaliente? No. ¿Es una experiencia intensa, salvaje y entretenida? Absolutamente. Tiene el mismo encanto que las viejas películas de tiburones asesinos que veías sabiendo que eran malas, pero incapaz de apartar la mirada. Es ese tipo de horror que se disfruta precisamente porque no intenta ser más de lo que es.

Tsukasa Saimura logra lo más difícil: que el lector huela la sangre. Que sienta la tensión, aunque sepa cómo va a terminar. Cuando cierras las 352 páginas, todavía queda un eco. Un leve chapoteo en el fondo de tu mente. La sensación de que algo se mueve bajo ti, invisible, esperando su momento. Entonces entiendes que el título no exagera. «Shark Panic» no habla del miedo a los tiburones. Habla del miedo de ser el tiburón. De sentir el hambre, la urgencia y la locura. De flotar en un mundo que solo sabe devorar. Un manga que no te dejará mirar el mar igual. Porque cuando lo termines, el silencio del océano te parecerá demasiado tranquilo. Demasiado profundo. Demasiado vivo.

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