Colecciones Monstruosas: criaturas que te hacían temblar

Acabo de abrir un libro que me llevó directamente de una patada a la infancia. «Colecciones monstruosas: Grandes recuerdos para echarse a temblar», acaba de desenterrar una multitud de recuerdo que tenía olvidados. Es un volumen que cruje como una puerta mal cerrada en una peli de serie B, que huele a polvo, a tinta, a nostalgia pegajosa. A ese tipo de miedo que solo sentías cuando eras pequeño y el personaje que venía en ese sobre de cromos te miraba demasiado fijamente. Vicente Pizarro ha fabricado un artefacto cuya función principal es abrir portales. Portales al pasado, al kiosco de barrio, al salón alfombrado de tu infancia y, de paso, a esa versión de ti que coleccionaba monstruos como quien guarda antorchas contra la oscuridad. Porque este libro no es un homenaje, ni un recopilatorio, ni un catálogo. Este libro es un ritual oscuro, un aquelarre de recuerdos, una invocación de criaturas que llevaban décadas dormidas y que vuelven, página a página, para recordarte que la infancia no era solo plastilina y dibujos animados: era miedo, fascinación, vísceras de juguete y cromos brillantes que parecían salidos de una morgue psicodélica.

Pizarro entiende algo esencial. Los monstruos nunca fueron solo monstruos. Eran metáforas, símbolos o juguetes con carga cultural. Un terror controlado que nos enseñaban a gestionar lo desconocido. Frankenstein no era solo un gigante con cicatrices. Era la respuesta a un siglo aterrado por la ciencia. Godzilla no era un lagarto radiactivo. Era el rugido del miedo nuclear con forma de merchandising para niños. Drácula no era solo un murciélago de capa roja. Era el erotismo reprimido que la sociedad victoriana pretendía esconder y que nosotros recibimos en formato cromo para pegar en una carpeta del colegio. Por eso, cuando Pizarro te lo explica, lo hace sin pedantería, sin solemnidad, sin convertir el libro en una tesis doctoral de antropología de cromos y juegos de mesa. Lo cuenta como quien abre una caja de zapatos llena de tesoros prohibidos, señalando cada objeto con una mezcla deliciosa de ironía, cariño y fascinación. Su voz es la del colega que te dice: “Tío, ¿te acuerdas de este?» Sin darte cuenta, estás sonriendo con la misma intensidad con la que te estremeces.

El diseño del libro editado por Diábolo es un espectáculo. A color, brillante, generoso, casi obsceno en su despliegue visual. Como una exposición en la que todos los monstruos han sido invitados y ninguno ha sabido qué ponerse. Las páginas estallan como caramelos. Imágenes que se abalanzan sobre ti, textos que se deslizan como baba fluorescente, colores que gritan, tipografías que parecen salidas de un póster de cine de terror italiano. Hojear Colecciones monstruosas es como entrar en una habitación completamente iluminada por una lámpara de rayos gamma. Te sientes observado por figuras de ojos demasiado grandes, estatuillas que huelen a plástico calentado por el sol, tarjetas con brillos que recuerdan a piel humana, pero de una manera adorable, como si el terror nunca hubiera sido tan tierno.

El libro está dividido por épocas y temáticas, lo que significa que mientras avanzas también retrocedes. Al kiosco en el que comprabas sobres sorpresa, al lugar donde intercambiabas cromos, al colegio donde enseñabas tus pegatinas con el orgullo de un pequeño coleccionista de horrores. Es un viaje que no depende del texto: lo hace la imagen. El impacto. La explosión visual. La memoria que te agarra del cuello y te susurra: “Tú querías más monstruos. Siempre quisiste más monstruos”. No es un libro. Es un detector de recuerdos.

Quien busque un estudio profundo del coleccionismo no lo va a encontrar aquí. Pizarro apunta a otro territorio. La memoria afectiva, esa región fantasma que se activa cuando ves un objeto que creías olvidado. Cada página funciona como una llave. Ves un cromo y recuerdas un verano entero. Ves una figura y se abre un cajón cerrado por décadas. Ves una tarjeta y escuchas tu respiración de niño, temeroso y fascinado a la vez, mientras mirabas la ilustración y no sabías si esconderla o presumir de ella. Es ahí donde está el poder del libro. En su capacidad de revivir sensaciones, no datos. De convocar emociones, no erudición. De recordarte que hubo un tiempo en que el miedo era divertido, manejable, incluso emocionante. Que los monstruos eran una forma de entender el mundo, de procesar lo extraño, lo desconocido, lo que no tenía respuesta.

Cuando terminas «Colecciones monstruosas», te quedas con la sensación de haber abierto la puerta a un cuarto que creías clausurado para siempre. Un cuarto lleno de criaturas diminutas, de ojos desproporcionados, de dientes suavizados para que no te hieran, de colores imposibles, de sensaciones que estaban en pausa. Cierras el libro, pero te quedas pensando en tus propios monstruos: los que coleccionaste, los que perdiste, los que aún están en algún cajón esperando salir. Vicente Pizarro ha levantado un mausoleo juguetón a nuestras pesadillas infantiles. Un homenaje luminoso al terror que nos hacía sonreír y a la fascinación que hoy nos devuelve, página a página, a un lugar seguro. Porque en el fondo, todos seguimos siendo ese niño que compraba un sobre a escondidas, que abría la mano con miedo, que miraba la ilustración y decía:

Uf… qué horror”.

Uf… qué maravilla”.

Un libro monstruoso. En todos los sentidos. Y absolutamente imprescindible.

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