La Expedición al Pacifico. Exploradores del saber

Leer «La expedición al Pacífico» es como embarcarse en una de esas aventuras científicas que uno soñaba de niño, cuando los mapas aún tenían zonas en blanco y el mundo parecía esperar a que alguien lo dibujara. Eduardo Batán, arquitecto y dibujante murciano, rescata un capítulo olvidado, pero asombrosamente fértil de la historia de España. La Comisión Científica del Pacífico que se realizó entre 1862 y 1865 se convierte en un álbum que mezcla divulgación rigurosa, vocación pedagógica y un espíritu aventurero muy en la tradición de los libros de aventuras como los creados por Julio Verne.

La premisa parece casi irreal vista desde hoy. Un grupo de naturalistas españoles, embarcados en fragatas militares y armados tan solo con cuadernos, frascos, plumas y una curiosidad insaciable, se lanza a recorrer medio continente americano. Desde las selvas de Brasil hasta las costas californianas, pasando por la Pampa, los Andes, el temible desierto de Atacama o los puertos convulsos del Pacífico. Estos científicos se propusieron una misión tan sencilla de formular como titánica de ejecutar. Catalogar, comprender y traer a Europa el mayor volumen posible de conocimiento sobre geología, biología y geografía americana. Años después de Darwin, con su sombra alargándose sobre cualquier expedición científica, era un momento en el que la ciencia avanzaba a golpe de botas embarradas, escalpelo, paciencia y una fe absoluta en la observación.

Hay varios ilustres personajes como Juan Isern, Manuel Almagro, Fernando Amor y la que destaca es el cartagenero Marcos Jiménez de la Espada. Naturalista, zoólogo, geógrafo, historiador y, sobre todo, hombre movido por un fervor investigador que se contagia en cuanto aparece en página. Batán lo sitúa como un eje entre un elenco amplio de profesionales entre los que están botánicos, geólogos, médicos o dibujantes. Estos últimos se especializaban en reflejar de alguna manera todos aquellos posibles descubrimientos de la expedición. Es aquí donde el cómic brilla pedagógicamente. No solo narra una aventura, sino que muestra cómo funcionaba de verdad la ciencia de campo en el siglo XIX, sin idealizaciones, pero también sin perder el encanto romántico de la investigación en bruto.

Batán se toma muy en serio la reconstrucción histórica. Se nota un trabajo de documentación enorme y minucioso que se cuela en cada diálogo, cada objeto recogido, cada decisión técnica. Nos damos cuenta sin querer cómo se recogían especímenes, cómo se clasificaban, cómo se transportaban en un barco que podía tardar meses en llegar a puerto, o cómo la ciencia se veía forzada a convivir con la burocracia. Es casi un manual dramatizado del método científico en tiempos donde las conexiones tardaban semanas, meses e incluso años. Es una ventana a un mundo donde cada hallazgo requería paciencia, sacrificio y una pizca de suerte.

La obra no oculta la dureza de los descubrimientos. El cansancio, las enfermedades, la desesperación o incluso la muerte estaban presentes en esos lugares desconocidos. Descubrir en condiciones extremas y con recursos limitados era muchas veces esas situaciones que nadie quiere vivir pero que no queda más remedio que aceptar. Batán lo dosifica con inteligencia, sin regodearse ni caer en solemnidades. La aventura sigue siendo aventura. La lectura fluye. La curiosidad vence al desaliento, igual que lo hizo con aquellos científicos.

En el aspecto gráfico, el cómic ofrece un dibujo claro y correcto que apuesta por la legibilidad y la fidelidad histórica. Su punto débil está, quizá, en el detalle ambiental. Hay escenarios que piden un trazo más complejo y momentos que se beneficiarían de una diferenciación más marcada entre personajes cuando la escena se abre. No obstante, el tono divulgativo suaviza estas carencias. El objetivo no es deslumbrar con alardes gráficos sino acompañar al lector en un itinerario científico, y en eso el apartado visual cumple con solvencia.

En conjunto, este tebeo editado por Serendipia funciona como puente perfecto entre la aventura clásica y la divulgación histórica moderna. Enseña sin aburrir, entretiene sin banalizar y recupera un episodio apasionante que demuestra que la ciencia siempre ha necesitado viajeros, soñadores y personas dispuestas a mirar donde nadie había mirado antes. El final deja la puerta abierta a más relatos, más descubrimientos y más historias humanas detrás de la ciencia. Y sí, uno termina el comic con esa sensación rara y maravillosa de haber aprendido mientras se dejaba llevar por la historia. «La Expedición al Pacifico» es una obra ideal para cualquiera con hambre de conocimiento. Para amantes de la historia y para los que admiramos a quienes, cuaderno en mano, se lanzan al mundo con la esperanza de entenderlo un poco mejor. Un recordatorio luminoso de que la curiosidad es, siempre, la mejor brújula.

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