Abrir este tercer tomo de «Spiderman 2099: La Colección Completa» es como encender un neón en mitad de la noche y descubrir que el cartel dice: “Bienvenido al Apocalipsis Corporativo. Sonríe, estás siendo explotado.” Panini Comics nos trae la continuación de las aventuras del trepamuros del mañana, recopilando los números #26 al #38 de la serie original de los noventa, y, madre mía, qué delicia de caos. Es el punto exacto donde la utopía tecnológica se pudre del todo y Miguel O’Hara, nuestro héroe con gafas de laboratorio y complejo de culpa, se da cuenta de que salvar el mundo no siempre sale en el contrato. Este tomo es puro Peter David en su salsa: sarcasmo, tragedia y humanidad desbordada envuelta en exoesqueletos brillantes. Aquí el guionista no escribe con tinta, sino con ácido. Nos lleva de la mano a través de un futuro que parece diseñado por un comité de pesimistas cyberpunk. El aire huele a ozono y desesperación, las corporaciones mandan más que los gobiernos, y cada telediario parece patrocinado por el mismísimo Alchemax. En medio de todo eso, una araña solitaria trata de sostener lo que queda del bien común mientras su vida personal se desmorona con la elegancia de un edificio en llamas.

Miguel O’Hara ya no es el joven científico desbordado por sus poderes. Ahora es un hombre cansado, herido, casi derrotado, que sigue intentando sostener una idea de justicia que el mundo de 2099 ha convertido en broma. En estos números, Peter David lleva a su personaje a un territorio nuevo. Un futuro que se desmorona al mismo ritmo que su vida personal. Hay un aire de tragedia inevitable en cada página, como si el guionista quisiera recordarnos que incluso en el siglo XXI, el destino del Hombre Araña sigue siendo perderlo todo para salvar a los demás.
El tomo arranca con Miguel fuera de su entorno, en medio de ninguna parte, sin los rascacielos que solían sostenerlo. Es un Spiderman desprovisto de su ciudad, sin su telaraña simbólica, enfrentándose a amenazas que no entiende del todo. Es la versión más frágil y humana del héroe. Pero cuando por fin regresa a Nueva York, descubre que el mundo ya no le pertenece. El Doctor Muerte se ha convertido en amo del planeta, la corrupción manda, y la esperanza es un artículo de lujo. En ese contexto irrumpe el monstruo. Veneno 2099, una criatura tan brutal que convierte el miedo en algo físico. No es solo una versión futurista del simbionte. Es un recordatorio de lo que pasa cuando el poder se desprende de toda empatía. Su encuentro con Miguel no es solo una batalla; es una pesadilla moral.

Peter David siempre supo que los héroes funcionan mejor cuando el mundo los odia. Por eso este volumen es tan fascinante. Lleva a Miguel al límite y lo deja allí, colgado entre la rabia y la impotencia. Ya no lucha por el futuro, lucha por no perder su alma. La historia se vuelve cada vez más oscura, más íntima y más desesperada. A través de varios secundarios, el cómic nos recuerda que lo más doloroso para un Spiderman no es el sacrificio, sino seguir intentándolo cuando todo lo demás ya ha colapsado. Además, el guionista uso recursos como el uso de clones que en ese momento estaban tan de moda. Así como seguir usando al Doctor Muerte en el crossover que se reunía en 38 partes con el título “Una nación bajo Muerte”(no lo confundáis con la saga actual de Muerte). Esos movimientos que usaba Marvel los vemos desarrollados en estas páginas.
En el aspecto gráfico, los dibujantes Dave Chlystek, Keith Pollard, David Boller, Vince Giarrano, Andrew Wildman, Roger Robinson o Joe St. Pierre se van pasando el testigo y cada uno deja su marca. En manos menos hábiles sería un caos, pero aquí funciona como un coro. Distintos estilos para un mundo que se fragmenta. El futuro de Spiderman 2099 no es limpio ni homogéneo. Es sucio, irregular y tenso. Cada página respira una vida decadente. Los edificios parecen jaulas de luz, los cielos son pantallas que gritan anuncios y las sombras están llenas de peligro. En medio de todo eso, Miguel, un hombre con un traje que brilla como una maldición, intentando hacer lo correcto. El color realizado por Joe Rosas, Noelle Giddings, Chia-Chi Wang o Megan McDowell entre otros, consiguen que sea un tomo de pura electricidad. Tonos azules que recuerdan al acero, rojos que sangran, verdes enfermizos que dan la sensación de contaminación perpetua. Las escenas nocturnas son un espectáculo, un baile de luces tóxicas que casi duele mirar. Es un cómic que no deja descansar los ojos porque su mundo no deja descansar a nadie. El lector se siente allí, respirando el mismo aire contaminado que los personajes, escuchando el zumbido de las máquinas, sintiendo el vértigo del progreso que se volvió pesadilla.

Pero lo que hace que este tomo funcione de verdad no es el espectáculo visual, sino el corazón que late debajo de tanto metal. Peter David logra que Miguel O’Hara sea más humano cuanto más se deshumaniza su entorno. Cada golpe, cada derrota, cada momento de duda construye a un héroe que ya no necesita ser perfecto, sino simplemente resistente. Ese es el mensaje: resistir. Aunque el mundo te haya olvidado, aunque nadie crea en ti, aunque el futuro huela a plástico quemado. En esa terquedad, en esa voluntad de seguir, se encuentra la verdadera fuerza del personaje.
Por supuesto, la edición de Panini ofrece: tapa dura, papel grueso, portadas originales, traducción de Santiago García, una introducción de Pedro Monje, material extra y 320 páginas que condensan lo mejor del espíritu noventero. Al cerrar el tomo, lo que queda no es la nostalgia, sino la sensación de que Spiderman 2099 sigue siendo un espejo. Su mundo decadente, dominado por corporaciones y tecnología alienante, no está tan lejos del nuestro. Miguel O’Hara podría mirar por nuestra ventana y no notar la diferencia. Por eso esta historia envejece tan bien: porque el futuro que retrata ya empezó. En el fondo, este tomo es una declaración de principios. Si entraste con buen pie en los anteriores tomos este es buena continuación. Por eso, Peter David nos recuerda que la telaraña no es solo un arma, sino una metáfora. Es el hilo que mantiene unido a un hombre mientras todo se deshace a su alrededor. Y aunque el futuro de 2099 sea un desastre radiante, mientras haya una araña colgando entre los rascacielos, el mundo no estará completamente perdido. Porque los héroes del mañana, igual que los de hoy, solo necesitan una razón para seguir cayendo sin soltarse. Con la esperanza de que, en algún momento, la telaraña aguante.
