Hay cómics que llegan sin hacer ruido, se deslizan por la estantería como un reptil y, cuando menos lo esperas, te muerden. «La gran serpiente» («Le serpent majuscule«), de Pierre Lemaitre y Dominique Monféry, es exactamente eso: una picadura elegante. Un thriller crepuscular que mezcla el humor negro con la melancolía de la decadencia. Esta adaptación del primer libro de Lemaitre tiene el raro privilegio de ser escrita por el propio autor original y dibujada por un artista que entiende a la perfección la ironía del relato. Es un comic que se mueve entre la comedia cruel y el drama íntimo. Una obra donde la muerte lleva la cara de una anciana y el peso de la memoria convertida en arma defectuosa.

Mathilde Perrin es una mujer corriente, o al menos eso parece cuando la vemos en las primeras páginas. Ropa discreta, costumbres metódicas y una serenidad que raya en lo inquietante. Pero detrás de ese aire de vecina amable hay un secreto. Mathilde es una asesina profesional, una vieja mercenaria de la muerte. Ha matado durante décadas con precisión de relojero, sin dejar rastros y sin perder nunca la calma. Solo que ahora, a los setenta, algo empieza a resquebrajarse. La puntería no es la misma, la memoria falla, la confusión se cuela por los resquicios del oficio. Lo que antes era eficiencia mortal se convierte en un espectáculo trágico y grotesco. Disparos que van a parar al sitio equivocado, víctimas equivocadas o sangre derramada sin motivo. Lo que en su juventud era arte, ahora es accidente.
Pierre Lemaitre, con su talento para el sarcasmo y la crueldad psicológica, convierte este argumento en una sinfonía de humor negro. Su escritura siempre ha tenido un pie en lo macabro y otro en la ternura. Sabe que el horror puede ser divertido si se cuenta con precisión quirúrgica. Aquí, Lemaitre disecciona la vida anciana como si fuera una escena del crimen. Con bisturí, con calma y con un ojo clínico para lo absurdo. Mathilde es, a la vez, una víctima y una amenaza, un monstruo que no sabe que lo es. Sus errores generan un efecto dominó de violencia y sospecha que arrastra a todos los personajes, desde su antiguo contacto en la Resistencia, Henri, hasta el policía René, un hombre gris que intenta atar cabos mientras ve a su propio padre hundirse en el Alzheimer. El olvido, en este cómic, no es solo un estado mental. Es una maldición que lo corroe todo, una niebla que se extiende por cada viñeta. A medida que la trama avanza, el lector se da cuenta de que el verdadero enemigo no es la policía ni el crimen organizado, sino el tiempo. Lemaitre escribe sobre la memoria como otros escriben sobre la venganza o la redención. Aquí, la pérdida de control no es una metáfora, es el centro del drama. Mathilde no deja de ser peligrosa porque envejezca. Deja de ser humana porque ya no distingue el pasado del presente, la culpa de la costumbre. Cada error es un eco del anterior, cada víctima una sombra más en su confusión
Dominique Monféry, el dibujante y colorista, transforma el guion de Lemaitre en una experiencia de textura casi táctil. Su trazo tiene algo de animación antigua, de acuarela desgastada, de recuerdo que se deshace. Sus personajes no posan, respiran. Sus calles huelen a polvo y a tiempo. Los interiores parecen iluminados por una bombilla de los años 80, con tonos ocres, pasteles y grises que evocan el mundo que se apaga lentamente. Ese universo donde la vejez no tiene glamour, solo peso. Cada rostro es un mapa de arrugas, de secretos. Cada sombra cuenta algo que el texto no dice.

Lo más admirable es que, en lugar de tratar la edad como un motivo de burla o de compasión, la convierte en el centro del conflicto. Mathilde ya no recuerda con claridad, pero sigue actuando. No hay redención posible, ni en su oficio ni en su mente. Lemaitre no la juzga. La observa con ironía y un cariño retorcido. Cuando mata, lo hace con la frialdad de quien prepara el desayuno. Cuando se equivoca, ni siquiera se da cuenta. La crueldad del relato no está en los disparos, sino en la lucidez del lector, que ve cómo esta mujer se pierde en su propia rutina sangrienta. El olvido la convierte en una máquina sin propósito, en un fantasma que aún camina entre los vivos con una pistola en el bolso y un chubasquero amarillo.
Hay momentos en que la historia roza lo cómico. Los policías, con sus teorías absurdas sobre el “asesino misterioso”, no pueden concebir que una anciana sea la responsable de una cadena de muertes. El comisario, una caricatura de machismo y mediocridad, insiste en culpar a cualquiera, mientras René, el detective con apellido de Europa del este, empieza a sospechar lo impensable. El contraste entre la torpeza institucional y la ferocidad doméstica de Mathilde da lugar a escenas tan inquietantes como hilarantes. Cuando Lemaitre afila los diálogos, el tono se vuelve deliciosamente cruel: los personajes lanzan frases que son como cuchillos envueltos en seda.

La edición de Yermo Ediciones está a la altura del veneno que destila este tebeo. El tomo, en formato cartoné, con una reproducción impecable del color permite disfrutar plenamente del trabajo de Dominique Monféry. Sus acuarelas respiran, sus matices envejecidos se aprecian con claridad, y las texturas ganan una fuerza que pocas veces se logra en adaptaciones impresas. Al cerrar «La Gran Serpiente», uno tiene la sensación de haber asistido a la última función de una asesina que ya no distingue entre el trabajo y el recuerdo. No es un cómic sobre matar, sino sobre desvanecerse. Sobre cómo la memoria también puede convertirse en un arma. Sobre cómo incluso el crimen necesita lucidez, y cómo, cuando esta se pierde, solo queda el eco de lo que fuimos. Es una obra de veneno lento, bella, mordaz, y absolutamente inolvidable.
